Verne, la aventura de la ciencia

En 2005 se cumplen doscientos años del nacimiento de Hans Christian Andersen y cien del fallecimiento de Jules Verne. Ambos son hoy los escritores más traducidos de sus países de origen y han pasado a la historia como los autores fundacionales de los géneros que cultivaron asiduamente: Andersen, el cuento de fantasía de autor, heredero del cuento tradicional; y Verne, la novela de anticipación científica, el origen de la ciencia-ficción posterior.

Jules Verne (1828-1905) nació en Nantes. Estudió Derecho en París, donde dedicó diez años de oscuro trabajo en la Biblioteca Nacional a poner las bases de su gran erudición y de su gran proyecto: escribir “la novela de la ciencia”. El encuentro en 1862 con su futuro editor, Jules Hetzel, determinó su vida, y le llevó a un absorbente ritmo de producción: con “Cinco semanas en globo”, en 1863, inició la serie de sesenta y cuatro novelas de aventuras y ciencia-ficción que componen los “Viajes extraordinarios”.

El avance de la técnica

Vista desde fuera, su vida fue poco novelesca. Pero su época estuvo marcada por el avance de la técnica: tren, avión, fotografía, cine, telégrafo, radio, vapor, submarino… Fue un autor entusiasta, con una capacidad de trabajo abrumadora, el primero que proclamó que la investigación científica podía ser una gran aventura.

Sus libros han quedado como un testimonio de primer orden del nacimiento del mundo moderno. Y la influencia que han ejercido no se mide sólo en el terreno literario sino también en el de la cantidad de vocaciones científicas que su lectura ha suscitado: cada uno a su modo, todos somos hijos de Verne, dice Ray Bradbury.

Nacidos para triunfar

En lo que se refiere al contenido científico de sus obras, Verne mezcla hechos demostrables con hipótesis pasmosas y, a la vez, hace sugerencias innovadoras y convincentes sobre las aplicaciones de las nuevas ciencias: submarino que funciona con baterías, aeroplanos en los que viajan pasajeros… Su interés se centra en narrar la lucha del hombre por descubrir y dominar la naturaleza, y sus acentos rebosan una seguridad inconmovible en las posibilidades de la ciencia y la técnica modernas.

Esto es muy patente en “La isla misteriosa”, donde Verne narra el desenlace de la historia del capitán Nemo, anteriormente presentado en “Veinte mil leguas de viaje submarino”, seguramente su personaje más conseguido. En “La isla misteriosa”, dice Verne, hay “mucha más imaginación que en las demás [novelas] y eso que yo llamo el “crescendo” va progresando de una forma como quien dice matemática”.

En su argumento enriquece la tradición de las robinsonadas al añadir un matiz bien subrayado por el narrador: “Los héroes imaginados de Daniel Defoe o de Wyss (…) no estuvieron nunca en una escasez tan absoluta. (…) Aquí ni un instrumento, ni un utensilio: nada. ¡Tendrían que conseguirlo todo! (…) [Pero ellos] sobrepasaban cien codos a los robinsones de otros tiempos, para quienes todo era casi un milagro hacerlo. Y, en efecto, ellos ‘sabían’, y el hombre que ‘sabe’, triunfa donde otros vegetarían y perecerían inevitablemente”.

Personajes de una pieza

El atractivo popular de los relatos de Verne residía y aún hoy está en la buena definición de sus protagonistas y en el carácter aventurero de sus argumentos. Aunque por las páginas de sus novelas pululan héroes de muchas clases, destacan sobre todo los científicos, que pueden ser como el riguroso y exacto Cyrus Smith de “La isla misteriosa”, que aunaba un asombroso “ingenio mental con la suprema habilidad manual”; o como el pintoresco y extravagante geógrafo Santiago Paganel de “Los hijos del Capitán Grant”, ejemplo de sabio distraído que tanto proliferará después.

Pero también dibujará héroes como Miguel Strogoff, un ejemplo de hombre íntegro y leal hasta la muerte, en cuyo comportamiento no hay la más mínima fisura. Incluirá la novedad de que, con frecuencia, entre sus secundarios habrá periodistas en primera línea de acción, como será tan común en adelante.

Ciertamente, sus personajes suelen ser unidimensionales, lo que también asegura el éxito pues la mayoría del público prefiere la seguridad de que su héroe no fallará nunca. Pero Verne también puede lograr escenas conmovedoras, efectuar retratos excelentes, encadenar diálogos vivos y dramáticos, añadir contrapuntos cómicos de gran eficacia, poner un toque de romanticismo a sus tramas. Y, sí, en las críticas actuales se suele advertir que algunos de sus textos manifiestan prejuicios racistas a pesar de que su posición personal era claramente antiesclavista, o que su típico personaje del sirviente abnegado caracteriza el paternalismo burgués de la época, y otras cuestiones semejantes.

