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Una Iglesia en salida hacia los deportistas


Hace unos días, el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida presentó el primer documento de la Santa Sede sobre el deporte: “Dar lo mejor de uno mismo”. En él, subraya el gran aprecio que la Iglesia tiene hacia este aspecto de la cultura y previene frente a su mercantilización, una amenaza que planea sobre los macroeventos deportivos. El deporte, explica el Papa Francisco en el mensaje que acompaña al texto, “puede ser un instrumento de encuentro, de formación, de misión y santificación”.


El objetivo del documento1, de casi 50 páginas, es “ofrecer una visión del deporte basada en una comprensión cristiana de la persona y de una sociedad justa”. Al mismo tiempo, alaba el valor de la actividad deportiva para educar el carácter. De ahí que la vea también como un ámbito para la nueva evangelización. “La Iglesia no solo incentiva la práctica del deporte, sino que quiere estar en el deporte, considerado como un moderno ‘Atrio de los Gentiles’ y el areópago donde es anunciada la Buena Noticia”.

“La Iglesia no solo incentiva la práctica del deporte, sino que quiere estar en el deporte, considerado como un moderno Atrio de los Gentiles”

Los títulos de dos epígrafes sintetizan bien la intención pastoral del documento: “En el deporte, la Iglesia está en su casa” y “En la Iglesia, el deporte está en su casa”. A forjar esta visión positiva ha contribuido el Magisterio de los pontífices del siglo XX, sobre todo los más de cien discursos2 de san Juan Pablo II a los deportistas.

Un deporte para la persona

En la raíz del aprecio de la Iglesia por el deporte está su comprensión de la persona como “una unidad de cuerpo, alma y espíritu”. Lo que lleva a la Iglesia a rechazar las concepciones teológicas o filosóficas que ven como males el mundo material y el cuerpo. A la vez, le sirve de base para subrayar “la dimensión espiritual en el deporte”.

El capítulo tercero del documento interesará especialmente a los educadores. En él, hay numerosos ejemplos de cómo el deporte sirve para explicar verdades antropológicas, virtudes humanas o aspectos de la vida cristiana, como hacía san Pablo con los gentiles.

Por ejemplo, el epígrafe “Creatividad, libertad y reglas” explica de forma pedagógica por qué la libertad no equivale a la independencia absoluta. Otros apartados destacan el espíritu de equipo, el valor antropológico del esfuerzo y de la constancia –“sin sacrificio no se obtienen resultados importantes, y tampoco auténticas satisfacciones”, en palabras de Juan Pablo II–; la necesidad de un desarrollo armónico de la persona, que la lleve a madurar en todas sus dimensiones; la experiencia de “la tensión entre la fuerza y la debilidad” en cada persona, etc.

Un deporte justo

La explotación laboral3 expuesta con motivo del Mundial de Qatar 2022, las protestas contra el despilfarro4 en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, el endeudamiento5 de años que dejan los grandes eventos deportivos, a satisfacer con más impuestos o menos servicios públicos, o la formación de una burbuja futbolística6, que penaliza a los clubes con menos recursos, son algunos ejemplos de lo que ocurre cuando el afán lucrativo manda en el deporte. Aunque el documento no baja tanto al detalle, sí denuncia otros problemas que responden igualmente a “una búsqueda desenfrenada de éxito y de la ingente cantidad de intereses económicos que se mueven en las competiciones deportivas”.

Así, por ejemplo, denuncia la presión que sufren algunos atletas infantiles, y recuerda a sus padres su “responsabilidad de mostrar a los niños que son amados por lo que son, no por sus éxitos”. Otras veces las presiones provienen de la mentalidad de “ganar a toda costa” o de un “anhelo de un mayor espectáculo”, que empuja a los deportistas al dopaje. La corrupción es otro lastre para el deporte, lo mismo que la violencia y el desprecio de los hinchas radicales hacia los contrincantes o los árbitros.

Deportistas santos

El documento se cierra con una invitación a ver en el deporte uno de los atrios de los gentiles de los que hablaba Benedicto XVI, donde los creyentes puedan abrir –en palabras del Papa emérito– “un diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin Dios, sino acercarse a él al menos como Desconocido”.

Papa Francisco: “Dar lo mejor de uno mismo en el deporte es también una llamada a aspirar a la santidad”

Aquí el texto hace especial hincapié en la educación: “Desde el origen de la Cristiandad, el deporte apareció como metáfora efectiva de la vida cristiana: el apóstol san Pablo no dudó en incluir el deporte entre los valores humanos, lo que le sirvió como punto de apoyo y referencia en el diálogo con la gente de su época. Hoy en día podemos introducir en el deporte, los juegos y otras actividades lúdicas para llevar a los jóvenes a un entendimiento más profundo de las Escrituras, las enseñanzas de la Iglesia o los sacramentos”.

En resumen, la Iglesia no pretende crear un deporte distinto del que se practica en los barrios o en los grandes estadios, sino “ayudar a dar plenitud a la experiencia deportiva”. Como dijo en su mensaje7 el Papa Francisco a propósito del título del documento, “dar lo mejor de uno mismo en el deporte es también una llamada a aspirar a la santidad. (...) Es necesario profundizar en la estrecha relación que existe entre el deporte y la vida, para que puedan iluminarse recíprocamente, para que el afán de superación en una disciplina atlética sirva también de inspiración para mejorar siempre como persona en todos los aspectos de la vida. Tal búsqueda, con la ayuda de la gracia de Dios, nos encamina a aquella plenitud de vida que nosotros llamamos santidad”.