Los profesores de ciencias opinan sobre la religión en las aulas

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La socióloga Elaine Howard Ecklund sostiene que la ciencia objetiva no está reñida con las consideraciones éticas ni religiosas en las aulas. Al revés, los alumnos se enriquecen y adquieren una visión más amplia cuando éstas están presentes.

Hace cinco años, Ecklund, profesora de sociología en la Rice University (Texas), decidió tomar el pulso a las relaciones entre ciencia y religión en las aulas universitarias. Los resultados de su investigación se acaban de publicar ahora bajo el título Science vs. Religion. What Scientist Really Think (Oxford University Press, 2010).

A partir de una encuesta realizada a 1.700 profesores y completada con 275 entrevistas en profundidad, comprobó que casi la mitad de los encuestados se identifican con una confesión religiosa; y casi 1 de cada 5 participa en oficios religiosos al menos una vez al mes. Incluso entre los que no se consideran creyentes, muchos se declaran “espirituales”.

Sin embargo, muchos prescinden de cualquier referencia a la religión en las aulas porque creen que así transmitirán una ciencia más objetiva. En consecuencia, dice Ecklund, “los estudiantes de hoy no están aprendiendo a conectar los hechos de las ciencias con sus implicaciones morales”.

A juicio de Ecklund, parte de este problema se debe a que muchos científicos (casi un 40% de los encuestados) tienen “una visión de la Universidad que no permite desempeñar ningún papel positivo a los creyentes ni a las ideas religiosas”.

Dado que esos científicos conciben la religión como una amenaza para la ciencia, no es extraño que hagan lo posible por marginarla. Según este planteamiento, los puntos de vista religiosos no tendrían cabida en una asignatura de ciencias; como mucho, se les podría hacer un hueco en alguna materia aislada.

Ecklund también ha encontrado un grupo de científicos naturales y sociales (el 20% de los encuestados) que son partidarios de buscar ámbitos de colaboración entre la ciencia y la religión.

Una de las sociólogas entrevistadas por Ecklund sostiene que los estudiantes deben aprender “a hacerse cargo del modo en que sus creencias y sus valores mueven a los demás, así como a ellos mismos y a sus investigaciones”.

Otros reconocen que comenzaron a beneficiarse de las explicaciones que ofrece la religión “cuando decidieron abandonar el cientificismo, un dogmatismo que les llevó -explícita o implícitamente- a creer que la ciencia es la única forma válida de conocimiento”.

Al igual que este grupo de profesores, Ecklund cree que lo mejor para los alumnos es “fomentar las discusiones racionales para saber en qué ámbitos deberían interactuar (y en cuáles no) la ciencia y la religión”.

Ecklund pone como ejemplo de colaboración los centros de investigación interdisciplinar al estilo del Center for the Study of Religion de la Universidad de Princeton, el Center for Religion and Civic Culture de la Universidad de Carolina del Sur o el Center for the Study of Science and Religion de la Universidad de Columbia. Todos ellos proporcionan -dice- la visión más amplia que la ciencia requiere.

“Para formar a jóvenes científicos capaces de intervenir en los debates más polémicos que hoy afronta la ciencia, la religión no puede seguir completamente aislada de la investigación científica. Al revés, los profesores de ciencias deben empezar a enseñar a sus alumnos en qué ámbitos la religión puede tener una legítima influencia y contribuir a su trabajo”.

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