Eutanasia: licencia para matar

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Walter Reich, psiquiatra, sostiene que aceptar la eutanasia supone desvirtuar la misión del médico (International Herald Tribune, 2-III-93).

En Holanda, una de las naciones más humanitarias de la tierra, el Parlamento ha dado a los médicos, que ejercen una de las profesiones más humanitarias de la tierra, autorización para matar a sus pacientes.

Los médicos tendrán que someterse a unas reglas. Es preciso que el paciente pida la muerte, que no se encuentre en estado de depresión cuando la pida, que esté bien informado sobre su enfermedad y las posibilidades de curación y que los sufrimientos le resulten insoportables. El médico debe consultar con un colega antes de dar muerte al paciente, y después informar a las autoridades de las razones por las que lo ha hecho.

En 1990, la eutanasia fue la causa de una de cada cincuenta muertes ocurridas en Holanda. Entonces crecía el número de médicos dispuestos a realizar la eutanasia, y las autoridades no hacían cumplir las leyes vigentes contra esta práctica. A partir de ahora, los casos de eutanasia pueden experimentar un aumento vertiginoso.

No hace falta ser creyente para deplorar la nueva ley. Basta ser humano y estar vivo. Basta darse cuenta de que un paciente, por muy enfermo que esté, es siempre un ser humano vivo, y de que matar a un paciente, diga la ley lo que diga o cualesquiera que sean las circunstancias, es siempre matar.

Todos los días, unos matan a otros sin el amparo de la ley. Los soldados matan a otros soldados legalmente. Pero la sociedad puede sufrir esas muertes sin dejar de ser esencialmente civilizada. En cambio, cuando una sociedad legaliza el homicidio de sus propios miembros inocentes, quita un obstáculo que impide el demasiado fácil deslizamiento hacia el caos moral.

¿Está Holanda a punto de deslizarse, como la Alemania nazi, al infierno de Auschwitz? Difícilmente. Los miembros de los Estados Generales que votaron a favor de la ley de eutanasia lo hicieron movidos por un fuerte sentimiento de compasión hacia los pacientes.

Precisamente porque Holanda tiene una historia tan ejemplar de civilidad, y sus parlamentarios una adhesión tan inequívoca a la democracia, este hecho resulta especialmente inquietante. Ofrece un ejemplo de cómo una nación democrática puede levantar el veto al homicidio de inocentes. Las condiciones impuestas parecen estrictas, pero inevitablemente serán relajadas en la práctica.

El espectáculo del homicidio formalizado y regular de tales pacientes -que se traducirá no en una muerte entre cincuenta, sino cinco, diez, veinte o incluso más- tendrá un efecto deletéreo sobre el valor de la vida, no sólo en Holanda, sino también en los demás países democráticos.

Pero donde mayor repercusión tendrá este espectáculo será en los países no democráticos, donde gobiernos menos humanitarios que los parlamentarios holandeses podrían acogerse al ejemplo holandés como a un modelo útil sin preocuparse de imponer condiciones para que los médicos maten. Podrían incluso establecer reglas que permitiesen, alentasen o exigiesen homicidios de toda clase, comenzando con la muerte de quienes la pidieran y prosiguiendo con la de quienes fueran considerados merecedores de morir.

Los médicos de Holanda, como los de todas partes, están comprometidos por milenios de solemnes juramentos a preservar la vida. Sus pacientes confían en que cumplirán su compromiso. Sin duda, es un compromiso que puede sobrepasar los límites de lo razonable. A veces, los médicos preservan la vida artificialmente y sin objeto, cuando, gracias sólo a unas máquinas, mantienen los latidos del corazón mucho después de que haya muerto el cerebro.

Pero excederse, si se hace por el genuino deseo de preservar la vida cuando no queda más que una mínima posibilidad de recuperación, es un acto esencialmente noble. Incluso si es excesivo, al menos conserva los valores centrales clásicos de la Medicina.

Una vez que, en virtud de una ley, se debilita el compromiso médico de respetar la vida; una vez que los médicos, formados para preservar la vida, ya no temen provocar la muerte, entonces la naturaleza misma de la Medicina y la identidad misma del médico sufren una profunda transformación. El médico abdica de su misión de cuidar la vida y adopta el papel de un técnico amoral: alguien cuyo cometido podría ser tanto poner fin a una vida como salvarla.

Esa es una profesión en la que no quiero tener parte alguna. La sociedad merece más. Los médicos merecen más. Sobre todo, los pacientes merecen más.

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