Un diagnóstico lúcido para recuperar la esperanza

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Sínodo para una Europa donde los cristianos son minoría
Ciudad del Vaticano. El panorama que se presenta a los participantes en el segundo Sínodo de Obispos para Europa tiene aspectos contrastantes. El neopaganismo de países donde más de la mitad de la población se declara «sin religión» coexiste con la fe profunda de los católicos de Polonia o Eslovaquia. Ante sus ojos están las vidas heroicas de los perseguidos por la fe en Chequia o Bielorrusia, y las de quienes consideran como fin último de la existencia el disfrute inmediato de la sociedad de la opulencia. Y mientras la caída de los sistemas marxistas despertó grandes esperanzas, en el Este se han visto defraudadas las expectativas de un crecimiento económico rápido, y Europa ha vuelto a ser escenario de guerras.

Agrandes rasgos, este es el panorama que se presenta a los 179 padres sinodales que del 1 al 23 de octubre están reunidos en el Vaticano en el segundo Sínodo para Europa (el primero tuvo lugar en 1991), la última asamblea por continentes querida por el Papa como preparación para el Jubileo del 2000.

En la Misa de apertura no podía ser más fuerte el contraste entre la imagen de un Juan Pablo II cansado y casi doblado sobre sí mismo, y el vigor de su mensaje. Con este Sínodo, dijo el Pontífice, el Señor dirige al pueblo cristiano «una invitación a la esperanza». Invitación que «no se basa en una ideología utópica como la que en los dos últimos siglos ha aplastado los derechos de los hombres y sobre todo de los más débiles».

«Europa del tercer milenio, la Iglesia a ti y a todos tus hijos vuelve a proponer a Cristo, único mediador de la salvación ayer, hoy y siempre. (…) Te lo propone no sólo con las palabras, sino especialmente con el testimonio elocuente de la santidad». Porque los santos y las santas «constituyen la vanguardia más eficaz y creíble de la misión de la Iglesia».

Testimonios desde el Este

Desencanto frente a la oleada de entusiasmo que recorrió Europa tras el fin del comunismo es, según los medios de comunicación, la tónica en los países del Este a diez años de la caída del Muro de Berlín. Al mismo tiempo, en el aula del Sínodo se han oído testimonios como el del obispo de Jelgava (Letonia), que recordó que Europa occidental ha necesitado cincuenta años para alcanzar el actual nivel de democracia y de unificación, y que los países del Este necesitan tiempo para consolidarse y crecer.

O como el del cardenal Swiatek, arzobispo de Minsk (Bielorrusia), que bajo el comunismo pasó tres meses en la celda de la muerte y diez años en campos de concentración, y que hoy es partícipe del actual régimen de libertad religiosa. También se escuchó al cardenal Korec, obispo perseguido por el régimen checoslovaco, para quien no existe vida cristiana sin sacrificio: «Si alguien quisiera destruir el sentido del sacrificio y difundir el permisivismo, inventaría otro evangelio, no el de Jesucristo». El cardenal Korec afirmó también que en sus años de clandestinidad ordenó casi 120 sacerdotes: «todos respetaban, vivían y viven el celibato».

Junto a estos ejemplos de heroicidad, el «informe» de apertura del Sínodo, realizado por el cardenal Rouco, puso de relieve que «si nos preguntamos por las raíces de la situación actual de desesperanza, hemos de profundizar hasta aquella concepción moderna del hombre que ha llegado a considerarlo como el centro absoluto de la realidad haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios». En gran parte de Europa, a la pregunta de sobre qué construir la vida y la ciudad terrena, «la respuesta parece ser: sobre ninguna verdad (pues no se confía ya ni siquiera en la verdad del hombre); sobre ningún valor permanente (pues se piensa que no existen); sobre ningún ideal que no sea el disfrute inmediato de lo que la vida pueda ofrecer de placentero (pues no se confía ya ni en el progreso como meta de la humanidad)». Para Rouco, el desencanto de una Europa saciada y desesperanzada es consecuencia del abandono de Dios, pues «el olvido de Dios conduce al abandono del hombre».

