Cambio climático y ducha escocesa

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Duración lectura: 2m. 18s.

Contrapunto

La posibilidad de que cambie el clima terrestre suscita inquietud, como refleja esta información de prensa: “Una serie de observaciones termométricas comparativas realizadas durante los últimos cinco años en Francia, Inglaterra y Bélgica, demuestra que el clima de este continente está enfriándose gradualmente. ¿Vamos hacia una nueva era glacial? ¿Está sufriendo nuestro clima una transformación tal, que dejará de haber viñas en Francia? (…) Este hecho podría revolucionar la economía de Europa”. Así decía el 16 de marzo de 1891 el Paris Herald, precursor del International Herald Tribune, que reprodujo la noticia cien años después, en su sección de antigüedades periodísticas.

Ahora sabemos que aquellas observaciones termométricas no demostraban, en realidad, gran cosa. Menos aún si, como dice ahora la Comisión Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), la Tierra está calentándose. Las alarmas de este tipo tienen, al menos, cien años de historia. Ahora, la novedad es que la próxima revolución climática se debe a la acción humana, según la IPCC.

Mucho más larga es la historia del clima, que ha sufrido numerosos cambios. No hace falta remontarse a los calores jurásicos ni a las glaciaciones. El final de la era precristiana y el principio de la nuestra se distinguió por temperaturas más altas que las medias actuales en el Mediterráneo, a juzgar por lo que los historiadores de la época escribieron sobre los cultivos. Entre los siglos XIII y XVIII, Europa -al menos- pasó más frío: los paisajistas flamencos pintaron escenas de patinaje sobre hielo hace mucho inusitadas en esas regiones.

La distancia permite hoy advertir con claridad que esas variaciones no fueron ilusorias, a diferencia del enfriamiento predicho en 1891. No ya cinco: ni siquiera veinticinco años de calor hacen un cambio climático. Si la Tierra se vuelve ahora más cálida por culpa del CO2, lo veremos -lo verán- en el siglo XXII o XXIII. De momento, no sabemos si vale la pena emprender costosas transformaciones industriales para evitar un calentamiento incierto. Pero, sin necesidad de alarmar, no es insensato disminuir, en la medida de lo posible, las emisiones de gases contaminantes, a fin de tener una atmósfera más limpia (aunque no es este el principal problema de la mayor parte de la humanidad, que no abunda en fábricas ni automóviles). Eso también serviría para alejar el peligro anunciado por la IPCC, si es que sus predicciones son acertadas. Y si un imprevisto movimiento del eje terrestre, un cambio en la actividad solar o no se sabe qué no nos pone a tiritar durante trescientos inviernos.

Juan Domínguez

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