Portugal dice “no” al aborto libre

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Análisis

Lisboa. El referéndum del 28 de junio pasado, que llamó a los portugueses a las urnas para decidir sobre la legalización del aborto libre durante las diez primeras semanas del embarazo (ver servicio 95/98), fue el primero en la historia de la democracia en Portugal. El resultado final -68% de abstención y la victoria del “no” por 50,9% contra 49,1% del “sí”- hace pensar.

Todo el procedimiento jurídico-político que llevó a la votación fue anómalo. Y anómalos fueron los porcentajes obtenidos. Prácticamente todos los sondeos fallaron, incluso algunos divulgados a escasos minutos del cierre de las urnas, cosa que nunca sucede en elecciones políticas. Nada fue normal o previsible en este caso, y los analistas siguen proponiendo interpretaciones de todo tipo.

El récord de abstención puede tener dos tipos de explicación. Una es de carácter general: la falta de preparación de los electores para la democracia directa, cualquiera que sea el tema. Otra es específica: este referéndum en concreto representaba una imposición al pueblo portugués de una cuestión que éste no consideraba necesaria y mucho menos prioritaria.

Es cierto que no hubo, por parte de las autoridades, interés por informar e incitar a la participación en algo a lo que la gente no estaba acostumbrada. La pregunta que se sometía a consulta no tenía las acostumbradas “caras” o siglas partidarias que los electores ya conocen y que les sirven en las elecciones normales para definir sus preferencias. Ni siquiera los dos principales partidos políticos -el socialista y el socialdemócrata- asumieron una orientación clara en la materia. Es más: dejaron la campaña en manos de amateurs, con menos medios y know how, pero indudablemente con más entusiasmo y convicción.

También es cierto que mucha gente, confrontada con una pregunta no del todo clara y sometida desde hace tiempo a una avalancha de desinformación, se sintió perpleja e incapaz de votar en conciencia una cuestión de cierta complejidad. En realidad, todos -los de “sí” y los del “no”- se declaraban contra el aborto; el problema estaba tan sólo -decían los partidarios del “sí”- en la penalización de la mujer, en la necesidad de poner fin a un problema social dramático que se llama aborto clandestino.

Sin embargo, todo esto no explica del todo la elevada abstención. En opinión de muchos, el desinterés tan generalizado se debió, sobre todo, a la inoportunidad de la consulta: en este caso, los objetivos políticos de los promotores del aborto libre -una facción del Partido Socialista, secundada por los comunistas- no coincidía en absoluto con los objetivos de los ciudadanos. El pueblo portugués ha querido decir a sus representantes que se dediquen a solucionar problemas reales y que afectan a todos -el paro, las listas de espera en la sanidad pública, la enseñanza…-, y no intenten “usarlo” para sus peleas partidistas.

La victoria del “no”

El “sí” salía como vencedor desde el inicio de la campaña. La opinión transmitida machaconamente por los medios de comunicación parecía haberse convertido en la mentalidad dominante: la despenalización del aborto era algo ineludible, acorde con el pluralismo y la tolerancia, y que llevaría a Portugal a asimilar sus leyes a lo que se hace en el resto de Europa. El “no” al aborto libre se hacía pasar por una postura fundamentalista y retrógrada.

No esperaban los proponentes del aborto libre una oposición a sus objetivos tan fuerte como la que espontánea pero firmemente se formó. Pensaban que su única oponente era la Iglesia católica, entendida en el sentido más institucional. Con sorpresa asistieron a la formación de cuatro grupos de ciudadanos que -tres de ellos, partiendo de cero-, conquistaron con cerca de 120.000 firmas su derecho a participar activamente en la campaña.

Se asistió entonces a un progresivo crecer del “no”, que pasó de un 30% inicial a más del 40% a mitad de la campaña, momento en el que se prohibieron los sondeos de opinión. A la vez, se fue observando un cambio en la estrategia de los defensores del aborto libre: del consabido derecho de la mujer a su cuerpo se pasó a una simple postura de tolerancia con las embarazadas que tienen necesidad de acudir al aborto por razones socioeconómicas, así como a argumentos sentimentales sobre el drama del aborto clandestino.

La argumentación del “no” se basó en un primer momento en demostrar que un feto de diez semanas es un niño al que sólo le falta crecer, y no un pequeño “aglomerado de células”. Se emplearon no sólo palabras sino, sobre todo, folletos y vídeos con imágenes de la evolución del embrión.

Se trabó enseguida la “batalla de los números”. Las exageraciones sobre el fenómeno del aborto clandestino, las falsedades sobre el número de mujeres muertas a consecuencia de abortos no seguros, la insistencia -contra la experiencia en todos los países- en que el aborto disminuía con la legalización… fueron contestadas con estudios serios basados en datos de la OMS.

Desde el punto de vista jurídico, el trabajo consistió en informar sobre la ley ya vigente, que ha despenalizado el aborto en algunos casos (ver servicio 36/97). La táctica de los defensores del “sí” consistió en hacer creer que también en esos casos más dramáticos -malformaciones del feto, peligro para la vida o la salud de la madre, violación- seguía habiendo penalización de la mujer.

En conclusión: la tarea de información surtió algún efecto; la victoria del “no”, aunque no obliga al Parlamento a retirar la ley abortista (un referéndum sólo es vinculante cuando vota más del 50% del censo), tuvo en la práctica el mismo resultado: el Partido Socialista reconoció su falta de legitimidad política para seguir adelante con el proyecto; los comunistas no podrán hacerlo solos y se limitan a dejar el aviso de que volverán a la pelea en cuanto sea posible.

Los grupos ciudadanos que defendieron el “no” asumieron el reto de proponer soluciones verdaderas para los problemas reales, y empiezan ya a ponerse en marcha, aprovechando la movilización de voluntades en pro de la vida sembrada en la campaña del referéndum.

Cristina Líbano Monteiro

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