“Hablo de cosas que existen”. A 50 años de la muerte de Pablo Neruda

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Pablo Neruda
Pablo Neruda (CC Biblioteca del Congreso Nacional de Chile)

Pablo Neruda (CC Biblioteca del Congreso Nacional de Chile)

 

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 encontraría a Pablo Neruda en su casa costera de Isla Negra, a poco más de una hora de Santiago. Aquejado desde hace algunos años de un cáncer de próstata, el poeta estaba debilitado y adolorido.

Esa mañana, el doctor que lo trataba había recomendado a Matilde, su mujer, mantenerlo alejado de las noticias; enterarse del derrocamiento de la vía chilena al socialismo que propugnaba Salvador Allende podía empeorar la condición del autor del Canto general.

El consejo caería en saco roto: Neruda era un hombre curioso que no dejaría de seguir de cerca todo aquello que informaran los medios de comunicación. Ese martes escuchó con atención las noticias que emitía una radio a pilas pegada a su oreja. Su preocupación por el levantamiento de las Fuerzas Armadas en contra del gobierno de la Unidad Popular se transformó, al saber del suicidio del presidente, en un profundo desánimo que hizo que, en los días sucesivos, su salud decayera de manera veloz.

Doce días después del golpe, el domingo 23 de septiembre, Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971, histórico militante del Partido Comunista chileno, diplomático, autor de libros como Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Residencia en la tierra o Canto general, moría en la Clínica Santa María de Santiago a los 69 años.

Un poeta prolífico

Neruda nació en Parral, una típica ciudad de las provincias agrarias de Chile, en 1904, pero pasó su infancia más al sur, en la lluviosa zona de La Frontera, en ese entonces el límite del mundo civilizado: “Si Temuco era la avanzada de la vida chilena en los territorios del sur de Chile, esto significaba una larga historia de sangre”, dirá en sus memorias.

Huérfano de madre al poco andar, sus primeros recuerdos están vinculados al oficio de su padre ferroviario, a quien acompañaba en sus travesías por una geografía voluptuosa y embriagadora. Poeta precoz, antes de los 16 años ya escribía versos donde demostraba un hábil manejo de la métrica castellana.

Desde muy temprano firmará sus textos como Pablo Neruda (su nombre de nacimiento era Neftalí Reyes), seudónimo con el que se hará conocido a lo largo y ancho del mundo. Será un grafómano incansable, y durante medio siglo publicará más de cuarenta libros —desde el temprano Crepusculario, de 1923, hasta los varios libros póstumos, incluidas sus memorias Confieso que he vivido, de 1974—, principalmente de poesía.

Poeta precoz, antes de los 16 años ya escribía versos donde demostraba un hábil manejo de la métrica castellana

España y las vanguardias

Llega a Santiago a estudiar francés en el Pedagógico, pero pasa esos años más preocupado de su poesía y de sus amores. Al poco andar, ingresa al servicio diplomático. Sus primeras destinaciones lo llevan a conocer Ragoon, Colombo y Java, donde seduce y es seducido, se queja por su miseria económica y escribe incansablemente. En esa última ciudad, se casa con Maruca Hagenaar, matrimonio del que rápidamente se arrepentirá.

Todas esas experiencias serán fundamentales para la escritura de Residencia en la tierra, que publica en 1933 cuando ya está de vuelta en Chile, pero cuya edición definitiva verá la luz en Madrid en 1935. Sus biógrafos coinciden en que su experiencia española antes y durante la guerra civil fue fundamental para el giro desde las vanguardias hacia una poesía más militante.

Si el autor de las Residencias priorizaba hasta entonces un lenguaje nihilista que se detenía en una visualidad acrisolada, en un hondo pesimismo y en una atención a los símbolos, la revolución asturiana de 1934 y el asedio de Madrid despertaron una conciencia política que se manifestará, con altibajos y variaciones, a lo largo de los años.

Su vitalismo poético está también presente en su constante búsqueda de experiencias, amistades y objetos de colección

La segunda mitad de los cuarenta y la década del cincuenta serán una época prolífica y de un activo compromiso público. Elegido senador en 1945, debe pasar a la clandestinidad cuando el gobierno de Gabriel González Videla proscriba al Partido Comunista por los coletazos que traería la guerra fría al fin del mundo. Son también los años de escritura y corrección del Canto general, ese ambicioso poemario que, por un lado, entrecruza la historia y la geografía de Chile y América, pero donde también está puesto de manera central el propio poeta con sus experiencias viajeras, políticas e íntimas.

Versos hechos de experiencias

Puede que sea un error leer la obra de cualquier escritor a la luz de la biografía; ya lo decía Proust al discutir con Saint-Beuve. Sin embargo, en Neruda la vida y la obra se imbrican de manera demasiado estrecha. Su vitalismo poético está también presente en su constante búsqueda de experiencias, amistades y objetos de colección.

