Krzysztof Penderecki, síntesis de tradición y vanguardia

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Duración lectura: 12m. 51s.
Buenos Aires, 2 de septiembre de 2016 - Krzysztof Penderecki dirigió a la Orquesta Sinfónica Nacional, en la Sala Sinfónica del CCK. .Fotos: Romina Santarelli / Ministerio de Cultura de la Nación.

Krzysztof Penderecki dirigiendo la Orquesta Sinfónica Nacional de Argentina, Buenos Aires, 2016 (Foto: Romina Santarelli / Ministerio de Cultura de la Nación)

(Krzysztof Penderecki falleció el 29-03-2020 en Cracovia, a los 86 años de edad)

Artista innovador, el compositor polaco Krzysztof Penderecki (Debica, 1933) ha logrado conciliar dos esferas habitualmente separadas: la música “culta” contemporánea y el disfrute del gran público. La variedad de técnicas y estilos que emplea –tonalidad, serialismo, aleatoriedad, música de texturas…– lo alinea con creadores inclasificables como Picasso o Stravinsky.

Penderecki suma ahora a su excepcional palmarés el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, que en esta ocasión ha querido recompensar el esfuerzo de un creador por romper barreras políticas y culturales, y la capacidad para conectar con el público sin renunciar a una profunda espiritualidad.

De las atroces consecuencias de la Segunda Guerra Mundial en su país, Penderecki confiesa no tener más que un vago recuerdo gris y amargo, aunque persistente. Recuerda, eso sí, que tuvo que interrumpir su aprendizaje musical, porque su familia hubo de exiliarse. Con frecuencia se insiste en que fue el primer artista polaco que se atrevió a abandonar la Asociación de Autores, para ser fiel a su credo artístico, y para integrar en su música el resto de corrientes que se estaban fraguando en Europa y América. Pero el principal problema con que se enfrentaba un joven compositor en la Polonia de posguerra no era tanto la maquinaria estatal comunista, cuanto la falta de referentes musicales nacionales.

Ser compositor en Polonia

Si en el mundo de la interpretación Polonia ha estado siempre a la cabeza, en el de la composición se limitaba a teñir con su rico folclore los hallazgos de sus vecinas Rusia y Alemania -exceptuando naturalmente a Chopin-. Una figura clave en la primera mitad del siglo XX fue el compositor Witold Lutoslawski (1913-1994), que supo integrar el atonalismo y dodecafonismo de la Segunda Escuela de Viena en un estilo completamente singular.

Penderecki se formó en el Conservatorio de Cracovia, y con solo 25 años consigue el Premio Nacional de Música de Polonia con los Cuatro Salmos de David, para coro y grupo de percusionistas, cuando apenas se escribía música religiosa en la Europa del Este. Los Cuatro Salmos anticipan buena parte del desarrollo posterior de la música de Penderecki: el respeto por la palabra -el texto es cantado en latín, como en casi todas sus composiciones religiosas-, la síntesis de tradición y vanguardia -aquí conviven el gregoriano y la polifonía con los más audaces efectos sonoros-, y el primado de la expresividad sobre la construcción abstracta.

La vanguardia salvaje de posguerra

En la década de los sesenta Penderecki amplía sus estudios de composición en Europa y Estados Unidos. Una época que el compositor llama “de peregrinaje”. Son los años de la vanguardia salvaje de Darmstadt (Alemania), donde compositores de todo el mundo, como Boulez, Stockhausen o Xenakis, experimentan con el ruido, la aleatoriedad y la electrónica. Penderecki absorbe, pero no se mezcla con estas corrientes, en las que ve una explosión, pero también una desorientación de la música.

