Truman Capote, excéntrico y camaleónico

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Duración lectura: 10m. 30s.

La película sobre Truman Capote, del director Bennet Miller, ha favorecido el redescubrimiento de un escritor genial, vanidoso y polémico. Al mismo tiempo se han publicado dos libros inéditos: la novela Crucero de verano, que Capote no quiso publicar en vida, y un voluminoso epistolario, Un placer fugaz, que proporciona algunas de las claves vitales del escritor que, obsesionado por el triunfo literario, acabó atrapado por el brillo de la fama y, después, por el alcohol y las drogas.

Capote utilizó la literatura para ofrecer una versión camaleónica de su acelerada y atormentada existencia, aunque en sus escritos encontramos una exigente preocupación por la calidad literaria y una emocionada nostalgia de la infancia.

Desde las fotografías, Truman Capote mira con sonrisa pícara, al más puro estilo James Cagney. Adornado con un sombrero, quizá Borsalino, como aquel de terciopelo negro que llevaba André Gide en París, esconde su cuerpo endeble y su voz aguda. Es un hombre fotogénico. La editorial Anagrama, que ha creado la Biblioteca Truman Capote, explota su imagen: la portada de “Cuentos completos” -con foto de Henry Cartier-Bresson-, la de “Los perros ladran” -foto de niñez coloreada-, o la de “Retratos” -bailando con Marilyn- son algunos ejemplos.

Un escritor de ocho años

Truman Capote nació el 30 de septiembre de 1924 en Nueva Orleans (Lousiana). En “Tres cuentos” relata breves incursiones en su infancia: recuerdos de épocas navideñas; de Miss Sook, una excéntrica pariente soltera, a la que el niño se sintió muy unido en los años que pasó con los familiares de su madre en Alabama; de La Isla, “lugar de la casa al que acudía cuando me sentía triste o inexplicablemente entusiasmado”; de la escuela y de sus compañeros. “Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos”.

A los ocho años se traslada a vivir con su madre a Nueva York. Estudió en el Trinity School y la St. John’s Academy de Nueva York, “una desdichada serie de cárceles a toque de corneta, de sombríos campamentos de verano a toque de diana”. Era un “engorroso fastidio para la mayoría de los profesores”. Físicamente raro -con un estrafalario flequillo y sin sobrepasar el metro cincuenta y cinco de altura-, poseía una voz y unos gestos obvia y alarmantemente afeminados, lo que consternaba a su madre. Con 17 años, después de desempeñar diferentes empleos: bailarín en un barco fluvial o corrector de guiones radiofónicos, comenzó a trabajar en The New Yorker. Por entonces, sus apellidos eran Streckfus Persons. Tomó el de Capote cuando su madre se casó en segundas nupcias con Joseph García Capote, un hombre de origen cubano, de notable encanto pero fidelidad exigua.

Relatos de juventud

A los 21 años abandona la redacción del periódico y publica Miriam en la revista Mademoiselle. El relato es distinguido con el Premio O’Henry. La crítica le aplaude sin reservas. Su reclusión y soledad continúan. “Se dio cuenta de algo en lo que no había reparado desde hacía mucho: no tenía a quien recurrir, estaba sola”, dice Mrs. Miller en Miriam. Sus relatos de juventud nacen de “simples observaciones cotidianas que anotaba en mi diario. Descripciones de un vecino. Largas transcripciones literales de conversaciones oídas. Chismes locales”.

Con Otras voces, otros ámbitos, escrita a los 23 años, debuta en la escena literaria novelesca. Relata la búsqueda de identidad de un joven sureño, una temática reiterada en su obra. “A excepción de unos cuantos incidentes y descripciones, era realmente autobiográfico”. Se trata también de una de las primeras novelas que plantearon abiertamente el problema de la homosexualidad.

