La inflación de cultura

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Duración lectura: 14m. 53s.

La oferta cultural en una época de superproducción
Reconocemos a los monjes medievales el mérito de haber salvado la cultura europea en tiempos oscuros abrigándola en los monasterios. Pero nuestra gratitud da por supuesto que la cultura es un bien escaso. Hoy necesitamos más bien unos basureros que retiren los excedentes de la ingente oferta cultural a nuestra disposición. Nuestra época, dice Manuel Fontán del Junco en Nueva Revista (Madrid, diciembre de 1998), es la primera que se dedica ex profeso a la superproducción de cultura, lo que torna muy difícil distinguir entre lo valioso y lo que no lo es. Ofrecemos un extracto de este ensayo.

En este tiempo de signos en continua migración, emparejándose todos con todos como neutrinos enloquecidos, lo que ya ha sucedido con palabras como “ética” y “estética” -su abuso inflacionario e indiscriminado- empieza a ocurrir ahora con la palabra “cultura”.

Empieza a ser realmente difícil encontrarse, hoy, con una sola actitud de un sujeto cualquiera o con un solo “objeto” -mental o material- que no se le encuentre un valor cultural y no se le haya adjudicado ya el término “cultura”: cultura de barrio, cultura popular, cultura rock, cultura del pacto…

El criterio de lo “interesante”

Lo que está ocurriendo es que mientras el artesano de gremio medieval, el hombre de genio del Renacimiento, el galante Magister del barroco, el escritor realista, el pintor fauve o el poeta surrealista esculpieron estatuas, pintaron cuadros o escribieron poemas, hoy, a nosotros, eso nos parece poco. Hoy producimos directamente “cultura”: todos, grandes y mayores, a pequeña y a gran escala, a todas horas, en grandes cantidades y de todo tipo: high culture y low culture, contracultura, subcultura, cultura marginal, o rozando ya el oxímoron, incluso “cultura natural”.

Lo que está ocurriendo es que, en el caso de que pase a la historia, es probable que el final del siglo XX lo haga como la primera época de la humanidad que se dedicó, explícitamente, a la superproducción de cultura. Efectivamente: mientras la oferta de “productos culturales” crece sin parar y está omnipresente, parece que los criterios que en otras épocas sirvieron para ver, juzgar, seleccionar y elegir entre esa oferta (en el caso de las artes, criterios como los del gusto establecido, la correspondencia al canon, la belleza, la proporción, la perfección o la novedad) ya no están vigentes. El único criterio que parece estarlo es un vaporoso e inconcreto “es interesante”.

La basura cultural

(…) Parece evidente que producimos más de lo que podemos razonablemente “consumir”, y que empezamos a no saber cómo deshacernos de lo que nos sobra y, sobre todo por qué elegir o deshacernos de algo en concreto y no de otra cosa. ¿Qué seleccionar? ¿Cómo elegir? ¿Qué hacer -dada la inflación de “cosas interesantes”- con los “excedentes”? (…)

Y además, como todos preferimos el orden del pasado al caos del presente, las dificultades se acentúan cuando el “producto cultural” es nuevo, reciente, y no está incluido en los archivos de lo culturalmente valioso legados por la antigüedad o el pasado más reciente; cuando, por tanto, es un producto no legitimado por eso que Chesterton llamó “la democracia de los muertos”: la tradición. Es decir, cuando pertenece a nuestro presente inmediato.

(…) La inflación cultural a la que nos venimos refiriendo alude sobre todo a la abundancia de la oferta cultural contemporánea. Pero hay un sentido más amplio de la palabra “cultura”, el referido a eso que hace humanos a los hombres, y que incluye siempre una visión de la vida, un ethos y unos símbolos sagrados comunes a cada grupo humano. La reunión de esos tres elementos constituye un sistema (cultural) que da “valor” a unas cosas, a unos comportamientos y a unas creencias y expectativas determinadas -y no a otras-. Aquello a lo que se concede valor es considerado “sagrado”, un “fin en sí mismo”, algo “significativo”, y aquello que no lo tiene es considerado “profano”, un mero “medio”, algo carente de significado propio. Lo primero tiene el derecho adquirido a ser honrado, conservado y transmitido a la siguiente generación. Lo segundo carece de sentido: se puede tirar (a la basura).

