La crisis y la fatiga hacen mella en la lucha contra el SIDA

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Ante la imposibilidad de aumentar las donaciones al Tercer Mundo para la lucha contra el SIDA y la constatación de que ninguna medida ha conseguido controlar la epidemia, se abre paso la idea de que solo cabe mejorar la responsabilidad en la prevención. Desde Kampala (Uganda), Donald G. McNeil Jr. explica la situación en International Herald Tribune (11-05-10).

Ante la decepción causada por los últimos resultados en la lucha contra el SIDA -pese al dinero invertido- los donantes comienzan a plantearse batallas directamente relacionadas con otras enfermedades que les permitan salvar más vidas con un coste menor.

El mayor ejemplo de esta reorientación estratégica lo presentó el propio presidente de Estados Unidos, Barack Obama. En su Plan de Salud Global, la Administración americana contempló un incremento del presupuesto para la lucha contra el SIDA de tan sólo un 2%, a la vez que destinaba más fondos a la lucha contra otras enfermedades como la neumonía o la diarrea y otras más directamente relacionadas con la salud de las madres y los niños (cfr. Aceprensa, 11-12-2009). A esta nueva orientación del Gobierno americano se han sumado recientemente el Gobierno británico y la Fundación de Bill y Melinda Gates.

Lejos parece quedar la década pasada a la que algunos médicos llegaron a denominar la “golden window” para el tratamiento médico del SIDA. Las medicinas que hasta entonces costaban 12.000 dólares se podían adquirir por menos de 100, precio que el mundo estaba dispuesto a pagar. Pero esta “ventana” se está cerrando por motivos presupuestarios.

Uganda fue el primer país en el que se empezó a rechazar gente en los hospitales por falta de medios, pero no ha sido el último. En Kenia, las subvenciones para 200.000 tratamientos expirarán pronto, y un programa americano en Mozambique ha tenido que cancelar la apertura de clínicas.

Según Michael Sidibe, director ejecutivo de ONSIDA, “los donantes aportan cerca de 10.000 millones de dólares al año, mientras que controlar la epidemia supondría -estima- un coste de 27.000 millones anuales”.

Sensación de fracaso

Pero a la disminución de los recursos se suma la sensación de fracaso e impotencia al comprobar cómo por cada 100 personas a las que se proporciona el tratamiento hay 250 nuevos infectados, según ONUSIDA.

“Los vientos políticos han cambiado”, afirma Sharonann Lynch, autora de un informe de Médicos sin Fronteras, “Y no creo que se deba a la crisis. Creo que los líderes sienten que no han acertado y están cansados”.

La ciencia no ha conseguido dar con la solución mágica -ni cura, ni vacuna, ni una amplia aceptación del condón femenino-. Ninguna propuesta para controlar la epidemia con los medios actuales ha sido efectiva. El método ABC (abstinencia, fidelidad y uso de preservativos) no es seguido por suficiente gente ni siquiera en Uganda, país en el que se implantó de manera pionera y gracias al cual se logró reducir la tasa de infección hasta el 4% (Aceprensa, 01-03-2010).

Este país africano es ahora un ejemplo gráfico de la desproporción entre coste y resultados. En Uganda acceden al tratamiento del SIDA 200.000 personas del medio millón que lo necesitan y al que cada año se suman 110.000 infectados más. “No puedes secar el suelo si el grifo sigue abierto” declara al Internacional Herald Tribune, el Dr. Kihumuro Apuuli, Director General de la Comisión para el SIDA de Uganda.

Una mayor posibilidad de acceder al tratamiento con antirretrovirales causó el fenómeno de “compensación de riesgos”. La gente dejó de preocuparse por las medidas de prevención y eso ha hecho que en los últimos años el número de afectados por el SIDA sea cada vez mayor.

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