El éxito de las nuevas distopías juveniles

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 13m. 23s.

El éxito de Los juegos del hambre ha impuesto una nueva moda dentro de las ficciones juveniles: las distopías o novelas ambientadas en futuros difíciles y conflictivos. Se impone preguntarse qué aportan estos libros al género, por qué triunfan y qué influencia pueden tener en los lectores jóvenes.

Como es sabido, este tipo de relatos tienen, a veces, argumentos que hablan de niños que maltratan e incluso matan a otros niños. Esto no parece importar a muchos adultos bienintencionados que piensan que cualquiera, y por supuesto ellos mismos, puede leerlas o verlas sin mancharse y sin considerarse cómplices de las consecuencias personales y sociales que tiene trivializar tanto la violencia. Así que me propongo indicar las diferencias que hay entre las novelas del pasado y las del presente del mismo género, así como entre los públicos que las acogían.

Seguramente hay otras novelas pero, en lo que yo conozco, con las que citaré quedan claros los rasgos del género, qué ingredientes se han ido añadiendo con el paso del tiempo hasta llegar a las distopías juveniles actuales, y las razones de su atractivo y de su aceptación.

Las bases del género

En Un mundo feliz (1931), Aldous Huxley imagina un mundo sin guerras, ni crímenes, ni pobreza, donde para la pareja protagonista todo cambia cuando pasan unos días en una Reserva y conocen a John el Salvaje. En 1984 (1949), George Orwell pinta un estado totalitario, bajo el ojo vigilante del Gran Hermano, en el que un funcionario del Ministerio de la Verdad, cuya misión es reescribir la Historia, intenta protestar. También se rebela el protagonista de Farenheit 451 (1953), donde Ray Bradbury presenta un país donde las vallas publicitarias son gigantescas y donde los libros están prohibidos.

En el prólogo a una reedición de su novela, quince años después, Huxley reconocía sus carencias pero señalaba que seguía vigente su punto central: en el futuro, científicos y políticos trabajarán en el problema de la felicidad, “el problema de lograr que la gente ame su servidumbre”, para lo cual la libertad política y económica disminuirá al tiempo que la libertad sexual aumentará. Orwell temía un Estado dictatorial que controlaría la información y las vidas de la gente. Bradbury no pretendía tanto atacar al Estado como la mentalidad de rebaño propiciada por la televisión, y deseaba subrayar la culpabilidad de quienes se dejan adoctrinar. Con el paso del tiempo, las profecías de Huxley y Bradbury han demostrado su validez: es mayor nuestra libertad aparente pero somos cada vez más pasivos y egoístas.

Las nuevas distopías juveniles acumulan detalles audiovisuales superfluos buscando provocar efectos de película en los lectores

Nuevos pasos argumentales

Entre las novelas que dan nuevos pasos argumentales hacia las distopías juveniles actuales se pueden destacar tres: La Trilogía de los Trípodes (1967-1971), un relato juvenil de John Christopher deudor de otros previos; La Larga Marcha (1979), de Stephen King, un vigoroso relato con el planteamiento que copiará y actualizará Los juegos del hambre; y El Dador (1993), de Lois Lowry, tal vez la mejor novela juvenil del género.

El punto argumental que aquí tiene interés de La Trilogía de los Trípodes es el de que todos los jóvenes han de pasar por la Ceremonia de la Placa, momento a partir del cual se integran en la sociedad dócilmente, aunque algunos no lo aceptan y huyen. La Larga Marcha narra una competición organizada por el gobierno, y televisada para todo el país, donde cien chicos han de andar ininterrumpidamente y sin bajar el ritmo porque, cuando un concursante recibe tres avisos por no sostenerlo, es eliminado por los soldados que acompañan la marcha: gana el único que sobrevive. El Dador se sitúa en un mundo de igualdad total donde anualmente tiene lugar una Ceremonia para celebrar el paso de los niños a un nivel superior y que los Ancianos les asignen, según sus capacidades y gustos, el papel que cumplirán; el protagonista entonces comprende los cimientos sobre los que se asienta su sociedad.