En Anaklasis y en Llanto por las víctimas de Hiroshima (1960) explora el mundo de las texturas sonoras y de la indeterminación. Llanto reproduce, con 52 instrumentos de cuerda, el sonido de los aviones, las bombas y los gritos. El título original es 8’37”, que ha de ser la duración de la pieza, la misma de la devastación de Hiroshima. Los instrumentos eran los tradicionales, pero el modo de tocarlos no: las cuerdas se rozan con la madera del arco, o se tocan por debajo del puente. Se obtienen así sonidos nuevos con los medios antiguos. Es lo que se conoce como “música textural”.

La Pasión según San Lucas

Con el Stabat Mater (1962), para tres coros a capella, Penderecki parece dejar de lado la experimentación con el sonido. Reaparecen el melodismo gregoriano y la claridad expresiva de los Cuatro Salmos. A pesar del amplio número de voces, los efectos sonoros se reducen al mínimo, y la austeridad parece reemplazar al fuerte componente lúdico de composiciones anteriores.

Este Stabat Mater es incluido en la Pasión según San Lucas (1965), con la que Penderecki fue abiertamente a contracorriente de la música de vanguardia, y rindió homenaje a quien considera su maestro más importante: Johann Sebastian Bach. Tanto por su estructura como por sus efectivos -gran orquesta, coro y solista-, esta obra sigue los esquemas barrocos y románticos. La Pasión conmocionó al gran público, pero defraudó a la crítica. Se llegó a decir que “Penderecki compone música contemporánea para el público que la odia”.

El empleo de un lenguaje más “tradicional” se orienta a hacer una música comprensible para todo el mundo, poniendo la música al servicio de la palabra sagrada -el texto está de nuevo en latín-, y no al revés. En palabras del compositor, esta obra trata de “ofrecer al público una experiencia musical universal, reflejando, en el dolor de Cristo, el sufrimiento de la humanidad en el siglo XX”.

Pero la Pasión expresa también la profunda religiosidad de Penderecki. Como subrayó él mismo: “No pongo ninguna objeción a quien considere mi música como una profesión de fe”. El empleo de la armonía tonal de algunos pasajes -sobre todo al final- parece exigido por el movimiento global de la obra, que es una ascensión de la tiniebla -la primera palabra que se dice es “Crux”- a la luz -el “Deus veritatis” con que finaliza, en un luminoso acorde de mi mayor-, que prefigura la resurrección.

Por otro lado, el empleo de técnicas tradicionales -melodismo, tonalidad- no parece ser en Penderecki resultado de una evolución lineal, sino ir ligada a determinados géneros. Prueba de ello es el Segundo Cuarteto de cuerda, compuesto tres años después de la Pasión, en el que reaparece el juego de texturas y la indeterminación formal.

Un arte comprometido

La referencia al contexto socio-histórico ha estado siempre presente en la música de Penderecki. Junto al Llanto por las víctimas de Hiroshima -Premio UNESCO de la Música en el año 1961- obras como el Dies Irae en recuerdo de las víctimas de Auschwitz (1967) han sacudido la conciencia del público. Se trata de composiciones de un tono catastrofista, en las que la luz aparece ahogada por las sombras, con una intención claramente revulsiva.

A partir de 1970 Penderecki abandona esta actitud militante. Cultiva las formas musicales puras del romanticismo -Primera Sinfonía, Conciertos para violonchelo y violín-. Los “años de peregrinaje” han concluido. Penderecki se instala definitivamente en Polonia, y ocupa la cátedra de Composición del Conservatorio de Cracovia. La música, el arte -afirma el compositor-, es de suyo un agitador de conciencias; no hace falta que le inyectemos un mensaje político.

El compromiso social no desaparece, pero ya no está en clave de denuncia, sino integrado en una visión trascendente del mundo. Es el caso del Requiem Polaco (1984), compuesto a petición de Lech Walesa en memoria de los asesinados en Gdansk, en el que se recupera la visión esperanzada de la Pasión según San Lucas, o de la Séptima Sinfonía-Oratorio “Las Siete Puertas de Jerusalén” (1996), lamento por la trágica situación de la Tierra Santa, y llamamiento a la fraternidad recurriendo a textos del Antiguo Testamento.

