Los protagonistas olvidados de la reproducción asistida

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Dos testimonios recientes dan que pensar sobre la reproducción asistida desde unas perspectivas poco frecuentes. En el primero, una joven de San Francisco nacida de un donante anónimo de esperma denuncia que la sociedad trata a los concebidos por donación de gametos como seres humanos de segunda clase, al negarles el derecho a conocer sus orígenes. En el segundo, dos mujeres que no lograron concebir tras someterse a muchos intentos explican la obsesión que crean estos tratamientos.

Alana S. Newman, de 26 años, es la fundadora del Anonymous Us Project, un foro donde las personas concebidas por donación de gametos pueden contar sus historias. Su objetivo es hacer visibles sus necesidades emocionales y mostrar a la gente que no todos los hijos nacidos así están tan bien como les gustaría a muchos adultos (cfr. Aceprensa, 3-02-2011).

“Hemos creado una clase de personas que son fabricadas y tratadas como poco menos que humanos, exigiéndoles además gratitud con independencia de las condiciones de vida que les ofrezcamos. Mientras que a los padres de los concebidos biológicamente se les obliga a pagar los gastos básicos de su cuidado, los concebidos comercialmente reciben una reprimenda cuando se les ocurre pedir explicaciones por el vacío anónimo que sus padres biológicos dejaron tan ‘amorosamente’”, escribe en Public Discourse.

Da la impresión –apunta Newman– de que la sociedad solo está dispuesta a preocuparse por la suerte de los concebidos por donación si observa que en sus hogares hay más probabilidades de desarrollar conductas antisociales que en otros. Pero ese no es el punto central del debate. Lo decisivo es tratar de comprender por qué la sociedad hace la vista gorda con el hecho de que a los concebidos de forma anónima se les despoje tranquilamente de ciertos derechos humanos.

“Una vez dentro del surrealista mundo de la reproducción asistida, sigues intentándolo hasta que tu cuenta corriente, tu seguro médico o tu salud explotan”

El precio del niño
En las sociedades modernas es ilegal comprar y vender seres humanos, pero este principio salta por los aires cuando se trata de concebir a alguien de forma artificial. Newman recuerda la indignación que causó hace unos meses el caso de una mujer de Oklahoma que intentó vender por Facebook a sus dos hijos pequeños para sacar de la cárcel a su novio con lo que ganara. “Un economista sin escrúpulos podría preguntarse: ¿cuál es el problema? El comprador quería a los niños, y la madre no. ¿No es este un sistema eficiente para criar niños?”.

A raíz de este caso, comenta: “A la mayoría de nosotros nos duele ser testigos de cómo unos niños son educados de forma incompetente, o incluso maltratados por sus padres biológicos. Pero no permitimos que el mercado regule la oferta y la demanda en estos casos, porque pensamos que es injusto poner precio a un niño. ¿Entonces por qué dejamos que el mercado decida el futuro de unos niños, solo porque sus padres se quitan la responsabilidad a través de la donación de su esperma o sus óvulos?”.

En San Diego (California) también causó indignación el caso de una popular abogada que fue condenada hace un año por traficar con bebés. Aclamada antes como una benefactora de la sociedad, la mujer cayó en desgracia cuando sobrepasó la delgada línea roja de lo permitido: la ley de California permite la subrogación si los futuros padres cierran el acuerdo antes de la concepción, pero prohíbe el mismo procedimiento si se busca a los padres durante el embarazo de la madre de alquiler. Para el legislador de California, en un caso hay tráfico de seres humanos, y en otro, no. Pero ¿cuál es la diferencia para el bebé?

“El problema con la reproducción que implica a un tercero donante es que corrompe la relación entre padres e hijos”

Concebidos sin derecho a quejarse
¿Y qué pasa con las parejas infértiles? ¿Qué problema hay con ayudarlas a construir una familia? Ninguno, si las técnicas que se emplean buscan precisamente eso: remover los obstáculos que impiden la fertilidad natural. “El problema con la reproducción que implica a un tercero donante es que corrompe y pervierte la relación padres-hijos. El niño es un activo que se puede vender y comprar, y no el preciado miembro de una familia que merece intimidad, protección y acogida. Entra en el mundo como una herramienta para la satisfacción personal” de otros.

El concebido por donación “ha sido fabricado como un producto para complacer a los adultos, una cosa pensada para ser útil y consumida por otros. No tiene un padre ni una madre como los demás. Solamente tiene donantes y “futuros padres”. Si protesta por esta diferencia, la gente le preguntará con tono amenazante: ¿es que preferirías no existir? Y le asusta imaginar qué le ocurriría si respondiera afirmativamente”.

Una industria que explota expectativas
La idea de que el objetivo de la industria de la reproducción asistida es ayudar a crear familias es una fantasía que Miriam Zoll y Pamela Tsigdinos desmienten en The New York Times. Ambas se sometieron sin éxito a tratamientos de fecundación artificial hasta que decidieron aceptar su limitación. Todo lo contrario de lo que propugna esta industria: ¡No te rindas!, porque el poder para superar la infertilidad está dentro de ti…

“Los concebidos comercialmente reciben una reprimenda cuando se les ocurre pedir explicaciones por el vacío que dejaron sus padres biológicos”

Las autoras recuerdan un dato de la Sociedad Europea de Reproducción Humana y Embriología: de los 1,5 millones de ciclos de técnicas de reproducción asistida que se registran al año en todo el mundo, solo 350.000 resultan en un nacimiento (tasa de fracaso de 77%). En Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades sitúan la tasa de fracaso en casi el 70%.

Pese a la bajísima tasa de éxito, la industria de la reproducción asistida (que se embolsa un beneficio de 4.000 millones de dólares al año) no tiene reparos en explotar las esperanzas de la gente. En este mercado, los “consumidores” son especialmente vulnerables: “Una vez dentro del surrealista mundo de la reproducción asistida, no hay una salida clara; sigues intentándolo hasta que tu cuenta corriente, tu seguro médico o tu salud explotan”.

Enganchadas a la reproducción asistida
“No es extraño que, exacerbadas por el pensamiento mágico, la glorificación de la paternidad y un ambiente cultural que apoya ciegamente la reproducción asistida, muchas de las que nos sometemos a estos tratamientos terminemos convertidas en ‘adictas de la fertilidad’. Incluso entre la comunidad de las usuarias, predomina la creencia de que quienes abandonan los tratamientos sin un bebé no son lo suficientemente fuertes como para aceptar el reto de la concepción artificial. Quienes se marchan son, en una palabra, débiles”.

Para ayudar a las mujeres que no pueden tener hijos, Zoll y Tsigdinos han escrito unas memorias duras en las que cuentan su experiencia: “Poner fin a nuestros tratamientos fue una de las decisiones más valientes que hemos tomado. Lo hicimos para conservar lo poco que quedaba de nuestra magullada personalidad, de nuestras crispadas relaciones y de nuestras escuálidas cuentas bancarias”.

“Claro que algunas parejas consiguen tener hijos a través de esta técnica. Pero casi nunca escuchamos a las del otro lado: aquellas que, por no rendirse, soportaron ciclos adictivos y traumáticos que los fueron debilitando. Quienes están pensando en someterse a esos tratamientos tienen derecho a conocer los riesgos para la salud, las objeciones éticas, los matrimonios rotos y, para muchos, la honda depresión asociada a los tratamientos fallidos”.

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