Es posible vencer al narcotráfico

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Duración lectura: 4m. 10s.

El italiano Pino Arlacchi, de 49 años, fue hasta 1995 vicepresidente de la Comisión Parlamentaria Anti-Mafia en su país. Desde 1997 es director general de la Oficina de la ONU para el Control de Drogas y la Prevención del Crimen, con sede en Viena. Este experto en la lucha contra la delincuencia organizada explica en una reciente entrevista (El País Semanal, Madrid, 2 julio 2000) que se puede vencer al narcotráfico y acabar con los cultivos que surten el mercado de drogas.

Arlacchi expresa su convicción de que el Estado democrático, usando su fuerza dentro de la ley, es capaz de derrotar al crimen organizado, sea la mafia o el narcotráfico. Pero ¿cómo erradicar las plantaciones de droga en Colombia, Afganistán, Laos…?

Arlacchi precisa en primer lugar que los cultivos no están tan extendidos como la gente cree. “En Afganistán, la facturación anual del mercado de la droga no asciende más que a 200 millones de dólares. En su origen, la droga es un pequeño arroyo; cuando llega aquí, es un océano. Pero en origen, 200 millones de dólares son 10 kilómetros de autopista en un país desarrollado. Es lo que cuesta un tratamiento de desintoxicación en una ciudad de las dimensiones de Viena. Si yo estuviera convencido de que el enemigo tiene la dimensión que todo el mundo cree, nunca me atrevería a decir que podemos vencer”. Pero, añade, ni la mafia ni el narcotráfico son tan grandes y poderosos. “Toda la producción de droga en Afganistán sale de 91.000 hectáreas; eso es todo: del 2% de la tierra cultivable. No es un tercio de Afganistán”.

La verdadera fuerza de los narcotraficantes es la capacidad de corrupción e intimidación. “El problema de la droga es que, después de obtenerla en Afganistán, Colombia o Birmania, viaja a los países occidentales. Cada vez que atraviesa un país occidental, su valor aumenta hasta convertirse en un negocio de miles de millones de dólares. Un kilo de opio en Afganistán cuesta 40 ó 50 dólares. Hacen falta 10 kilos de opio para fabricar un kilo de heroína. Por tanto, en Afganistán, un kilo de heroína cuesta 400 ó 500 dólares. En una ciudad europea cualquiera, un kilo de heroína al por mayor cuesta alrededor de 150.000 dólares. Y esa diferencia es el beneficio del crimen organizado”.

El campesino, por tanto, gana muy poco con el cultivo de droga. Por eso es posible eliminar las plantaciones, lo que costaría unos 500 millones de dólares anuales durante 5 a 10 años. Arlacchi recuerda que cuando expuso sus cálculos al presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, este se quedó atónito: pensaba que tendría que costar mucho más. “Él también creía -explica Arlacchi- que la cuarta parte de Colombia estaba dedicada al cultivo de coca”.

Ese dinero es el precio no de la simple sustitución de cultivos, sino de todo un plan de desarrollo. “Es preciso construir un sistema de vida superior -carreteras, escuelas, hospitales, canales de riego- para que el campesino comprenda que la vida del productor de bienes legales le da seguridad para él y su familia; que una producción ilegal e incierta tal vez le da beneficios cuando el mercado está muy alto, pero ¿qué hace con esos beneficios? Mi discurso es sencillo: si, en un año de cultivar hoja de coca, esta aumenta su precio, vosotros podéis ganar más que recogiendo plátanos. Pero una vez que habéis ganado 1.000 dólares en vez de 300 ó 400, ¿qué hacéis con ellos? Si tenéis dolor de estómago o de cabeza, os morís porque no tenéis hospital, ni carreteras para ir al hospital más cercano. Tu gobierno no construye carreteras porque estás en manos de los narcotraficantes. ¿Prefieres una situación así? Si ganas 1.000 dólares, tus hijos, en vez de ir a la escuela y construirse su futuro, se gastarán el dinero en una moto o en burdeles, porque son las únicas cosas que llegan a esas zonas”.

La estrategia de fomentar el desarrollo para que los campesinos se ganen la vida legalmente da resultados, asegura Arlacchi. “Cada vez que hemos invertido una masa crítica de dinero, y la hemos invertido bien, hemos logrado un gran éxito. Nuestros programas funcionan en todo el mundo. Hemos eliminado la producción de droga en un país de la dimensión de Pakistán [mediante un programa que costó 175 millones de dólares]. Antes de Afganistán, Pakistán era el principal productor mundial”. También se ha logrado eliminar los cultivos en Tailandia, Líbano y Turquía, añade Arlacchi. “Todo esto quiere decir que hace 20 ó 30 años había razones para ser pesimistas. Hoy, no. Estoy seguro de que los cultivos ilegales habrán dejado de existir dentro de diez años”.