El peligro de corromper la ética médica

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Se mantiene la ilusión de que un acto de eutanasia pudiera complementar un enfoque de cuidados paliativos y enriquecer la visión humanista sobre el fin de la vida. Pero no hay necesidad de recordar que si los valedores de la eutanasia pretenden inscribir su acción en el programa de los cuidados paliativos, jamás se ha oído a quienes prestan estos cuidados reclamar valores comunes con los partidarios de la eutanasia. El acto de la eutanasia parece estar en completa contradicción con la conducta propia de los cuidados paliativos en multitud de puntos fundamentales.

En casos de petición de la muerte, levantar la prohibición de matar suscita numerosos temores. La prohibición de matar tiene en efecto una función estructural en el razonamiento moral que ha recordado la Sra. Rameix: “Lo prohibido es la fuente fundamental de la imaginación y de la creatividad morales. Cuando desaparece, no se da más el empeño, por parte de las personas de buena voluntad moral, para encontrar las mejores soluciones, las más humanas, las más ajustadas, las más finas, las más benevolentes, a propósito de los problemas con que nos topamos (…) en el trabajo de imaginar estas soluciones es donde se construye la conciencia moral”.

Se dañaría la confianza del paciente

En tanto que trasgresión de algo prohibido, la legalización de la eutanasia estará en contradicción con la ética de la profesión médica. ¿Cómo conciliar una práctica de este tipo con el juramento hipocrático, que impone a los médicos la obligación de “proteger a las personas si están débiles, vulnerables o amenazadas en su integridad o en su dignidad”, y de “no provocar deliberadamente la muerte”?

Tres amenazas pesarían sobre el cuerpo médico:

La simplicidad de la solución de la eutanasia relevaría al médico de su responsabilidad de hacer todo lo posible para procurar al paciente el mejor tratamiento.

Sería asimismo de temer un debilitamiento de las exigencias morales de los médicos: si la profesión sanitaria puede considerar la muerte como una opción posible, el sentido de la singularidad absoluta que tiene la vida humana correría el riesgo de desaparecer.

La confianza, finalmente, que ha de predominar en la relación entre el médico y su paciente podría quebrantarse. Porque es su vida lo que este último pone en manos del primero, no su muerte. Si el médico tiene a su cargo la muerte, las sospechas de una desviación interesada en su conducta no dejarán de aparecer cuando la muerte sea susceptible de suponer algún beneficio al terapeuta.

Todos somos dependientes

Sería posible preguntarse por el sentido y las consecuencias que tendría la adquisición de una competencia médica en materia de eutanasia. El Consejo de Estado de Luxemburgo, en su advertencia sobre la proposición de ley “sobre el derecho de morir dignamente”, hace hincapié en que “los estudios de medicina no prevén el aprendizaje de conocimientos enfocados a eliminar a los seres humanos. Los que provocan la muerte, sea cual sea su propósito, no pueden reclutarse en la profesión de los que se forman para curar y para prestar asistencia”.

Saber acompañar al enfermo manteniéndose atento a la complejidad de sus demandas es tal vez, advierte Laure Marmilloud [enfermera especializada en cuidados intensivos del Hôpital des Charmettes de Lyon], “un símbolo de resistencia frente a la tentación de situar la verdad del ser humano del lado de la eficacia o de la todopoderosa autonomía. Sí, queremos ser autónomos, pero también dependemos los unos de los otros; tenemos necesidad de confiar en los otros, de ponernos en manos ajenas. La todopoderosa autonomía es un engaño”.

Los cuidados paliativos no consisten sólo en actuar sobre un cuerpo doliente haciendo todo lo posible para aliviarlo, sino en afrontar, aunque sólo sea manteniéndonos a su lado, aquello sobre lo que nadie tiene poder, una desesperación moral o un sufrimiento indefinible. Es esto lo que, según expresión de la Sra. Marmilloud, hace que “los cuidados paliativos no sean sólo una técnica más” (…) El que presta los cuidados comparte con su paciente la misma angustia ante la muerte. Gracias a esta experiencia común es capaz de prestar oídos -esto es, atención- al otro.

El terapeuta puede descubrir entonces que, a menudo, la muerte no se desea sino en primera instancia, y que reclamarla es sobre todo una llamada que conviene saber leer (…) La Sra. Marmilloud ha llegado incluso a preguntarse si “tal vez la petición de morir no busca secretamente la respuesta negativa que les garantice que no recurriremos a la eutanasia. No se puede pasar por alto este miedo de ser sometido a ella, sobre todo en las personas mayores, particularmente sensibles a lo que se dice en los medios y que temen convertirse en una carga y no valer para nada”.

La eutanasia aparece así como un gesto cometido siempre por facilidad y por ignorancia: facilidad de una decisión que desdeña la complejidad del cuestionamiento ético, que no tiene en cuenta las relaciones de confianza con el enfermo, y que desconoce las técnicas médicas capaces de aliviar los sufrimientos de la enfermedad tanto como los principios de la ética asistencial. La única certeza para el autor del acto de la eutanasia es la de que su gesto implicará la muerte: en su poder homicida va todo su saber.

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