Primacía de la novedad

(…) Cuando -como en Occidente- el sistema de valores de una cultura incluye la preeminencia del juicio y la libertad individuales sobre las tradiciones, así como la creencia según la cual la característica esencial de la libertad individual es la creación, es decir, la novedad; cuando esa cultura incluye, por tanto, el distanciamiento crítico, la puesta en cuestión y la recreación continua del propio sistema cultural, entonces la escena del arrojar algo a la basura se complica enormemente.

Lo que significa que, contra el fondo de una cierta estabilidad, la cultura occidental esté constituida en buena parte por el permanente proceso de puesta en cuestión de sí misma, es que produce continuamente enormes cantidades de palabras, imágenes y objetos -signos, en general- cuyo sentido es, al menos, doble: por una parte, el de desvalorizar las palabras, imágenes y objetos que habían estado vigentes hasta ese momento, presentándolos como letra muerta o cosas que es mejor “tirar”. Por otra parte, el de valorar las palabras, imágenes y objetos nuevos.

(…) En los últimos tiempos, además, la función cultural del Estado y los procedimientos de reproducción y transmisión de los signos -imágenes y palabras- incrementan el proceso y lo distribuyen en cantidades y dimensiones nunca soñadas, a velocidades de vértigo y lugares casi inauditos.

Una cultura así es, naturalmente, una cultura cuyas dos actividades esenciales son la de archivar (lo que se considera culturalmente valioso) y la de arrojar a la basura (lo que se considera desvalorizado y culturalmente inútil).

La difícil decisión de desechar

(…) Esta es una situación que puede plantear evidentes problemas de espacio y de costes. Los archivos, aparte de que cuestan dinero, ocupan espacio. Los basureros también. Además, la convivencia entre archivos y basureros puede conocer un caso extremo, a saber: que, por falta de espacio y de criterios de decisión, las fronteras entre los archivos y los basureros se hagan débiles, difusas, que se confundan: que en el archivo comience a entrar basura y en los basureros productos que deberían estar archivados. Una cultura que estuviera en esa situación se experimentaría a sí misma, naturalmente, con perplejidad.

Eso es justo lo que está ocurriendo hoy. Está ocurriendo que, a causa de la aparente ausencia de criterios para decidir qué debe ser archivado y qué debe ser destruido, la decisión de conservar algo en los archivos de la memoria histórica o arrojarla al cubo de la basura se ha tornado dificilísima, tanto personal como institucionalmente.

Ante el espectáculo de su incontinente superproducción, a lo que más se parece la cultura occidental es a esos desequilibrados a los que, de pronto, una orden judicial a instancias de los vecinos desaloja de sus casas, llenas hasta el techo de basura, por su enfermiza incapacidad de desprenderse de nada. (…)

El subjetivismo estético

Nuestra evidente inflación de productos culturales tiene muchas causas, pero la principal, a mi modo de ver, se encuentra en el estatuto adquirido en este siglo por el arte. Entre los productos culturales, el arte ha tenido siempre una posición modélica para la entera cultura, y se puede decir que han sido sobre todo la teoría y la praxis artísticas dominantes en los últimos decenios las que han debilitado de tal modo las fronteras entre el mundo del arte (o de la cultura) y el mundo real (el de la vida profana), que apenas si se puede seguir hablando de fronteras.

La historia de este proceso ocupa tres siglos, pero no es difícil de rastrear: de hecho, desde los inicios de la era moderna las variaciones en la consideración de la belleza y de la creación artística (y, por extensión, cultural) han sido básicamente dos. La primera de esas variaciones consistió en poner en marcha, a las alturas del siglo XVIII, un proceso de “autonomía de la conciencia estética o de la obra de arte”.

(…) Cuando las llamadas “bellas artes” se hicieron autónomas respecto de la artesanía, lo decorativo, lo útil y lo agradable, quedó inaugurada la sensibilidad estética moderna: ésta nació “separando” los objetos bellos (una pintura, una escultura) de cualesquiera funciones en la vida (por ejemplo, la decoración o el culto). Eso respondía al influyente peso de la restrictiva idea según la cual es bello aquello que arroja un placer subjetivo como resultado de un modo peculiar (desinteresado, sin vistas a su posible utilidad) de experimentarlo.