Renacimiento posromántico

Donde el lenguaje musical de Penderecki se hace más conservador es en el género sinfónico, hasta tal punto que se habla de un “renacimiento posromántico”. Es, también, la parte más homogénea de la producción del compositor, sin que haya apenas evolución entre la Segunda sinfonía (1980) y la Séptima (1996).

Obras de gran poder de seducción, resultan sin embargo las menos personales de su autor. El legado que en otros géneros Penderecki ha integrado en su estilo propio, se muestra aquí como influencia externa. El oído se va hacia Shostakovich, Tchaikovsky o Richard Strauss, sin saber muy bien a dónde hay que volver. La orquestación es con frecuencia opulenta, efectista, y termina por ahogar las brillantes ideas del compositor, capaz de escribir toda una sinfonía -la Segunda- sobre el villancico Noche de paz.

Entre los proyectos del compositor están completar el ciclo de nueve sinfonías -número que Penderecki no quiere superar en atención a la tradición- y la composición de una ópera basada en Divinas palabras, de Valle-Inclán, autor por el que Penderecki siente gran admiración.

 


Discografía

Música religiosa

Pasión según San Lucas
Orquesta y Coro de la Radio de Varsovia. K. Penderecki (dir.). Argo 1989. 76 min. DDD (libreto incluido).

Una obra fundamental en el catálogo de Penderecki; para muchos, la más representativa de su carrera. Compuesta entre 1960 y 1965, cuando el compositor estaba todavía inmerso en las corrientes de vanguardia centroeuropeas, es quizá la composición que mejor sintetiza tradición y modernidad. Su estreno en 1966 constituyó un acontecimiento mundial, rompiendo el “divorcio” entre música contemporánea y público, que en esos años era particularmente acusado.

Los solistas y la orquesta están a la altura de la batuta del compositor, muy exigente cuando interpreta su propia música.

Réquiem Polaco
Orquesta y Coro de la Real Orquesta Filarmónica de EstocolmoK. Penderecki (dir.). Chandos 1996. 2 CD. DDD.

Una de las obras más populares de Penderecki. Aquí la balanza está más inclinada hacia la tradición, pero obtiene también un equilibrio interesante con elementos vanguardistas.

La obra fue compuesta a petición del Sindicato Solidaridad en memoria de las víctimas de Gdansk. Como en la Pasión, recurre a los medios tradicionales: orquesta, coro y cuatro solistas, pero aquí el lenguaje es de inspiración romántica -como indica su título, un guiño al Réquiem Alemán de Brahms-.

La grabación incluye El sueño de Jacob, para orquesta, otra de las obras religiosas más representativas de Penderecki.

“Per Coro”: Cuatro Salmos de David, etc.
Coro de la Filarmónica Nacional de Varsovia K. Penderecki (dir.) Wergo 1995. 57 min. DDD.

Este CD recoge las principales obras corales –a capella y acompañadas– del compositor, entre ellas, el Stabat Mater y los Salmos de la Pasión según San Lucas, y el Agnus Dei del Réquiem Polaco. Incluye los Cuatro Salmos de David, con los que Penderecki obtuvo el Premio Nacional de Música, una obra capital para conocer a Penderecki, y difícil de encontrar en el mercado discográfico.

Existe también una interpretación muy hermosa de la obra coral a capella de Penderecki por el Coro Tapiola (Finlandia Records 1995), que incluye el Benedicamus Domino y el Miserere, y se detiene más en la sensualidad de las texturas vocales del compositor.

Música orquestal

Obras orquestales (3 vols.): Sinfonías 1-5, etc.
Orquesta Sinfónica de la Radio Polaca Antoni Wit (dir.). Naxos. DDD. (CDs disponibles por separado).

