Michio Kaku (California, 1947) es un prestigioso físico teórico estadounidense de origen japonés especializado en la teoría de cuerdas. Popular escritor y divulgador, frecuente participante en programas de radio y de televisión, defiende la sintonía entre ciencia y religión.
En algunos de sus libros, como La ecuación de Dios (2021), así como en distintas conferencias, Kaku hace un resumen muy completo de aquellos campos del saber que plantean una serie de enigmas que pueden resultar desconcertantes. Pero al conectarlos, como hace él, permiten comprender cómo reconocidos intelectuales y científicos compatibilizan la fe en un Dios con la ciencia y sus métodos.
Para empezar, tenemos un universo finamente ajustado con una precisión extraordinaria; unas leyes matemáticas que describen la realidad con una exactitud casi increíble; la mecánica cuántica nos dice que la naturaleza última de la realidad es mucho más extraña de lo que nuestra experiencia cotidiana sugiere, y que depende del observador; el origen del universo no puede ser justificado completamente por la física, y el de las leyes de la física jamás podrá ser explicado por sus propios presupuestos. Por otro lado, está el multiverso, una hipótesis imposible de comprobar que requiere más fe que admitir la alternativa que pretende reemplazar, el Big Bang. Y finalmente la conciencia, que sigue siendo un completo misterio a pesar de décadas de investigación en neurociencia con logros que se limitan a relacionar algunos estados mentales con zonas del cerebro o patrones de actividad neuronal.
Cada uno de esos enigmas, por sí solo, es fascinante. Pero al unirlos, forman un patrón. Y ese patrón, según Kaku, es lo que atrae a las personas inteligentes hacia la idea de un orden más profundo detrás del universo. En sus investigaciones sobre la teoría de cuerdas, ha dedicado décadas a buscar un marco único que unifique todas las fuerzas de la naturaleza, intentando emular el trabajo inacabado de Albert Einstein, al que Kaku admira profundamente y dedicó una de sus obras más famosas, El universo de Einstein (2004). La teoría de cuerdas sugiere que las partículas conocidas –electrones, quarks, fotones– son todas diminutas vibraciones de cuerdas de energía infinitesimales. Y las diferentes vibraciones producen distintas partículas, al igual que las variadas vibraciones de una cuerda de violín producen diferentes notas musicales.
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En esta imagen, el universo entero es una especie de sinfonía cósmica y las leyes de la física son las armonías de esas cuerdas que vibran en un espacio de dimensiones superiores. Al contemplar esa imagen, Kaku siente una profunda admiración, porque el universo no es una colección aleatoria de partículas rebotando en el vacío: es una estructura profundamente interconectada, matemáticamente precisa y extraordinariamente elegante. Y concluye que cuanto más lo estudia, más siente que la palabra accidente no le hace justicia.
La mente de Dios
Kaku usa la frase “la mente de Dios” en sus libros y conferencias. Con eso no se refiere, explica, a un ser que se sienta en las nubes y juzga el comportamiento humano, sino al orden matemático subyacente que rige toda la realidad. Cuando Einstein habló de querer saber cómo Dios creó el universo, se refería a comprender las leyes más profundas de la naturaleza. Cuando Stephen Hawking preguntó qué significaría conocer la mente de Dios, se refería a lo que implicaría tener una teoría completa del todo. La frase es una metáfora del nivel más profundo de verdad que la física puede alcanzar.
La idea de que hay que optar entre ser un científico serio y estar abierto a la trascendencia no refleja las opiniones de muchas de las mentes más brillantes
Pero incluso como metáfora, apunta a algo real. El universo tiene una cualidad mental. Es racional, ordenado, comprensible y finamente ajustado, desafiando así una explicación sencilla. Lo cual se puede interpretar como evidencia de una mente detrás del cosmos o como una característica asombrosa de la naturaleza que aún no comprendemos; pero el hecho es que el universo es mucho más estructurado y mucho más misterioso de lo que sugiere la simple visión materialista.
Por todo esto, muchas personas inteligentes creen en Dios, porque han examinado detenidamente las pruebas: han estudiado el ajuste fino de las constantes físicas; han lidiado con la asombrosa eficacia de las matemáticas; han enfrentado el problema de la medición en la mecánica cuántica; se han planteado los límites de lo que la ciencia puede explicar sobre el origen del universo, el de las leyes físicas y la naturaleza de la conciencia. Y así han llegado a la conclusión honrada y franca de que el universo no es algo aleatorio.
Para Kaku, esto no significa que la ciencia y la religión sean lo mismo. La ciencia es un método para comprender el mundo natural mediante la observación, la experimentación y el razonamiento matemático. Para él, la religión ofrece un marco para comprender el significado, el propósito y el interior de la experiencia humana. Operan en ámbitos diferentes, pero no son enemigas. Y la idea de que hay que elegir entre ser un científico serio y estar abierto a la posibilidad de un orden superior es una falsa oposición que no refleja las opiniones reales de muchas de las mentes más brillantes de la historia. Newton creía en Dios. También Faraday, Maxwell, Planck y Heisenberg. Einstein tenía un profundo sentido de la religión cósmica, como él la llamaba. Eran personas que siguieron la razón hasta sus límites y descubrieron que estos apuntaban hacia algo más grande que ellos mismos.
Un misterio que no se agota
Kaku concluye que el universo aún no ha terminado de sorprendernos. Cada década trae nuevos descubrimientos que profundizan el misterio en lugar de resolverlo. Por ejemplo, de la energía oscura sabemos que está acelerando la expansión del espacio y que mantiene unidas a las galaxias, pero no entendemos qué es exactamente y todavía no se ha detectado directamente una sola de sus partículas. El entrelazamiento cuántico conecta partículas a través de vastas distancias de maneras que el propio Einstein calificó de escalofriantes. El Big Bang creó un conjunto de uniformidad casi perfecta cuyo origen no comprendemos del todo.
Las leyes de la física mismas permanecen sin explicación de su origen, en la base de todo, como un conjunto de reglas que nadie escribió. Tal como propone Kaku, lo más honrado que un científico puede decir sobre la naturaleza última de la realidad es que aún no la conocemos y aceptar la necesidad de convivir con esa incertidumbre, a la vez que seguir la evidencia adondequiera que nos lleve y permanecer abiertos a posibilidades que las teorías actuales no pueden abarcar, lo que no es una debilidad de la mente científica: es su mayor fortaleza. El universo es un rompecabezas, un hermoso, intrincado y asombroso rompecabezas. Y cuanto más se profundiza, más piezas se encuentran que no encajan con la sencilla imagen del principio. Los números son demasiado precisos y las matemáticas demasiado efectivas. El mundo cuántico es demasiado extraño, el origen del universo es demasiado misterioso, la conciencia es demasiado real y las leyes, demasiado elegantes. Algo pasa aquí. Y las personas más inteligentes del planeta lo saben.