Gozando de suma popularidad como escritor publicó en 1950 Color local, impresiones de viajes a Nueva Orleáns y Brooklyn, España y Norte de Africa. En 1951 apareció su segunda novela, El arpa de hierba, en la que trataba de comunicar la felicidad y la inocencia de la infancia. Novela poética, de ambientación rural, es la más autobiográfica. Más tarde, en 1953, escribe Se oyen las musas, una eminente muestra de la narrativa de no ficción. Cuenta la gira por la URSS de la compañía Everyman Opera, constituida únicamente por actores de color, con la representación de “Porgy and Bess” en las principales ciudades de la Unión Soviética de los años cincuenta.

En 1973 se reunieron Color local y Se oyen las musas en Los perros ladran. Capote, en el prólogo, revela que “su contenido, estos párrafos descriptivos, estas siluetas y recuerdos de lugares y personas” las siente como “un mapa en prosa, una geografía escrita de mi vida a lo largo de las tres últimas décadas, más o menos desde 1942 hasta 1972”. Cada lugar y cada persona aparece tal y como Capote lo ama, lo odia o lo recuerda y no como cualquier otro observador podía verlo.

Carrera de deseos

Durante la década de los 50 trabajó como entrevistador de la revista Playboy. De este período fueron sus continuos y variados desplazamientos por todo el mundo. Únicamente permanecerá alguna que otra temporada en una villa situada en Taormina, Sicilia. La década concluyó con Desayuno en Tiffany’s (1958). Relata la vida de seducción de Holly Golightly, que vive soñando en el paraíso Tiffany’s. Holly habita en los clubes de moda y los restaurantes caros, poblados de fascinantes personajes. Allí Holly sobrevive en la provisionalidad permanente, esperando que un golpe de suerte o un amor verdadero modifique su automática marcha por un trayecto pantanoso.

Pero “antes de comenzar A sangre fría (…) comencé a preparar las notas y la estructura de una ambiciosa novela a la que puse por título -y hasta el día de hoy no se lo he cambiado- Plegarias atendidas, que procede de una frase de Santa Teresa: ‘Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas’. Creo que esas palabras son ciertas: tanto da que se cumplan nuestros deseos, enseguida los remplazamos por otros. Son como los galgos de carreras y la liebre mecánica: jamás se alcanzan. Son lo mejor y lo peor de la vida”.

De Plegarias atendidas, libro técnicamente complicado, anunciado como un Proust a la americana, sólo se publicaron capítulos separados. Ni siquiera los doscientos cincuenta mil dólares que Random House le pagó como adelanto por los derechos de autor fueron suficientes para estimular su pluma. Cuando murió, “como un alma desdichada, al borde de la vejez”, sólo se encontraron unas páginas más de aquel manuscrito que afirmaba haber escrito. “Durante los últimos años me han presionado mucho para que lo acabara, pero la literatura tiene su propia vida, e insiste en bailar a su propio ritmo”.

El éxito de “A sangre fría”

Aunque fue en sus relatos, recogidos en Cuentos completos, donde brilla esa rara perfección que caracteriza a su escritura, Capote alcanzó el éxito popular con A sangre fría (1966), novela que se mantuvo en la lista de los libros más vendidos del New York Times durante treinta y siete semanas. A sangre fría nació como reportaje periodístico, pero creció hasta convertirse en el paradigma de la narrativa de no ficción. Truman Capote se interesó por los asesinos -Perry Smith y Richard Hickock- porque en ellos reconoce un pasado común, y le hace preguntarse por qué sus vidas son tan diferentes. A sangre fría, icono de la simbiosis entre el periodismo y la literatura, es considerada, con justicia, el antecedente inmediato del Nuevo Periodismo.

¿En qué trabajó después? Nos lo cuenta en Autorretrato, una especie de rapto confesional incluido en Los perros ladran: colaboró en la película Trilogy, basada en tres relatos suyos; hizo un documental sobre la pena capital, El corredor de la muerte, encargado por la CBS pero que nunca se exhibió en EE.UU.; y adaptó para el cine la novela El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, “una novela corta perfecta”.