 


Selección de novelas—

Veinte mil leguas de viaje submarino (Vingt mille lieues sous les mers, 1869-1870). Alianza. Madrid (2004). 560 págs. 12 €. Traducción: Miguel Salabert.—
La isla misteriosa
(L’Île mystérieuse, 1874-1875). Alianza. Madrid (1998). 696 págs. 11 €. Traducción: Miguel Salabert.

Quizá las dos mejores obras de Verne. Aunque ambas contienen demasiadas descripciones para el gusto actual, sin duda también eso prueba la potencia del trabajo de Verne. Sobre todo revelan su facilidad para crear personajes arquetípicos y su capacidad de armar unas aventuras tensas en las que juegan un papel decisivo las fuerzas desatadas de la naturaleza.

En la primera el profesor Pierre Aronnax, su criado Conseil y el arponero canadiense Ned Land, se ven embarcados en el Nautilus, un submarino patroneado por un misterioso capitán al que no conocerán hasta muy avanzada la novela. En la segunda, cinco prisioneros de los sudistas en la Guerra de Secesión norteamericana huyen en globo y, arrastrados por el viento, aterrizan en una isla solitaria en medio del Pacífico: Cyrus Smith, ingeniero; Nab, su astuto e incansable sirviente; Gedeón Spilett, periodista; Pencroff, marino; Harbert Brown, un joven huérfano con enciclopédicos conocimienots de Historia Natural; Top, un magnífico perro. El narrador nos avisa: “Hubiese sido realmente difícil reunir cinco hombres más adecuados para luchar contra el Destino, más seguros para triunfar”.

—Miguel Strogoff (Michel Strogoff, 1875). Anaya. Madrid (2004). 368 págs. 6,50 €. Traducción: Iñigo Valverde Mordt.—
El faro del fin del mundo
(Le Phare du bout du monde“, 1905). Vicens-Vives. Barcelona (1998). 256 págs. 6,35 €. Traducción: Pedro Darnell.

Estas dos obras de aventuras están menos lastradas por la descripción de máquinas y mecanismos. En la primera, Miguel Strogoff, un hombre llamado a vencer “allí donde otros resultarían derrotados” ha de atravesar Siberia para entregar un mensaje al hermano del zar. Relato en el que no falta ningún ingrediente: un gran héroe y un feroz malvado, una historia de amor, exotismo y buen humor.

En la segunda, el funcionamiento de un recién inaugurado faro en la isla de los Estados, situada en el extremo sudoeste de América, se ve amenazado por unos bandidos ocultos en la isla. Trama donde todo es verosímil y tanto las hazañas de los héroes como las maldades de los villanos se ajustan bien a lo posible.

Se podrían destacar también:—

Cinco semanas en globo (Cinq semaines en ballon, 1863). Anaya. Madrid (1999). 334 págs. 11 €. Ilustraciones: Riou y Henri de Montaut. Traducción: Juana Salabert. La historia con la que Verne comienza su carrera como novelista.

—Los hijos del Capitán Grant (Les Enfants du Capitaine Grant, 1867). Círculo de Lectores. Barcelona (1997). 736 págs. 6,50 €. Traducción: Th. Scheppelmann. Un viaje marino con incursiones en América del Sur.—

La vuelta al mundo en 80 días (Le Tour du Monde en quatre-vingts jours, 1873). Anaya. Madrid (2001). 288 págs. 10 €. Traducción: Javier Torrente. Quizá el relato más popular de Verne y el que deja ver mejor su maestría narrativa.—

Un capitán de quince años (Un capitaine de quinze ans, 1878-1879). Círculo de Lectores. Barcelona (1997). 424 págs. 13 €. Traducción: Joaquín Gallardo. Otra expedición marina con exploraciones en África.—

Escuela de Robinsones (L’ecole des Robinsons, 1882). Valdemar. Madrid (1999). 272 págs. 5,50 €. Traducción: Mauro Fernández Alonso de Armiño.
Dos años de vacaciones (Deux ans de vacances, 1888). Círculo de Lectores. Barcelona (1998). 416 págs. 13 €. Traducción: E.M. Dos amenas robinsonadas juveniles.—

La esfinge de los hielos (Le Sphinx des glaces, 1897). Anaya. Madrid (1992). 379 págs. 11 €. Ilustraciones: George Roux. Traducción: Javier Torrente. Verne intenta dar un final satisfactorio a Las aventuras de Gordon Pym, novela que Poe había dejado inacabada.

Luis Daniel González

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