La nueva ley española de educación y la aconfesionalidad del Estado

Verdades y mentiras sobre la clase de Religión

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El pasado 24 de febrero se publicaron en el Boletín Oficial del Estado (BOE) los currículos de la asignatura de Religión para las etapas Primaria y Secundaria, y Bachillerato, de acuerdo con la vigente ley de educación, la LOMCE. Aunque apenas hay cambios respecto a la ley anterior (LOE), ha faltado tiempo para que la oposición política y los grupos laicistas califiquen la nueva norma como “un ataque a la aconfesionalidad del Estado” o una “vuelta a los rezos en las aulas”.

En realidad, la única variación significativa es que con la LOMCE la asignatura volverá a contar para la media en Bachillerato. Según datos de la Conferencia Episcopal Española, el curso pasado la escogió el 65% del alumnado –el 56% en los colegios públicos–.

La aconfesionalidad del Estado, a salvo

Algunos entienden que el mismo hecho de que se imparta Religión Católica en los centros públicos contradice la neutralidad religiosa del Estado. Según este planteamiento, lo único “democrático” sería derogar el concordato con la Santa Sede de 1979.

Sin embargo, la imparcialidad religiosa del Estado no queda comprometida por el hecho de que se impartan clases de una religión en los colegios públicos, siempre que estas sean opcionales y no enseñen valores contrarios a la convivencia pacífica. Tampoco por que sea la autoridad eclesiástica correspondiente quien fije los contenidos de la asignatura o la idoneidad de los profesores; al contrario, esto –que algunos consideran una intromisión de las jerarquías religiosas– salvaguarda la aconfesionalidad del Estado: si este decidiera qué doctrina aprenden los estudiantes, la separación entre Iglesia y Estado sería muy borrosa.

Otra forma de comprobar que la LOMCE no vulnera el principio de imparcialidad es comparar las disposiciones referentes a la religión católica e islámica (estas últimas publicadas en el BOE del 11-12-2014): la justificación de que existan estas clases para los alumnos de centros públicos que las pidan es la misma en ambos casos, igual que la delegación en la autoridad religiosa competente para fijar los contenidos y los criterios de evaluación.

Que los contenidos de la asignatura los fije la autoridad religiosa correspondiente no daña la aconfesionalidad del Estado, la protege

No es catequesis

También se ha criticado el supuesto carácter “adoctrinador” o “catequético” de la asignatura en la LOMCE. Sin embargo, los currículos recientemente publicados señalan que la materia, “lejos de una finalidad catequética, ilustra a los estudiantes sobre la identidad del cristianismo y la vida cristiana”. Para ello, es imprescindible adoptar la interpretación que la tradición católica ha hecho de su fe; de otra forma, no sería una clase de religión católica, y se estaría traicionando a los padres que han elegido esa materia para sus hijos.

Que las clases incluyan la explicación de las principales oraciones cristianas es igualmente lógico, ya que estas fórmulas suponen una expresión histórica de la fe y resumen su contenido. Otra cosa sería obligar a los estudiantes a rezarlas, o evaluarlos por si lo hacen o no, pero esto ni la Conferencia Episcopal lo ha propuesto nunca ni está en el programa. De todas formas, ya con la LOE, el currículo de Religión Católica para la etapa infantil hablaba de “aprovechar las primeras habilidades motrices para acceder a la oración”, y la asignatura de Educación para la Ciudadanía pretendía que los alumnos asumieran personalmente ciertos “valores democráticos”.

El término “adoctrinamiento” parece implicar para algunos el menosprecio de la razón y el carácter proselitista en las explicaciones. Sin embargo, los textos del BOE hablan de “exponer y defender la racionalidad de las propias creencias y el respeto por las ajenas”; y de fomentar el diálogo interreligioso e intercultural. De hecho, uno de los criterios de evaluación en 1º de Bachillerato es ser capaz de “identificar y contrastar en el momento actual diversas respuestas a la cuestión del sentido [de la vida]”, entre las que cita el ateísmo, el laicismo o el agnosticismo.

Religión descafeinada

Recientemente, el pensador José Antonio Marina ha expuesto su opinión sobre la asignatura de Religión en la educación pública. Por un lado, critica duramente –en ocasiones utilizando citas sacadas de contexto y simplificaciones históricas– el currículo propuesto por la LOMCE: su principal argumento es que mientras la enseñanza de la Religión no abandone la “trampa de la verdad absoluta” –que, según su perspectiva, es propia de los credos monoteístas– no debería tener hueco en el sistema público.

Explicar a los estudiantes “la identidad del cristianismo” no es catequizarles, sino prepararles para ser coherentes y poder dialogar con otras creencias

Por otro, se queja de que las asignaturas de Valores Culturales y Sociales (en Primaria) y Valores Éticos (en Secundaria) sean opcionales, al ofrecerse como alternativas a la de Religión. En su opinión, esas materias deberían ser obligatorias para todos los estudiantes –independientemente de si además escogen cursar la otra–, ya que todos se beneficiarían de profundizar en la fundamentación antropológica de la dignidad humana.

Ahora bien, una religión que no ofrezca una cosmovisión “absoluta” derivada de su carácter revelado no es una religión. Puede haber otras aproximaciones no religiosas –y compatibles– a las cuestiones antropológicas o morales, y hay campos en los que la revelación solo aporta unas enseñanzas parciales –por ejemplo, el relato bíblico de la creación no pretende ser una explicación científica–; pero pedir a la religión que renuncie a defender absolutamente sus posturas es un sinsentido.

Por otro lado, el currículo de Religión ya contempla la fundamentación ética de la dignidad humana que Marina pide para la asignatura de “Valores”. Además, los colegios podrían fomentar que los alumnos cursen ambas si las ofrecieran también en el bloque de materias opcionales.

En cuanto a que los centros tengan obligatoriamente que ofrecer Religión –independientemente de lo que suceda con la asignatura de “Valores”–, los preámbulos a las disposiciones sobre los currículos lo justifican porque la dimensión religiosa es una parte importante en la formación integral de la persona (al menos para los creyentes: de ahí que la materia sea voluntaria para los alumnos). Además, la profundización en la doctrina permite la “inculturación de la fe”, y es “un magnífico instrumento para la comunicación y el diálogo en un mundo plural”.

Creacionismo y Galileo

Otras quejas sobre la Religión en la LOMCE se centran en aspectos muy concretos del temario. Por ejemplo, se critica que las clases puedan transmitir enseñanzas distorsionadas sobre la creación del mundo (acudiendo a explicaciones creacionistas contrarias a la ciencia) o sobre episodios polémicos como el “caso Galileo”. En cuanto a lo primero, el currículum de 1º de la ESO fija como criterio de evaluación “respetar la autonomía existente entre las explicaciones teológica y científica de la creación”. Respecto al “caso Galileo”, que se cita expresamente en el programa de 1º de Bachillerato, se pide al alumno que “se informe con rigor y debata respetuosamente”.

Es evidente que una cosa es lo que prescribe el texto y otra las posibles malas prácticas de algunos profesores (o estudiantes). Pero si se respetara el currículo, y se lograran los objetivos propuestos en los criterios de evaluación, los estudiantes de Religión tendrían mucho que aportar al debate sobre la complementariedad de fe, razón y ciencia. Falta hace.


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