El precio del conservacionismo absolutista

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No se puede pretender proteger la salud pública o conservar el medio ambiente a toda costa: hay que comparar las costas con los beneficios, dice George F. Will, comentarista del Washington Post, en este periódico (15 abril 2001).

“¿Habría que fabricar automóviles tan seguros como fuera posible? -pregunta Will-. La mayoría diría, conscientemente: ‘Sin duda’. Pero la respuesta indiscutiblemente correcta es: ‘Sin duda que no'”. No sería razonable sacrificar todo a la seguridad, explica el comentarista. Un automóvil que tuviera la máxima seguridad posible no pasaría de 25 Km/h, sería muy pesado y gastaría mucho combustible por kilómetro.

Para proteger la salud pública o el medio ambiente no hay que buscar la máxima seguridad posible, sino el mejor equilibro posible entre costos y beneficios. Por ejemplo, el presidente Bush ha anulado una orden de su predecesor Clinton que rebajaba el máximo nivel admisible de arsénico en el agua potable, de 50 a 10 partes por mil millones.

Los críticos sostienen que el agua debería ser lo más segura posible. Habría que preguntarles si tienen certeza de que los beneficios para la salud que traería tal reducción son mayores que el dinero que costaría. Al Estado de Nuevo México, bajar el nivel de arsénico en el agua le saldría por 400 millones de dólares: ¿es mejor que Nuevo México use tal suma de ese modo, en vez de gastarla en escuelas u hospitales? Will lo duda: “A menudo, cuando las exigencias ecológicas se hacen más estrictas, los beneficios sanitarios crecen de modo mínimo y los costes aumentan exponencialmente”.

Para ilustrar que no es sensato el conservacionismo a ultranza, Will recurre a una anécdota tomada de una novela reciente (Russell Roberts, The Invisible Heart: An Economic Romance, MIT Press). Un profesor de Economía plantea a sus alumnos la siguiente cuestión. Las reservas conocidas de petróleo en todo el mundo ascienden a 531.000 millones de barriles; el mundo consume 16.500 millones de barriles al año; ¿cuándo se acabará el petróleo? Respuesta: nunca.

El profesor lo explica con un ejemplo. Supongamos que te encantan los pistachos, y te regalan gran cantidad de ellos que llenan una habitación hasta una altura de un metro y medio. Puedes comer todos los que quieras, pero a condición de que sea en el propio cuarto y dejes las cáscaras allí mismo. ¿Cuándo te habrás comido todos los pistachos? Nunca. Cada vez será más difícil encontrar pistachos en medio de las cáscaras. Llegará un momento en que el costo -en tiempo y esfuerzo- resulte excesivo, y entonces preferirás ir a una tienda a comprar pistachos.

El petróleo está en el mismo caso: nunca extraeremos hasta el último barril del último yacimiento. “Antes de obtener petróleo de los yacimientos más costosos de explotar, recurriremos a fuentes de energía más baratas. Mientras tanto, ¿no es razonable extraer el petróleo más accesible?”… incluido el de la Reserva Natural del Ártico (Alaska), como quiere Bush.

Will pide a los ecologistas que calculen si el costo de explotar los yacimientos de la Reserva (lo que afectaría al 0,01% de la superficie protegida, en un lugar donde ya hay carreteras, pistas de aterrizaje, edificios…) de verdad sobrepasa al costo de no explotarlos (energía más cara, mayor dependencia de importaciones…). En estas cuestiones, concluye Will, “el debate político empieza a parecerse a una pueril tira cómica en que los buenos (por ejemplo, los ecologistas) luchan con los malos (por ejemplo, los ‘contaminadores’). Es una consecuencia de despreciar alegremente los costos del exhibicionismo moral”.

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