La última vez que fumé marihuana

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Duración lectura: 2m. 50s.

Como sucede de vez en cuando en muchos países, en Gran Bretaña se ha propuesto legalizar las drogas “blandas”. Mary Kenny comenta en The Sunday Telegraph (Londres, 12-XI-1995):

El reciente debate acerca de la legalización del cannabis me ha recordado la última vez que lié un porro. Fue hace más de veinte años, y me consideraba muy elegante fabricando mi cigarrillo de marihuana. Estaba en una pequeña fiesta con unos amigos y esperaba impresionarles con mi desprecio de la ley burguesa, que era “totalmente represiva e hipócrita”. Supongo que lo logré con algunos, pero el hombre al que yo más quería impresionar se mostró desdeñoso. No sólo rehusó compartir el canuto de la paz, sino que añadió: “Los drogadictos me dan pena”.

(…) Me explicó su desaprobación en términos típicamente izquierdistas. El objetivo de un movimiento que representa a los trabajadores y a los pobres, dijo, es mejorar las condiciones de vida de los pobres, no arrastrarles a la decadencia y el desempleo. El cannabis perjudica al cerebro y te hace estar menos motivado para trabajar, para educarte, para meterte en política. Las drogas degradan; mostrarse indulgente con ellas es dar mal ejemplo.

Me reí de aquel sermón y lié otro porro. Pero por dentro estaba consternada. Nunca volví a fumar porros. Y el recuerdo de esa desaprobación se me quedó más grabado que el de cualquier otro suceso de esa noche.

Si se debe o no legalizar el cannabis, no lo sé con certeza. (…) Pero quizá la ley no es la única forma de abordar este asunto. Cuando discutimos sobre lo bueno y lo malo, a veces nos centramos demasiado en la ley. A veces nos escondemos detrás de ella para disimular nuestra cobardía moral y nuestra falta de fortaleza. (…) Si condenamos el consumo de drogas, ¿por qué no nos oponemos a ellas manifestando nuestra reprobación?

Consumir droga es una actividad estúpida y autodestructiva, que daña nuestra inteligencia y quita la alegría y el sentido a la vida. Conozco a jóvenes que se drogan: se han vuelto apáticos y faltos de carácter. Lo que más me preocupa no es el posible daño a su salud, sino su falta de motivación y de moral para trabajar.

(…) Es verdad que habría que ayudar a las clases sociales deprimidas a mejorar, a educarse, a desarrollar hábitos de trabajo, estima y respeto por sí mismo. Así fue precisamente como los metodistas contribuyeron tanto a mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadoras en el siglo XIX: con enérgicas campañas contra la bebida y los narcóticos que degradaban al proletariado. Lo importante en este caso no es la letra de la ley, sino si aprobamos y favorecemos una conducta.

Hoy día estamos tan obsesionados con no hacer juicios de valor, con no interferir en las decisiones o estilos de vida personales, que muchas veces no nos atrevemos a mostrar nuestra desaprobación. Aunque hubiera alguna razón teórica para dejar caer en desuso la prohibición de las drogas blandas, si usted cree que la droga arruina la vida de los jóvenes, entonces manifieste su desaprobación.

No fue la ley lo que me apartó de la droga: fue no poder soportar ser despreciada.

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