La medicina que la Iglesia puede ofrecer es, dijo Rouco, «la predicación íntegra, clara y renovada de Jesucristo resucitado, de la Resurrección y de la Vida eterna». Y se preguntó si quizá el error ha sido dejar de lado la predicación del más allá, del cielo y del infierno: «¿No hemos hablado demasiado poco y fragmentariamente de la gloria que la Iglesia espera para sus hijos y para la creación entera? ¿No hemos silenciado a menudo la posibilidad real de la perdición eterna frente a la que nos previene Jesucristo mismo?».

Porque, como subrayó después Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, «sólo desde una fe y una moral aceptada sin reservas se puede emprender la nueva evangelización que está esperando nuestro continente». De su intervención destacó su llamamiento a la unidad en torno a Roma: «La unidad de la Iglesia requiere que sean manifiestos los vínculos de comunión, es decir, la profesión de una misma fe, la celebración común de los sacramentos, y la sucesión apostólica por medio del sacramento del Orden. La evidencia de unidad sin sombras en cada Iglesia local, de las Iglesias locales entre sí, y de todas ellas con la Iglesia de Roma, atrae a las personas de buena voluntad y promueve una unidad aún más intensa. Es también cierto, por desgracia, lo contrario, y eso debe estimular nuestro sentido de responsabilidad».

Para salir del desencanto

Uno de los instrumentos para sacar a los europeos del desencanto es, según Rouco, el sacramento de la reconciliación. «El sacramento de la penitencia ha de tener un papel fundamental en la recuperación de la esperanza. Sólo quien recibe la gracia de un nuevo comienzo puede continuar adelante en el camino de la vida sin encerrarse en la propia miseria».

En esta línea, el arzobispo de Riga, Mons. Pujats, propuso un ejemplo concreto para ayudar a los fieles a vivir en gracia: «En muchas iglesias tienen una buena costumbre: cada día, antes de la Misa, los sacerdotes, sentados en el confesonario, esperan a los penitentes, recitando la Liturgia de las Horas o haciendo su propia meditación espiritual. Y las personas, sobre todo el domingo, van, ya que el sacerdote está siempre presente, el lugar de la confesión es conocido, y es fácil y posible esperar y confesarse».

Mons. Pujats se ganó un piropo del Papa, entre otras razones porque fue uno de los pocos que habló en latín. «Paupera lingua latina ultimum refugium habet in Riga», dijo Juan Pablo II, en elogio de la intervención del prelado.

La relación introductoria del Cardenal RoucoDebilidades y signos positivos de la evangelización de EuropaEl Relator general del Sínodo, cardenal Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid, señaló en su Relación introductoria algunas situaciones que debilitan hoy la vida de la Iglesia en Europa y que no le permiten ofrecer al mundo ese testimonio nítido de Cristo y de su Evangelio.

«En primer lugar, los mismos cristianos, en particular en Occidente, se han dejado a veces afectar por el espíritu del humanismo inmanentista y han privado a la fe de su vigor propio, hasta llegar incluso, por desgracia en no pocas ocasiones, a abandonarla por completo. No parece que haya sido todavía superada la moda de interpretar secularistamente la fe cristiana como una estrategia para organizar mejor las cosas de este mundo».

Reconoció que la crisis de las vocaciones sacerdotales y, en particular, de las vocaciones a la vida consagrada no ha sido superada todavía. «No se pueden esperar vocaciones sacerdotales cuando la imagen que se ofrece del sacerdote es la de un ‘trabajador social’ o la de un ‘psicoterapeuta’, y no la de quien es antes que nada ministro del único sacerdocio de Cristo y de sus Misterios de salvación, que liberan al ser humano de la muerte y del pecado y le abren a los horizontes infinitos de la Vida y del Amor eternos de Dios. No se pueden esperar vocaciones suficientes y duraderas a la vida consagrada cuando los religiosos y religiosas aparecen más como ‘fieles al mundo’ que como testigos y servidores de ‘lo único necesario’ a través de una vida de pobreza, castidad y obediencia cuyo sentido último es ser signo visible de la Vida eterna. (…)

Diálogo sin relativismo

En segundo lugar, el cardenal Rouco señaló que la secularización interna de la vida cristiana lleva también a una profunda «crisis de la conciencia y de la práctica moral cristiana».