Rumbo a la fatalidad

La búsqueda de la identidad personal: por qué la gente actúa, el tipo de existencia que conduce, las distintas trayectorias que toman vidas con idénticos orígenes, o las motivaciones que arrastran a tomar decisiones fue el tema recurrente en su itinerario literario. Y sobre todo la fatalidad, esa incapacidad de llevar la propia vida en la dirección deseada. Para el escritor norteamericano, la fatalidad empuja a la tragedia, que es “el destino que aguarda a todos aquellos que rechazamos nuestra propia naturaleza e insistimos en ser algo distinto de lo que somos”. Tragedia que desprecia la propia identidad, que mueve a despojarse de ella como de un vestido, al no percibirla y aceptar sus límites.

Con el paso de los años, la popularidad y una conducta de abusos fueron agostando la creatividad de Capote. Su escritura y su mundo narrativo se estancaron. Parte de la actividad de Truman Capote consistía en participar en talk-shows, mostrándose como un hombre lleno de tics y un modelo de libertinaje. Siempre permaneció solo, y se destruyó.

De 1980 es Música para camaleones, un libro de una economía y precisión narrativa excepcional, una pausa en su derrumbe. Dividido en tres partes, la primera contiene seis magistrales piezas, la segunda es una nouvelle titulada Ataúdes tallados a mano, de tema detectivesco. Para la última parte, titulada Conversaciones y retratos, escribió una semblanza de Marilyn Monroe, en la que insiste en la imagen de mito erótico con la que la propia Marilyn no estaba muy de acuerdo; y un retrato de Marlon Brando, extenso y discursivo, en el que transcribe una conversación en Japón durante el rodaje de la película Sayonara. Otros textos sugerentes son los dedicados a Elizabeth Taylor, Bogart, Chaplin o Isak Dinesen. Casi nadie quedó contento y sus amistades de la alta sociedad lo echaron de sus filas.

Sentimentalismo sureño y mordaz

Como escritor sureño fue deudor de autoras como Carson McCullers o Eudora Welty. Sincerándose, enumera sin orden los narradores que más valoraba: “James, Twain, Poe, Willa Cather, (…); y al otro lado del océano, Flaubert, Jane Austen, Dickens, Proust, Chéjov…”. Para otros escritores Capote fue acreedor: O’Connor o Tom Wolfe. La infertilidad creativa creció y se desarrolló al mismo ritmo que lo hacían sus citas con las clínicas de desintoxicación. Hasta su muerte, el 25 de agosto de 1984 en Los Ángeles, cuando sólo contaba con 59 años y no era ya más que la sombra de sí mismo.

Truman Capote fue un excéntrico narrador, un autor camaleónico y polivalente con un don para la descripción física de sus personajes. Especialmente las mujeres de sus relatos fueron objeto de miradas breves y profundas: Graziella, la criada supersticiosa en Sicilia; Miriam, la niña de cabellos plateados; o Mary, que busca marido entre los viudos del cementerio. Tampoco faltaron, en el universo descriptivo de Capote los animales: “ovejas con cara de Buster Keaton” o el inolvidable cuervo de Lola.

Capote combina en sus relatos elementos grotescos y religiosidad tradicional, dulcificando la crudeza de las situaciones con dosis de sentimentalismo sureño. En muchos de ellos rememora la nostalgia de la niñez, lo que genera confianza y acompañamiento con el lector. Pero no llega a la trascendencia. Es un sentimentalismo vacío, sin agarraderas, que debilita sus mordaces críticas. Es posiblemente uno de los defectos de ese Nuevo Periodismo del que fue creador. Las historias se leen con interés, con atención, pero no dejan poso; te transportan, pero vuelves intacto; no hay transformación ni en los personajes ni en los lectores.

Cabe honrar a Truman Capote como uno de los mejores narradores norteamericanos del siglo XX. Triunfó en la literatura escribiendo sobre perdedores de la sociedad, y cayó derrotado en la vida narrando el comportamiento de los vencedores del mundo. Si para Flaubert “escribir es una manera de vivir”, sin ánimo de comparaciones, para Capote se podría decir que vivir es un método para escribir.