Arte o pornografía, cuestión de edad

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Contrapunto

Londres. La Hayward Gallery, una de las galerías de arte más importantes de Londres, ofrece estos días una amplia muestra retrospectiva del fotógrafo homosexual Robert Mapplethorpe. La exposición estaba pensada para provocar controversia: no hay mejor modo de captar la atención de los medios de comunicación, y del público a través de ellos, que un escándalo sexual. Todo es cuestión de olfato para detectar las obsesiones morales del momento.

En 1990, en Estados Unidos, una exposición itinerante de fotos de Mapplethorpe provocó muchas protestas por sus imágenes de sexualidad sado-masoquista, presentadas como arte. Así etiquetadas, esperaba el establishment artístico, sólo los incultos se atreverían a atacarlas. Pero en Cincinnati, algunos “incultos” llegaron a demandar por obscenidad al director del museo. En Gran Bretaña es otra historia: aquí, el revuelo se ha armado por una sola foto. Esther Rantzen, célebre defensora de los derechos de los telespectadores y portavoz de una organización para la protección de la infancia, calificó de “pornografía infantil” la fotografía de una niña semidesnuda. Tras ella protestaron también en tono airado los portavoces de Action for Children Campaign y National Children’s Bureau, así como de otras asociaciones: nadie podía arriesgarse a que su silencio se interpretara como aprobación. Pero no habrían tenido necesidad de molestarse: la sala de exposiciones ya había decidido retirar la foto.

Sin embargo, esa fotografía probablemente no pretendía ser obscena en absoluto. A menudo, Mapplethorpe trabajaba un género completamente distinto, las fotos de familia o de temas sociales, y sus gustos sexuales se dirigían a los hombres, no a los niños. La intención de otras fotos es clara. Son ciertamente repugnantes -como han reconocido incluso algunos críticos que se dicen liberales-, salvo para los pocos que se permiten tales conductas. No son arte, sino pornografía: están dirigidas a provocar excitación sexual y a la explotación del cuerpo humano, no a su contemplación estética. Las técnicas fotográficas que Mapplethorpe usa en estas imágenes son las propias del pornógrafo; en cambio, sus fotografías de temas sociales son de estilo del todo distinto y muy convencionales.

Esther Rantzen no vio nada que objetar a las fotografías de adultos; tal vez tema atraerse las iras de Outrage, un grupo de presión gay muy conocido, cuyo objetivo es denunciar a los personajes públicos que no defienden de modo bastante entusiasta la causa homosexual. Pero es más probable que los británicos hayan llegado a persuadirse de que a toda costa se ha de mantener a los niños en un mundo ideal, puro -al menos así considerado-, mientras que los “actos consentidos entre adultos” pertenecen a otro mundo, el de la libre elección personal.

El británico post-cristiano vive simultáneamente en dos mundos ideales separados: uno de sentimientos puros e inocentes, para los niños, y otro de hedonismo sin restricciones, para los adultos. Cada mundo tiene sus propias leyes, sancionadas con la rúbrica de “moralidad” para defenderlo de críticas. Los mismos que califican de “inmoral” mostrar a los niños imágenes violentas por televisión, dicen que es “inmoral” negar a un adulto su derecho a practicar el sexo cómo y con quien guste. Así, todos contentos; lo malo es que a veces esos dos mundos chocan. El más enérgico liberal se alza en armas si un pederasta intenta seducir a su hijo, cosa cada vez más frecuente. Se supone que los niños son seres humanos especiales cuya inocencia hay que preservar. Hasta aquí, de acuerdo, salvo que los niños no son seres especiales, sino “simplemente” humanos. Pero cuando esos mismos niños se hacen adultos, parece que la naturaleza humana experimenta un misterioso cambio, como efecto de una convención legal. Así como Outrage presionaba para que se adelantase la edad a la que la ley permite los actos homosexuales, muchos parecen creer que la naturaleza humana se crea por convenio, a la vez, paradójicamente, que por la suprema voluntad del individuo… pero sólo si es mayor de edad.

Esta sociedad post-cristiana se jacta de ser muy abierta y de haber dejado atrás, junto con la Reina Victoria, la costumbre de escandalizarse. En realidad, la única diferencia es que ahora escoge de qué escandalizarse, según la moralidad que esté de moda. Al menos, es coherente con su peculiar sentimentalismo, aunque le dé el nombre de “moralidad”: ahora que un chico de 12 años ha demandado a sus padres, por pegarle, ante la Comisión Europea de Derechos Humanos, ¿podemos extrañarnos de que el debate moral de estos días sea sobre si se debe o no dar cachetes a los niños? Hasta el mismo Mapplethorpe, elevado en su panteón artístico por encima de la moral, debe someterse cuando ofende a los sentimientos británicos.

Ben Kobus

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