«Se ha introducido, también entre algunos católicos, el prejuicio de que la apelación a valores morales absolutos resulta incompatible con una antropología que estime en su justa medida el carácter libre y responsable del ser humano, así como con el respeto debido a la conciencia de cada uno. Bajo este influjo del relativismo historicista y de una concepción reductiva de la razón humana, no son pocos quienes, al menos en la práctica, niegan al Magisterio de la Iglesia una competencia verdaderamente normativa en las cuestiones morales». «El eclipse de Dios en la conciencia moderna ha conducido a una comprensión desmesurada de la subjetividad como fuente y fundamento de la verdad».

La erosión de la verdad de la fe y de la conciencia moral cristiana produce un «debilitamiento de la capacidad evangelizadora de la Iglesia». No cabe duda, dijo Rouco, de que la credibilidad de las Iglesias en la nueva Europa tiene como condición necesaria que se cultive el diálogo ecuménico y también con los no creyentes. Pero no se puede ocultar que «no son pocos los asuntos de vital importancia en el debate público de nuestros días en Europa que resultan con cierta frecuencia, como escribía Pablo VI, ‘refractarios a un amistoso coloquio’. Pensemos en los problemas de la investigación con embriones humanos o de su destrucción sistemática; del aborto y de la eutanasia; de la recta concepción del matrimonio y de la familia; de las drogas o del tráfico de armas. En algunos de estos asuntos existen normativas de los Estados o de los organismos europeos en abierta contradicción con la visión cristiana del hombre y del mundo. Será necesario no cejar en el diálogo paciente y constructivo. Pero el presupuesto de un tal diálogo no podrá ser, como también algunos católicos parecen pensar, el pluralismo relativista, es decir, la renuncia, incluso teórica, a todo principio en aras de acuerdos meramente pragmáticos».

Rouco dedicó la segunda parte de la Relación a destacar los signos positivos en el panorama de la Iglesia en Europa.

Avances y puntos fuertes

Entre otras cosas, señaló la repercusión de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica en 1992: «La multitudinaria acogida que se dispensó al Catecismo, con un sorprendente éxito editorial, pone también de relieve la demanda de orientación precisa sobre la fe de la Iglesia por parte de nuestros contemporáneos».

También rindió homenaje a «tantos sacerdotes que, en medio del vendaval del secularismo que ha azotado a la sociedad y la Iglesia en Europa, han sabido mantenerse fieles a su vocación de ministros del Evangelio»; a «los misioneros y misioneras, procedentes en gran número de nuestras Iglesias de Europa, que siguen dando testimonio de Cristo en todo el mundo»; a las familias cristianas, que han alimentado en sus hijos los gérmenes de la fe cuando la escuela e incluso determinados ambientes eclesiales han dejado de ser cauces de la educación de las nuevas generaciones. «No se podrá transmitir el testigo de la fe a las nuevas generaciones si lo que se les entrega son fórmulas de un humanismo más o menos moderno o postmoderno y más o menos teñido de una vaga religiosidad de confección heterogénea, en lugar de la única Verdad que nos salva».

Los importantes avances de los últimos años en las relaciones con las distintas confesiones cristianas en Europa (declaración conjunta sobre la justificación con los luteranos, un mayor entendimiento con los ortodoxos manifestado en el viaje del Papa a Rumania y en la visita a Roma del Patriarca de Constantinopla…) son motivos de satisfacción.

Auge de la religiosidad popular

También mencionó «la revitalización que en los últimos años han experimentado en algunos lugares la vida de las cofradías, de los santuarios, las celebraciones patronales y familiares, las peregrinaciones, las procesiones y otras expresiones del fervor religioso», expresiones de la religiosidad popular que han servido a no pocos de sostén en su fe cristiana.

Asimismo, las Jornadas Mundiales de la Juventud, en Santiago de Compostela (1989), y la última, en París (1997), congregaron muchedumbres de jóvenes felices de haberse encontrado con Jesucristo.

La presencia de la Iglesia se sigue manifestando tanbién en el servicio a las necesidades espirituales y materiales del hombre. En este capítulo, Rouco destacó el redescubrimiento y creciente interés por la doctrina social de la Iglesia; la defensa de los derechos humanos: en particular, la Iglesia «está dando un testimonio claro en favor del derecho a la vida de todos los seres humanos, desde la concepción hasta la muerte natural»; la atención a las «nuevas pobrezas», aparecidas en medio de las sociedades del bienestar.