A diferencia de los relatos primeros, La Trilogía de los Trípodes está orientado más a la distracción que a la denuncia, dada su condición de novela popular y juvenil de aventuras. No tanto La Larga Marcha, donde un concursante dice que “la razón de que esto sea tan terrible es precisamente su trivialidad, ¿comprendes? Hemos vendido nuestra alma por cuatro banalidades”. Y si se podría sospechar que King tenía en mente que sus propios lectores se vieran en el espejo, no menos puede decirse de El Dador, donde sobre todo queda claro el horror que significa matar a un inocente.

Distopías actuales

En las novelas citadas encontramos la mayoría de los elementos que, más o menos acentuados, se barajan en las distopías juveniles actuales, empezando por las trilogías de Los juegos del hambre (2008-2010), continuando con otras como Juntos (2010-2012), Delirium (2011-2013) o Divergente (2011-2013), por citar sólo algunas más o menos parecidas entre sí. Antes de seguir advierto que no he mencionado, entre los antecedentes, ni las novelas poscatástrofe –las que hablan de la causa de que se haya llegado a esa sociedad dictatorial, sea una invasión extraterrestre, una explosión nuclear, una guerra total, una glaciación…–, ni las que plantean experimentos con seres humanos –algo siempre implícito y a veces explícito–.

Las cuatro series citadas comparten estos rasgos: sus autoras son mujeres; las protagonistas son chicas muy buenas deportistas y, al menos en la primera novela de cada trilogía, son ellas las narradoras; todo se cuenta en presente, poniendo el foco en todo lo que ve, hace y piensa la heroína, casi siempre con morosidad; excepto Divergente, presentan un triángulo amoroso entre la chica y dos chicos. Los juegos del hambre y Divergente son las que tienen una gran violencia explícita. Juntos y Delirium, donde no hay a la vista tanta sangre, son parecidas entre sí, aunque Juntos tiene más elementos de El Dador, y en Delirium todos los jóvenes han de someterse a una operación craneal como en La Trilogía de los Trípodes.

Hay que decir que Los juegos del hambre triunfa, aparte de por ser la primera, por algunos factores adicionales: la tensión de la competición a muerte; la componente de los reality shows que otras series no tienen; el que puede gustar al público masculino por la violencia y competitividad salvaje, y al femenino por su insistencia en lo que se refiere al arreglo personal de las chicas. En todos los casos, el que sean trilogías funciona como una maldición: resulta obvio que la segunda novela es de transición e innecesaria, y que una única novela, completa y más intensa, hubiera sido mucho mejor, narrativamente hablando.

Estas novelas hablan de la injusticia de una sociedad que controla los sentimientos, pero no del sexo como cebo anestesiante, a diferencia de “Un mundo feliz”

Pasado y presente

Lo anterior es tanto como decir que sus autores no se plantean firmar obras literarias, pues literatura es ha-cer corta una historia larga, como sí hacen Farenheit 451 o El Dador. Un narrador que mira, reflexiona y nos lo cuenta, tiene sentido cuando la insignificancia de los detalles es precisamente lo significativo o, en todo caso, cuando los detalles descriptivos ofrecen el mínimo de ambientación que se necesita. No es así cuando el lector percibe, a cada paso, que se acumulan detalles superfluos uno tras otro: esto suele ocurrirles a los escritores que han visto mucho cine y que multiplican los pormenores auditivos o visuales hasta el aplastamiento, supuestamente para provocar efectos de película en sus lectores, al margen de que seguramente no saben hacerlo de otra manera. Pero, para esto, sinceramente, mejor es no recomendar libros sino, directamente, películas: no compensa elogiar los libros y la lectura si esto es lo que ofrecen.