Todo puede ser cultura

Esta idea restrictiva se expandió hasta conectar con un segundo proceso, el que se podría llamar “la indiferenciación de la conciencia estética y de la obra de arte”: el proceso según el cual cualquier objeto puede ser enjuiciado estéticamente y considerado una obra de arte, o, por extensión, el proceso por el cual cualesquiera actitudes, objetos, productos, situaciones, vindicaciones, discursos, o, en general, signos, pueden ser considerados “culturalmente relevantes”.

Es evidente que hay un hilo que une el restringido campo de las bellas artes del XVIII con este concepto de arte y de belleza (y de “cultura”) indiferenciados, que es el más propio de nuestra sensibilidad. Ese hilo corre paralelo a la historia de la palabra “crítica” y al desarrollo de “los derechos de la subjetividad individual” (Charles Taylor), y consiste en que, si un objeto es bello cuando su contemplación desinteresada nos agrada, entonces nada impide que todos los objetos puedan ser considerados bellos, porque nada ni nadie puede impedir que cualquiera pueda empezar a considerar sólo estéticamente o a contemplar desinteresadamente, o sea, exclusivamente como una obra de arte, cualquier objeto.

De modo que el proceso que comenzó restringiendo el ámbito de lo bello y del arte acabó en su contrario: en la indiferenciación. La herencia del XVIII, que constituyó un proceso de “abstracción estética”, es decir, de desconsideración de todo aquello que no fuera la pura forma bella de algo, ha sido ampliada en el XX hasta la indiferencia, engullendo potencialmente en el ámbito de las bellas artes a todos los objetos de la vida.

Los efectos de este proceso sobre las demás artes, y sobre la cultura en general, no se han hecho esperar: el resultado es que casi todo tiene, hoy, por principio, “valor cultural”, y ese valor debe ser reconocido, financiado, documentado y conservado. (…) “El mundo entero -ha escrito Boris Groys- es hoy un museo para un espectador desconocido”, en el que no se debe tirar nada, no se debe despreciar, ni juzgar ni considerar irrelevante nada. (…)

El museo global

La figura decisiva en todo este proceso ha sido, en mi opinión, Marcel Duchamp, quien contribuyó a dotar a la “indiferenciación” estética de esos planteamientos del elemento que le faltaba: el elemento “espacial”. La intuición de Duchamp fue que cualquier objeto podía empezar a adquirir identidad y existencia como obra de arte si era “situado” estratégicamente en el lugar adecuado: en el “mundo de las artes”, en los espacios de la cultura. Un montón de basura en un basurero es un montón de basura. El mismo montón de basura en una galería de arte contemporáneo es algo manipulado, intervenido y representado con una intencionalidad artística, con el lenguaje indirecto del arte, y puede ser percibido “estéticamente” o considerado culturalmente interesante. Y así, de entre el inmenso réservoir de objetos que constituyen potenciales objetos de interés cultural cuando se los contempla exclusivamente como “objetos culturales”, pasan a serlo efectivamente sólo aquellos que son situados estratégicamente en los espacios de la cultura.

(…) Los espacios de la cultura se han banalizado en la misma medida que los lugares cotidianos se han sacralizado: la vida profana ha adquirido aspectos museales (piénsese en el fomento de proyectos bajo el lema “el arte en los espacios públicos”); y, mientras las calles florecen de “manifestaciones culturales”, los museos están llenos de chatarra, desperdicios, montones de manteca, ropa vieja, papeles y restos de comida. Tampoco es inhabitual que las performances o happenings de no pocas galerías de arte contemporáneo consistan en escenificar en ellas lo que antes la gente hacía en la privacidad del baño de su casa, en la alcoba o en los servicios públicos, mientras que -y basta abrir el Elle Décoration- los diseños de cuartos de baño cada vez se parecen más a los templos, a los espacios centrales del habitar y el representar -cada vez participan más de la atmósfera blanca y sacral de las superficies museísticas-. (…)

Mientras la oferta de “productos culturales” crece sin parar y está omnipresente, los criterios que en otras épocas sirvieron para ver, juzgar, seleccionar y elegir entre esa oferta -para decidir entre el archivo y la basura- parecen no estar vigentes hoy. Esta ausencia de criterios es lo que quiere detectar el pathos del anything goes. (…)