Una interpretación sólida y penetrante de las sinfonías de Penderecki, preferible incluso a la del propio compositor en el sello Wergo. Wit fue discípulo de Penderecki, y ganó el Premio Karajan de dirección de orquesta en 1971. Teniendo en cuenta que la Sexta aún no está terminada, esta es prácticamente la integral sinfónica del compositor. El primer volumen recoge la Tercera Sinfonía, el segundo la Primera y la Quinta, y el tercero la Segunda y la Cuarta.

Especialmente interesante es el primer volumen, sobre todo por incluir el Llanto por las víctimas de Hiroshima y Fluorescencias, de la primera etapa de Penderecki, en la que explora las nuevas sonoridades que conoció en Centroeuropa y América. No es música fácil de escuchar, pero tiene mayor calado que las sinfonías neo-románticas.

Sinfonía nº 7, “Las siete puertas de Jerusalén”
Orquesta y Coro Nacionales de Varsovia K. Kord (dir.). Wergo 2000. 58 min. DDD (libreto incluido).

Sin duda la obra más monumental de Penderecki, aunque, ni mucho menos, la más interesante. Una gigantesca orquesta -dos, en el estreno de la obra en Jerusalén, para conmemorar sus 3.000 años de existencia-, coro, solistas y narrador crean una música muy vistosa y atractiva.

La interpretación es brillante, si bien el cuarteto vocal queda un poco eclipsado por la orquesta.

Conciertos y música de cámaraPenderecki/Lutoslawski: Conciertos para violonchelo
T. Thedeen (chelo), Radio Symphony Orchestra L. Segerstam (dir). BIS 1999. DDD.

Uno de los conciertos, junto con el de flauta, más populares de la música del siglo XX. Obra de profundo lirismo, en la que Penderecki explota hasta el extremo las posibilidades del instrumento. Un acierto poner este Concierto para chelo junto al de Lutoslawsky, el autor polaco que sin duda más influyó en la generación de compositores de posguerra. La interpretación de Thedeen es enérgica e instintiva; la batuta de Segerstam, sabia, como siempre.

Concierto para violín y orquesta nº 2, “Metamorfosis”
Anne-Sophie Mutter (violín) Orquesta Sinfónica de Londres K. Penderecki (dir.). Deutsche Grammophon 1998. 58 min. DDD.

Penderecki siempre ha escrito sus conciertos para solista pensando en un intérprete concreto, a quien iba dedicado, de forma que la unión obra-intérprete es en su caso muy estrecha. Éste es uno de los motivos por el que esta grabación reviste especial interés, pues su destinataria, Anne-Sophie Mutter, es aquí su intérprete, y la Sinfónica de Londres está dirigida por el autor.

Junto a esta obra se nos ofrece también la Sonata para violín y piano nº 2 del compositor húngaro Béla Bartók (1881-1945), en perfecta sintonía con el Concierto de Penderecki por su tono, al mismo tiempo que desolado, austero. En las dos obras, la gran técnica y temperamento de Anne-Sophie Mutter brillan con toda su fuerza, ofreciéndonos en ambos casos una versión de gran fuerza expresiva pero sobria, sin ninguna pretensión de lucimiento.

Polish String Quartet: Cuartetos para cuerda 1 y 2, etc.
Cuarteto Penderecki. United 1994. 57 min. DDD.

Junto a la música vocal, la camerística es una de las especialidades de Penderecki, donde no encontramos más que obras maestras. La brevedad de los dos cuartetos de Penderecki -tan sólo ocho minutos aproximadamente cada uno-, nos indica que no estamos en la línea posromántica de su música orquestal.

Encontramos sonoridades insospechadas para los tradicionales instrumentos de cuerda, que son tocados, como en el Llanto por las víctimas de Hiroshima, de forma no convencional. Como el Llanto, estos cuartetos no acarician el oído, pero conmueven el espíritu.

Se incluyen composiciones de otros compositores polacos contemporáneos, también de difícil asimilación. La interpretación es memorable, y difícil de igualar, dada la extrema complejidad de la escritura camerística de Penderecki.