La Iglesia anglicana crea polémica al decidir vender trece cuadros de Zurbarán

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Duración lectura: 2m. 37s.

¿Por qué la Iglesia no vende sus tesoros artísticos y se desprende de sus riquezas? Es una sugerencia que no suele faltar en el prontuario de medidas drásticas para una “Iglesia de los pobres”. Pero vender tesoros artísticos puede ser complicado y polémico. Así lo está comprobando la Iglesia anglicana, que había decidido vender trece retratos de Zurbarán, que representan a Jacob y sus doce hijos.

Los trece cuadros del pintor español Francisco de Zurbarán (1598-1664) llegaron a Inglaterra en 1774, procedentes -según la leyenda- de un abordaje pirata. Un obispo anglicano los adquirió por una pequeña cantidad, y desde entonces adornan las paredes del comedor del castillo de Auckland, sede del obispo de Durham. Valorados en 10 millones de libras, han ganado notoriedad por la posibilidad de una pronta venta, que procuraría a la Iglesia anglicana fondos para afrontar las dificultades económicas de las diócesis más necesitadas. La Iglesia anglicana ha reconocido la pérdida de 80 millones de libras por la depreciación de su paquete accionarial en la empresa de comunicaciones Vodafone.

La venta de los cuadros, que fueron expuestos por la National Gallery londinense en 1994, fue aprobada en septiembre pasado por la Junta de Administradores de la Curia anglicana, sin pronunciarse sobre la fecha, la cuantía y las condiciones de la venta o subasta. La decisión cuenta con la oposición del obispo de Durham, el Rev. Michael Turnbull, quien ha declarado que “estas tierras son el verdadero hogar de las pinturas”, saliendo al paso de insistentes especulaciones sobre el interés de España por llevar este grupo pictórico al Museo del Prado. Se da la curiosa circunstancia de que expertos en historia del arte, como el crítico John McEwen, consideran este conjunto de retratos como un claro exponente del espíritu de la Contrarreforma, porque prefigura el Colegio apostólico.

La prensa británica recoge la polémica sobre la pertenencia de estos cuadros al patrimonio artístico nacional, en la que tercian expertos en arte y autoridades de la Iglesia anglicana. El Daily Telegraph recoge unas declaraciones de uno de los administradores, según el cual “no tiene sentido aferrarse a tales bienes, que no forman parte de la historia de la Iglesia de Inglaterra. Solo queremos allegar fondos para cubrir los gastos de los obispos. Cualquier cosa que pueda ser usada para sufragar estos gastos será bienvenida”. No opina así Simon Jenkins, que ha calificado la iniciativa como “un sacrilegio” y recomienda “no vender la plata de la familia”. Por su parte, Paul Handley, director de la revista Church Times, sugiere renunciar a la venta de los cuadros y anima a los obispos a vender propiedades inmobiliarias.

Margaret Brown, miembro del Sínodo General de la Iglesia anglicana, ha declarado que “si los administradores solo pretenden usar el dinero en más burocracia y más comités, sería mejor que no vendieran los cuadros. Pero si los venden para costear la restauración de iglesias, no me opondría, porque el culto es más importante que los cuadros”.