La sociedad del cotilleo

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Duración lectura: 4m. 10s.

El filósofo y político Rocco Buttiglione, profesor de la Universidad S. Pío V (Roma), se pregunta si la abundancia de noticias de la sociedad de la información la está convirtiendo en la sociedad del cotilleo. Los siguientes fragmentos proceden de su intervención en el III Congreso Católicos y Vida Pública (Madrid, octubre de 2001), cuyas Actas se acaban de publicar (Fundación Santa María, Madrid, 2002; el texto de Buttiglione, en vol. 2, pp. 971-990).

El cotilleo ha ocupado el lugar de la discusión y de la búsqueda de la verdad. La sociedad de la información corre el riesgo de convertirse en la de la información del cotilleo. Umberto Eco, en El nombre de la rosa, explica muy bien esta sociedad del cotilleo. El eje de su libro es el problema de la risa, el hombre que, a través de la risa, es capaz de no dar importancia a todo lo que pasa. La risa es un acto a través del cual nosotros, de alguna manera, negamos la seriedad, la trascendencia del hecho al que estamos enfrentados. Una sociedad de la risa generalizada es una sociedad en la que triunfa el cotilleo, algo parecido a un cabaré. La política se convierte en cabaré y también, a veces, la religión. Es relevante lo que está en el cabaré, en los talks shows televisivos. Es el sueño del constructivismo; todo proceso de constructivismo religioso llega a la sustitución de la búsqueda de la verdad por el cotilleo.

La sociedad de la información es, en este sentido, la sociedad de la desinformación por exceso de información. La información falta porque no hay información, o tal vez porque hay demasiada, y no hay instrumentos para distinguir entre la información relevante y la no relevante. El rumor, en el trasfondo, sumerge las voces que intentan comunicarse.

Todos hablan y nadie escucha. Algunos talk shows en la televisión dan exactamente esa impresión: todos hablan y nadie escucha y no se entiende, y no hay comunicación. Cada uno dice su propia verdad, pero no hay una verdad común, ni tampoco el esfuerzo de constituir esta verdad común. (…)

En este caso todo es información y nada es comunicación. (…) ¿Qué tiene que ver esto con la fe? (…) Donde no hay comunicación no es posible la comunión, el ser una cosa sola, cuando la palabra es el medio para la comunicación de la persona. (…) La Trinidad, el centro de la fe católica, es la idea de una comunicación de personas. La esperanza cristiana es participar de esta comunicación de personas. La sociedad en la que se cierra la comunicación, porque se pierde la verdad, es una sociedad en la que se hace más difícil -nunca imposible- el conocimiento de Dios.

¿Cuál es la defensa contra el predominio absoluto y la dictadura del cotilleo, de la información que no tiene como referencia la verdad, sino que está desligada de la responsabilidad frente a la verdad? La primera defensa es la formación de una mentalidad de cultura crítica, tarea específica de la escuela y la universidad. Hay un librito de John Henry Newman [Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria: ver servicio 62/97] que me parece fundamental (…).

La tarea primaria de la universidad es la sistematización rigurosa de los valores vitalmente comunicados. Newman plantea la cuestión: ¿Cuál es la diferencia entre un hombre muy inteligente y un universitario? Un hombre muy inteligente tiene muchas ideas, pero no tiene un hábito crítico para organizarlas. No tiene un hábito crítico frente a cualquier experiencia nueva, la lectura de un libro, algo que acontece en la vida. No tiene la aptitud de formular la pregunta ¿qué es esto? Y ¿cómo esto está relacionado con las otras experiencias que tengo? Esta nueva información, ¿en qué relación está con lo que ya conozco? ¿Lo contradice? (…) ¿Cuál es el origen de esta información? ¿Es una información probable, posible, o no es cierta? Esta aptitud de verificar críticamente, para la formulación de una visión coherente de la realidad, (…) nos permite saber lo que pensamos. El universitario debería siempre saber, si no lo que es cierto, al menos lo que piensa.

Muchas veces vemos que la gente no sabe lo que piensa, que pasa de una opinión a otra porque no hay el esfuerzo de construir una convicción más allá de la opinión momentánea. Pensar no es tener opiniones. Existe esa palabra tan fea: opinionista (columnista de opinión). Los que escriben en los periódicos tienen opiniones; no es bueno tener sólo opiniones. Tendrían que tener convicciones. La convicción es el resultado de un proceso crítico sobre las opiniones.

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