Una segunda observación es que las distopías serias no son complacientes, al margen de que tengan más o menos calidad y de que, como suele suceder en la ciencia-ficción, los avances técnicos que se imaginaron eran muy distintos de los que luego se produjeron. En cambio, las novelas populares, y entre ellas están normalmente las juveniles, han de tener un desenlace suficientemente satisfactorio: los héroes no pueden morir y las parejas han de tener ante sí un “fueron felices y comieron perdices”. Esto quiere decir que los autores del pasado nunca pretendieron alentar falsas esperanzas en sus lectores ni dirigieron sus relatos a jóvenes, aunque muchos los leyeran. En este sentido, no se les puede reprochar su falta de honradez por más que a veces puedan ser burdos, como Stephen King en La Larga Marcha.

Una tercera diferencia es que han desaparecido los escrúpulos que, por citar un caso bien conocido, tuvieron los editores de Scribner para no publicar como juvenil la violenta Tropas del espacio (1959), a pesar de que su autor, Robert Heinlein, era el más popular del momento. Ahora importan por encima de todo las ventas, y en su busca, las series no son tanto la obra de un escritor preocupado de hacer un buen trabajo narrativo y literario, como el empeño conjunto de autor y editores por conseguir un éxito comercial. Esto comienza en la confección de los argumentos, pasa por las campañas de lanzamiento que incluyen atractivos booktrailers y elogios de otros escritores ya populares de la misma editorial o agencia, continúa con blogs donde se van dando avances y filtrando las noticias de los actores y actrices que interpretarán las próximas películas, etc.

Razones del éxito

Ahora bien, detrás de la recepción de esta clase de novelas hay algo más que una buena campaña publicitaria: las mejores novelas distópicas señalan temores que todos tenemos y siempre han sido lecturas apreciadas por los jóvenes porque tratan sobre inquietudes propias de quienes se adentran en la edad adulta. A eso podemos añadir que los rasgos de nuestra sociedad propician tanto estas inquietudes como aquellos temores: vivimos cada vez más controlados y, con frecuencia, en manos de quienes se sienten legitimados incluso para experimentar con seres humanos; y, hoy con más facilidad que ayer, muchos chicos se dan cuenta pronto de las falsedades de la sociedad en la que viven y de la falta de integridad de buena parte de los adultos. Es decir: estas novelas triunfan también porque hablan de chicos que, al tiempo que desean una libertad que solo la verdad sobre sí mismos y sobre el mundo en el que viven les podría dar, se dan cuenta de que viven en una sociedad asfixiante y despiadada, donde a los más indefensos se los margina o se los mata, eso sí, con motivos de compasión y discretamente.

Sin embargo, nos podemos plantear si estas historias, que tienen tanta trampa como las sociedades que dicen denunciar, no actúan como las pastillas tranquilizadoras típicas de los relatos del género. A fin de cuentas, hablan de la injusticia de una sociedad que controla los sentimientos, cosa que no tiene que ver con la realidad, pero no del sexo como cebo anestesiante, tal como hace Un mundo feliz. Pintan mundos donde se prohíben obras literarias del pasado, cosa que no sucede, pero ellas mismas dejan aún más indefensos a sus lectores, al modo de Farenheit 451. Plantean que la salida lógica, en mundos así, es un tipo de rebelión que, por lo que sabemos, puede ocurrir en las novelas pero no en la vida real, al margen de que, con no poca frecuencia, aplaudan comportamientos discutibles de los héroes como si fueran admirables. Es como si sus autores estuviesen elogiando a los lectores por sus ansias de buscar la verdad y la libertad, al mismo tiempo que los adormecen a la espera de que crezcan y se integren en el engranaje contra el que protestan ahora.