El énfasis sensual de sus versos tiene un paralelo con su búsqueda de los gozos en la comida, la bebida y el amor. Los tópicos alrededor de la nostalgia, la naturaleza o el universo marino son también los de su constante recuerdo de las experiencias vividas en el Temuco o el Puerto Saavedra de su infancia.

Entre todos esos paralelos, quizás el más significativo es el de su voluptuosidad: el poeta no solo era un hombre de contextura gruesa habituado al buen comer, sino que acostumbraba a absorberlo todo. Su recurrencia a las enumeraciones (“porque todo, ropaje, piel, vasijas, / palabras vino, panes / se fue, cayó a tierra”, o “y la vi en plata, en nácar, en cartón, / en corcho, en piedra, en cinc, en alabastro, / en azúcar, en piedra, en sal, en jade, / en carbón, en cemento, en seda, en barro”) parece tener un paralelo en su afán coleccionista de libros antiguos y valiosos, de caracolas, de mascarones de proa, de amantes. Las tres casas-museos que hoy administra la Fundación Pablo Neruda en Santiago, Valparaíso e Isla Negra son la muestra más elocuente de ese pasatiempo.

Su apetito voraz e insaciable, sin embargo, está lejos de ser un puro anecdotario alrededor del personaje, y también está presente en el modo en que Neruda asimila las diversas tradiciones poéticas de las que bebió a lo largo de su vida: Whitman, Rimbaud y Baudelaire; Góngora y Quevedo; García Lorca y Darío. Todos ellos sirvieron de fuente desde las cuales inspirarse y tomar símbolos, referencias y acentos que el chileno reformularía en una nota original y siempre creativa.

Comunista convencido

La crisis política que le provocan los hechos de 1956 —el informe del XX Congreso del Partido Comunista Soviético que reconoce los crímenes de Stalin y la invasión a Hungría, pero también la ruptura sentimental, ocurrida el año anterior, con Delia del Carril— obligan al poeta a la introspección y a la revisión de su trayectoria donde ideología y poética se hallaban estrechamente unidas.

Sin embargo, en palabras de Hernán Loyola, Neruda “no cambia de partido, sino de poesía”. No abandona el comunismo, aunque deja de lado una visión teleológica donde abundan las certezas y una visión totalizadora. A partir de entonces, se observa a sí mismo y al mundo dando espacio a la ironía, la paradoja y el humor.

La extensa (y a ratos irregular) obra de Neruda oscilará entre el intimismo sentimental que lo había hecho famoso en su juventud con los Veinte poemas (libro del cual procede el universalísimo “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, que declamó hasta el hartazgo y que, tal como relata Jorge Edwards en Adiós, Poeta, producía profundos suspiros en las multitudes que se reunían a escucharlo) y la crónica épica del Canto general.

Neruda nunca abandonó el comunismo, aunque dejó de lado su visión totalizadora

La energía desbordante del poeta no disminuirá hasta el fin de sus días, y las décadas que preceden la entrega del Premio Nobel lo hacen volver a sus tópicos habituales: los objetos cotidianos en las Odas elementales, la pasión amorosa en Cien sonetos de amor, su propia biografía en Memorial de Isla Negra o el compromiso político en Canción de gesta, poemario publicado poco después del triunfo de la revolución cubana.

La poesía, sin embargo, no será todo en el tramo final de su vida: si bien nunca deja de publicar —a excepción de 1965, todos los años de la década del sesenta apareció un nuevo libro suyo—, ese tiempo será también de un intenso compromiso político, llegando incluso a ser precandidato presidencial por el PC en las elecciones que llevarían a Salvador Allende al palacio de La Moneda. El desenlace trágico de esa historia, como mencionábamos al comienzo, calzará con pocos días de diferencia con la muerte del poeta.

Polémicas

Esta última década, la figura de Pablo Neruda ha sido puesta en el banquillo de los acusados por razones de la más diversa laya. Si bien algunas de ellas son las clásicas diatribas antinerudianas —ya sus contemporáneos Pablo De Rokha y Vicente Huidobro habían sido ácidos críticos del futuro Nobel, tildándolo de ególatra y plagiario cuya poesía era mediocre y bobalicona—, el feminismo contemporáneo ha puesto al oriundo de Parral en el centro de sus ataques.

No solo lo han tildado de misógino a partir de lecturas demasiado literales de algunos versos (“Me gustas cuando callas porque estás como ausente”), sino que han situado en el centro de sus lecturas e interpretaciones ciertos episodios de su vida que están lejos de ser aceptables.

Sea cual sea el veredicto al que uno arribe sobre estos asuntos, su poesía sigue viva y vigente a cincuenta años de su muerte. Aunque su figura parezca estar temporalmente en un lugar menos protagónico del Olimpo literario chileno, sus cantos al mar, a la naturaleza, al amor y al hombre, todo el imaginario construido en su obra exuberante y apasionada, a fin de cuentas, seguirá siendo una referencia poética indispensable del último siglo.

Joaquín Castillo Vial
Subdirector del Instituto de Estudios de la Sociedad (Chile) y editor de la revista Punto y coma

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