La guerra de los satélites entre Europa y Estados Unidos

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Duración lectura: 3m. 51s.

En el diseño de las telecomunicaciones del siglo XXI nadie acaba de tener las cosas claras. Ha habido momentos en que los mentores de la fibra óptica aseguraban que éste sería el medio preponderante de transmisión de la información, por la posibilidad que ofrece de reutilizar frecuencias de modo casi ilimitado tendiendo nuevos cables. Pero el satélite sigue pujante y con importantes ventajas. No requiere la costosa infraestructura que lleva consigo un cableado (basta situar los satélites y las estaciones de seguimiento) y cada satélite tiene una amplia zona de cobertura. Pero siempre queda el inconveniente de un espectro de frecuencias limitado: por ello existe una verdadera lucha política por la explotación del ancho de banda y los servicios que se asignan a cada franja de banda.

Precisamente el pasado octubre se reunió en Ginebra la Conferencia Mundial de Radiocomunicaciones, auspiciada por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). Estas conferencias se celebran periódicamente para racionalizar la explotación del espectro radioeléctrico. En esta ocasión había de fondo un agrio debate sobre las frecuencias que debían asignarse a los satélites multimedia de órbitas bajas y medias.

Hasta ahora, cara a las telecomunicaciones, los satélites más importantes eran los de órbita geoestacionaria, cuya posición respecto a la Tierra es fija. Su ventaja es que basta tener una antena orientada al satélite para recibir la señal. El principal inconveniente es su lejanía de la Tierra (36.000 Km), que hace que la señal llegue con cierto retraso (0,25 segundos), lo que puede ser crítico en determinados servicios de telecomunicación. Por ello se ha apostado por desplegar los satélites de órbita baja (7002.400 Km de la Tierra, 5-16 milisegundos de respuesta) y media (10.000-21.000 Km, 6-14 centésimas de segundo), que aunque carezcan de esa posición relativa fija, son más rápidos en conducir la señal.

El proyecto más avanzado de este estilo es Iridium, que debe estar listo este año. Se trata de un sistema de 66 satélites en órbita baja, apadrinado por Motorola y Raytheon, que ofrece servicios mundiales de voz, transmisión de datos y fax. Aunque Iridium es conocido desde hace tiempo, otras compañías no han reaccionado con proyectos similares hasta que su operatividad era casi un hecho. Ahora están en marcha Celestri (Motorola), Globalstar (Loral, Qualcomm Alcatel), ICO (Inmarstat, Hugues Space Telecom) y Skybridge (Alcatel, Loral, Toshiba y Mitsubishi), que ofrecerán servicios similares a los de Iridium, y en algún caso añadirán la posibilidad de videoconferencia. Pero el proyecto más ambicioso, y que ha disparado el rumor de que aquí puede haber verdadero negocio, es Teledesic. Con Bill Gates y Microsoft detrás, pretende poner en órbita baja 288 satélites y ofrecer los servicios mencionados. El gran número de satélites desplegados aseguraría una cobertura total y su acceso a gran número de usuarios, lo cual podría evitar los frecuentes atascos que sufre Internet.

Hay gran demanda de estos servicios telemáticos, y es lógico que muchas empresas se dispongan a competir para ofrecerlos. Pero, ¿hay sitio para todos? No está tan claro. El espectro de frecuencias es limitado. Y en 1995, año en que la UIT fijó una banda específica para satélites de órbitas bajas y medias, Teledesic era el único sistema que solicitó frecuencias. Dos años después, se observa que el proyecto agota los recursos del espectro, de modo que no permite la coexistencia de sistemas similares en esa banda. Y otras bandas no ofrecen espacio suficiente. Europa, que hasta ahora había apostado de modo decidido por sistemas geoestacionarios, ha pedido una revisión del reparto del espacio radioeléctrico en la Conferencia Mundial de Radiocomunicaciones de 1997.

Su intención es poder acceder al apetitoso pastel de los satélites no geoestacionarios. Mientras pide que se estudie la posibilidad de que sistemas geoestacionarios y no geoestacionarios compartan recursos del espacio radioeléctrico -lo que Estados Unidos y Microsoft rechazan-, quizá gane un tiempo precioso para no perder el tren de los satélites de órbitas medias y bajas. También la industria aeroespacial necesita este tiempo.

Ni los más optimistas preveían esta necesidad de lanzar tantos satélites a un espacio que parecía saturado en su órbita geoestacionaria. Los americanos están copando los lanzamientos, pero la Agencia Espacial Europea ve con disgusto cómo Ariane, hoy por hoy, no puede atender la creciente demanda de posicionamiento de satélites.

José M. Aresté

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