Las pompas fúnebres de escritores célebres

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El escritor Antonio Muñoz Molina escribe en Babelia, suplemento cultural de El País sobre el desbordamiento mediático que ha provocado la muerte de José Saramago, como suele ser habitual en los casos de escritores célebres.

“Se muere un escritor y se desmesura todo. Se desata la maquinaria mediática y política de las pompas fúnebres y la riada de los elogios incondicionales, en los que el difunto adquiere dimensiones mesiánicas. El hecho doloroso y privado de la muerte pasa a convertirse en un duelo público exagerado por la intromisión de cargos políticos que se apresuran a hacer acto de presencia con sus coches oficiales y sus aparatosos protocolos, y que en los últimos tiempos hasta han adquirido la costumbre de firmar artículos obviamente improvisados por sus redactores de discursos. La evaluación sobria del trabajo y la vida de quien acaba de morir desaparecen bajo un fragor de superlativos gaseosos. El escritor deja de ser una persona para agigantarse como la encarnación de todo aquello que a los periodistas o a los políticos que contribuyen a su pompa póstuma les parece oportuno: la patria, el continente, el idioma entero, la condición humana, la emancipación de los pueblos.”

El ideal, para Muñoz Molina, es que el escritor pueda vivir y morir como un ciudadano más. “En una sociedad democrática, en un país civilizado, un escritor es un particular que ejerce en privado su oficio, y que no tiene más presencia pública que la que le corresponde cuando el resultado de su trabajo se ofrece a los lectores. El escritor, en una democracia, es un ciudadano idéntico a otros, y en virtud de esa ciudadanía participa a veces en debates o en la defensa de causas a las que puede servir con su activismo personal o con la herramienta que mejor conoce, el idioma. Pero el escritor, por el hecho de serlo, o porque se atribuya a sí mismo o se le otorgue la condición de intelectual, no posee ni más clarividencia que cualquier otro ciudadano ni tiene un deber o una misión particular, ni representa nada ni a nadie más que a sí mismo.”

“Cuando el escritor se convierte en símbolo casi siempre lo es a pesar suyo: porque lo persiguen o porque lo manipulan; o porque lo han asesinado (también, en ocasiones, porque ha elegido ser un impostor). Seguro que lo último que hubieran deseado Ossip Mandelstam o Bruno Schulz, por poner dos ejemplos de víctimas de las dos barbaries mayores del siglo XX, habría sido simbolizar el heroísmo de los débiles o la supervivencia de la palabra y de la imaginación en libertad incluso en las tinieblas más negras de la tiranía.”

La muerte del escritor, concluye Muñoz Molina, pertenece al reino de lo privado y no debería ser objeto de maniobras de los políticos. “En el duelo que sientan por un escritor sus personas más queridas no tienen por qué entrometerse cargos políticos adictos al parasitismo del resplandor ajeno ni jefes de protocolos ni maestros de ceremonias. Lo que tienen que hacer los poderes públicos por la literatura no es repartir premios y medallas sin ton ni son y sin otra finalidad que dar lujosas recepciones con muchos canapés y salir en el periódico, sino fundar buenas escuelas y buenas bibliotecas gracias a las cuales se extienda el reino igualitario del conocimiento, y por lo tanto de los libros.”

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