El arzobispo de Madrid saludó también la pujanza de los nuevos movimientos y comunidades eclesiales, que «son un gran don de Dios que revitaliza las Iglesias de Europa para la evangelización de nuestros tiempos».

Caminos para la nueva evangelización

En el tramo final de su intervención, Mons. Rouco hizo algunas sugerencias para la nueva evangelización.

Anuncio del Evangelio. «Han pasado los tiempos del temor y del acomplejamiento. (…) Si el aparente éxito de las promesas y de las soluciones de las ideologías materialistas del progreso ejerció durante algún tiempo una cierta fascinación incluso sobre los llamados a anunciar el Evangelio, hoy, gracias a Dios, todos podemos y debemos sentirnos libres de tal servidumbre. El fracaso manifiesto de las más emblemáticas de dichas ideologías (…) nos confirma en la fe recibida de los Apóstoles: Jesucristo es el único Salvador del hombre».

Hablar de la vida eterna. «El hedonismo e incluso el cinismo ético que van tomando carta de naturaleza entre nosotros están sin duda también en relación con la carencia del verdadero aliento moral que procede de la fe en la Vida eterna». Además, «frente a un cierto ecologismo que difícilmente puede ser calificado de humanista, la esperanza del Cielo evita que esta tierra o la naturaleza sean vistas como el medio absoluto en el que el ser humano estaría destinado a integrarse e incluso a disolverse».

Catequesis. Los catecismos adaptados a las diversas situaciones tienen en el Catecismo de la Iglesia Católica una guía segura para convertirse en instrumentos aptos de una formación integral en la fe. Los catequistas, los pastores y, en general, las personas de mayor formación, harán uso del Catecismo como libro de referencia básico para su anuncio del Evangelio.

Liturgia. «Es necesario fomentar la comprensión del verdadero sentido de la liturgia y de los sacramentos, superando la tentación, a la que es tan proclive nuestra época, de querer reducir el culto cristiano a pura celebración de la vida humana y despojarlo de su carácter sagrado».

Revitalizar la confesión. «¿No estará una de las raíces de la resignación y la desesperanza de hoy en la incapacidad de reconocerse pecador y de dejarse perdonar? (…) La revitalización del sacramento de la reconciliación, vivida en la plena integridad de la doctrina conciliar, que no sólo no hace superflua la confesión sincera y concreta de los pecados, sino que la postula e incluye necesariamente, urge cada vez más, si se quiere avanzar en el camino de la evangelización de Europa».

Para inspirar a la Europa unida

Acción en la vida pública. «Los cristianos de hoy han de seguir trabajando para que la doctrina social de la Iglesia sea llevada a la práctica en las estructuras de la Europa unida». Con palabras de Juan Pablo II, recordó dos asuntos fundamentales: «Se ha de trabajar todavía para que se reconozca en la práctica de forma completa el derecho más fundamental, el derecho a la vida de toda persona, y que sea abolida la pena de muerte. (…) Es asimismo importante no descuidar la promoción de una política familiar seria, que garantice los derechos de los matrimonios y de los hijos».

Europa, abierta al mundo. «Hay que empeñarse para que los países del antiguo bloque comunista puedan incorporarse progresivamente al concierto europeo y a sus instituciones. (…) Tampoco le es lícito a Europa encerrarse en sí misma en una suerte de nacionalismo paneuropeo. (…) El universalismo, tan característico de la común herencia humanista europea, ha de hacerse efectivo en la ayuda generosa a tantos pueblos, con frecuencia ligados con Europa por lazos históricos y culturales, que no pueden ser abandonados a su suerte o utilizados como meros mercados».

Mons. Rouco terminó su relación con tres sugerencias generales:

1) «La nueva evangelización de Europa ha de hacerse desde la estrecha comunión de todas la Iglesias locales con Pedro y entre sí».

2) «El diálogo ecuménico e interreligioso es otra de las dimensiones que ha de caracterizar la presencia evangelizadora de la Iglesia en esta hora de Europa».

3) «Hay que tener presente la pastoral vocacional. Sin vocaciones suficientes para el ministerio ordenado y la vida consagrada no será viable una evangelización renovada y vigorosa. Y, a la inversa, la evangelización decidida, apostólicamente comprometida e integral, es el mejor ‘programa’ para la pastoral vocacional».

Miguel Castellví

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