La sensibilidad cultural postmoderna sobre todo ha puesto de moda un nuevo paradigma: el de la diferencia. Y la diferencia -o el así llamado “derecho a la diferencia”- no sólo explica la multiplicación de fenómenos culturales específicos de cada grupo “diferente” (antes, alguien escribía vastas novelas y le bastaba con firmar “Marcel Proust”; hoy hay muchos que quieren, en aras de lo políticamente correcto, que eso se llame “literatura gay”), sino que añade a la inflación esta dificultad: ¿quién administra la diferencia? (…)

El derecho a la diferencia

Para las instituciones culturales privadas, la administración de la diferencia no es tan compleja. (…) Pero si estas instituciones son oficiales o estatales, entonces el problema se agranda, y la razón por la que se agranda es nuestra paradójica situación, a saber: nuestra civilización mantiene estructuras de poder y gobierno basadas en principios modernos -sobre todo la legitimación por mayorías democráticas de los deseos de los ciudadanos- en un paisaje cultural que ya no es moderno, sino que sigue una lógica cultural postmoderna, en la que, según parece, “todo vale” y, por tanto, el simple hecho de no hacer lo mismo que hace el de al lado -el simple hecho de ser diferente- ya disfruta de “interés cultural”.

Ocurre que a finales del siglo XX, las únicas “instancias culturales” que no están legitimadas democráticamente son las religiones y las artes. (…)

El Estado mecenas

A todo esto, el Estado, desde hace tiempo, ha tomado como propio el papel de mecenas: no sólo fomenta, sino que directamente produce “cultura”. Bien. ¿Con qué criterios? ¿De acuerdo con qué representatividad? ¿Debe apoyar la llamada “cultura popular” o debe apoyar la “alta cultura”? (…) Los problemas se agudizan cuando los Estados dejan de limitarse a conservar el patrimonio legitimado por las tradiciones para ponerse manos a la obra, a decidir acerca del presente.

(…) Se cuenta que el compositor Jean Sibelius, que solía alternar con banqueros y millonarios, fue preguntado una vez por qué buscaba con más frecuencia la compañía de esas personas que la de sus colegas artistas. “Es fácil -respondió-. Cuando ceno con estos señores tengo, de vez en cuando, la oportunidad de hablar de arte. Cuando ceno con artistas sólo hablamos de dinero”.

La inflación cultural, por un lado, y la aparente (“aparente” porque tantas veces es sólo la patente de corso para la comodidad o la irreflexión), la aparente falta de instancias y criterios de decisión, por otra, enfrenta a toda institución cultural a la necesidad de elegir y a la responsabilidad de “decidir”. Ninguna institución es, por supuesto, inocente, de modo que todas hacen eso siempre. La cuestión es si pueden justificar razonablemente el porqué de sus decisiones e intervenciones. (…)

Apología de la pereza

En cuanto a nosotros, espectadores, desorientado público (…) sólo se me ocurre un consejo, que espero que no suene paternalista, para hacer frente con un poco de éxito al torrente de oferta cultural. El consejo es de Kant, el mismo que inventó, allá por los finales del XVIII, el “desinterés estético” que ha terminado provocando la inflación de lo “estéticamente interesante”. Hay una frase suya que cualquiera que hojee hoy un programa cultural o entre en una librería durante la Feria del Libro debería repetirse en voz baja: “¡Cuántas cosas hay que no conozco! Pero, al mismo tiempo, ¡cuántas cosas que no necesito!”. Probablemente todos estemos necesitando sustituir algo de nuestro interés cultural por un poco de desinterés cultural, para después dar el paso definitivo a las virtudes de lo que se podría llamar la “pereza estética”.

Cuando una civilización tiene un vicio muy arraigado -he oído a un cínico filósofo escocés-, es mejor que tenga dos vicios en vez del que ya tiene y una virtud -siempre que el segundo vicio sea la pereza-. Un ladrón que además sea diligente es peligrosísimo. Si es perezoso, es casi inofensivo. Necesitamos un poco de pereza cultural. (…)

Manuel Fontán del Junco es doctor en filosofía y director del Instituto Cervantes de Bremen (Alemania).

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