Esto forma parte de que la industria del entretenimiento no sólo intenta convencernos de que compremos sus productos sino que busca con ahínco que hagamos nuestro su mismo discurso. Para eso se apoyan en la complicidad de quienes pagan con tal de que se les hable de aquello que les agrada o, con más gusto aún, con tal de que se les halague. En esta dirección la demanda va en aumento siempre, de forma que, como vemos, las audiencias incluso premian a quienes satisfacen sus deseos morbosos de presenciar crueldades espectacularizadas. En lo que se refiere a los libros y películas juveniles, esto es especialmente aplicable a ficciones que, al presentar crímenes de niños y jóvenes contra sus iguales –como, de las novelas citadas aquí, hacen Los juegos del hambre y Divergente–, sólo cabe calificar de abyectas. Naturalmente, quienes llevan esta clase de negocios se preocupan de dar verosimilitud a estas historias e incluso tienen un argumentario para justificarlas. Si algo tienen claro es que su éxito es arrollador cuando logran que su discurso no sea criticado, e incluso sea dado por bueno, por las personas e instituciones que, supuestamente, deberían velar por la educación de los niños y jóvenes.

——————————————

Libros citados

Aldous Huxley, Un mundo feliz (Brave New World). Buenos Aires: Orbis, Hyspamerica, 1969; 191 págs.; introducción del autor de quince años después; trad. de Ramón Hernández.

George Orwell, 1984 (Nineteen Eighty-Four). Barcelona: Destino, 2002, 28ª ed.; 333 págs.; trad. de Rafael Vázquez Zamora.

Ray Bradbury, Farenheit 451. Barcelona: Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2001, 2ª impr.; 176 págs.; trad. de Alfredo Crespo.

John Christopher, La Trilogía de los Trípodes (The Tripod Trilogy). Compuesta por:

Las montañas blancas (The White Mountains). Barcelona: Círculo de Lectores, 1990; 192 págs.; trad. de Eduardo Lago.

La ciudad de oro y plomo (The City of Gold and Lead). Barcelona: Círculo de Lectores, 1990; 208 págs.; trad. de Eduardo Lago.

El estanque de fuego (The Pool of Fire). Barcelona: Círculo de Lectores, 1990; 208 págs.; trad. de Eduardo Lago.

Stephen King, La larga marcha (The Long Walk). Barcelona: Debolsillo, 2008, 4ª ed.; 349 págs.; trad. de Hernán Sabaté Vargas.

Lois Lowry, El Dador (The Giver). León: Everest, 2005, 12ª impr.; 172 págs.; col. Punto de Encuentro; trad. de María Luisa Balseiro. Nueva edición el año 2009; 224 págs.

Robert Heinlein, Tropas del espacio (Starship Troopers). Barcelona: Orbis, 1986; 242 págs.; trad. de Amparo García Burgos.

Suzanne Collins, Los juegos del hambre (The Hunger Games). Reseña en Aceprensa, 18-04-2012. Serie compuesta por:

Los juegos del hambre (The Hunger Games). Barcelona: Círculo de Lectores, 2009; 379 págs.; trad. de Pilar Ramírez Tello.

En llamas (Catching Fire). Barcelona: Molino, 2010; 487 págs.; trad. de Pilar Ramírez Tello.

Sinsajo (Mockingjay). Barcelona: Molino, 2010; 422 págs.; trad. de Pilar Ramírez Tello.

Ally Condie, Juntos (Matched). Reseña en Aceprensa, 11-04-2012. Serie compuesta, de momento, por:

Juntos (Matched). Barcelona: Montena, 2011; 348 págs.; trad. de Rosa Pérez.

Caminos cruzados (Crossed). Barcelona: Montena, 2012; 361 págs.; trad. de Rosa Pérez.

Lauren Oliver, Delirium. Compuesta, de momento, por:

Delirium. Madrid: SM, 2011; 445 págs.; trad. de Carmen Valle. Reseña en Aceprensa, 18-11-2011.

Pandemonium. Madrid: SM, 2012; 379 págs.; trad. de Carmen Valle.

Requiem, el último volumen, saldrá en la primavera de 2013.

Veronica Roth, Divergente. Compuesta, de momento, por:

Divergente (Divergent). Barcelona: Molino, 2011; 483 págs.; trad. de Pilar Ramírez Tello. Reseña en Aceprensa, 30-05-2012.

Insurgent, que ya ha sido publicada en inglés.

— Roth ha prometido el tercer título para el otoño de 2013.