El arte o la vida

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Duración lectura: 4m. 25s.

Daniel Innerarity reflexiona en Nuestro Tiempo (julio-agosto 1998, nº 529/530) sobre el absurdo de la sustitución de la vida por el arte.

El arte no es un sustituto de la vida, sino una estrategia de la vida para entenderse mejor, para vivir mejor. Sin esa reflexividad estética que nos libra de la inmediatez, la vida humana sería una serie de instantes disparatados, carente de conexión y sentido reconocibles. Pero cabe también preferir el arte a la vida y conducirse como si la creatividad estética nos eximiera de las obligaciones de la vida cotidiana.

(…) Diversas creaciones artísticas han dejado ver el absurdo de una sustitución de la vida por el arte. Podrían agruparse esos esteticismos en trágicos, cínicos, moralistas o cómicos, según el efecto que se sigue de su respectiva absolutización.

a) La sustitución trágica de la vida por el arte se encuentra ejemplarmente representada por aquellos malditismos que presentan al artista como alguien que ha pagado su capacidad creativa con una renuncia a la vida, en su conjunto o en alguna de sus dimensiones, entre las que destaca la imposibilidad para el amor. De aquí proviene el estereotipo del artista maldito, sexualmente extravagante, pobre y enfermizo, que tanto furor causó en el XIX y de cuyos restos se compone todavía hoy el prestigio de mucho imitador que, careciendo de talento, se reviste con alguno de los atributos penosos que tradicionalmente han adornado a la existencia de un genio. El Doktor Faustus de Thomas Mann recoge con acierto esa tradición que veía en el poder artístico una fuerza sobrenatural de cuya provisión se hacía cargo el demonio a cambio de una renuncia a vivir.

b) La versión cínica de esta sustitución de la vida por el arte consiste en ver desde la óptica del artista cualquier acontecimiento de la vida, introducir una valoración estética cuando lo más humano sería hacer un juicio de otra naturaleza. Se cuenta de un historiador del arte moribundo que, al ofrecerle un crucifijo, en vez de comportarse como era de esperar en alguien que se está despidiendo de esta vida, empezó a describir las propiedades estéticas de lo que se le ofrecía para besar. Incluso las urgencias de la salvación podían esperar ante la posibilidad de mostrar la propia erudición. (…)

c) Una articulación incorrecta de la vida y el arte adquiere un sentido moralizante o impertinentemente realista cuando no acierta a comprender su diferencia ni tolera las licencias de la ficción (…). Esta ingenuidad sólo es lamentable cuando se presenta con seriedad didáctica o científica, cuando se enfrenta al libre juego de la ficción. La censura en sus diversas formas vive de esta equívoca inmadurez que toma la ficción por verdad. Es el reverso del esteticismo que pretende conducirse en la propia vida como los propios personajes. En este caso, el moralizador considera que no es posible vivir a distancia de las propias creaciones, que las categorías estéticas son directamente aplicables a las situaciones vitales.

d) También hay una sustitución de la vida por el arte que resulta cómica. Es la estupidez como estética, lo ridículo en tanto que obra de arte. Quien lleva una existencia puramente estética lo que hace es el ridículo. Esta versión del esteticismo no tiene los aires patéticos del esteticismo trágico; quien hace como que vive estéticamente no firma un contrato diabólico que paga con la muerte sino un contrato escénico que apenas le cuesta otra cosa que la risa del público. Formalmente ambos esteticismos coinciden en una existencia fallida, pero el primero resulta más heroico y el segundo más risible.

Este tipo de existencia virtual es el que Woody Allen tematiza en la película Balas sobre Broadway (…). Balas sobre Broadway se dirige contra ese culto ingenuo y esnobístico hacia la cultura que imita el peor esteticismo de fin de siglo y la actitud de Nerón ante el incendio de Roma. Cuando arde la ciudad, no sirve de nada entonar un canto sobre las llamas sino que es preciso llamar a los bomberos. El arte resulta una fuente de experiencia vital cuando no olvida que es, ante todo, una interrupción. Pero la vida admite pocas demoras y no se puede habitar siempre en un devenir interrumpido. El arte puede enseñarnos a ayudar a quien está en peligro o sufre. En el momento del peligro y del dolor lo único relevante es esa disponibilidad; la cultura como tal debe olvidarse. Si no cala en la realidad de la persona, el arte no sirve para nada, es un mero adorno que, en el instante de la tragedia, se convierte en barbarie. (…)

Esquilo quería sobre su tumba un epitafio que recordase sólo su combate contra los persas y no su obra poética. La poesía le había enseñado a luchar valientemente en aquellas filas, pero sabía que el arte había sido para él un punto de partida y que lo decisivo era el punto de llegada, la vida buena.

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