Por qué oímos hablar tanto de los “curas pederastas”

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A juzgar por lo que dicen los medios, da la impresión de que los abusos sexuales a menores es un problema específico del clero católico. Philip Jenkins, investigador conocido por su rigor, explica en USA Today cómo los medios contribuyen a crear tal suposición ante la falta de datos en otros ámbitos.

Desde que estalló la crisis de los abusos sexuales en Estados Unidos y ahora en Europa, Philip Jenkins está muy solicitado por los medios. Profesor de Historia y Estudios Religiosos en la Universidad Estatal de Pensilvania, no católico, autor del libro Pedophiles and Priests, Jenkins es uno de los pocos expertos que se ha puesto a echar cuentas en serio.

La tesis de Jenkins es que, como no se han realizado estudios serios sobre los abusos sexuales fuera de la Iglesia católica, muchos medios se han acostumbrado a informar sobre esta cuestión con un formato prefabricado, donde la norma es hablar de los “curas pederastas”.

Es cierto que cada vez salen a la luz más casos de abusos cometidos por profesionales de otros ámbitos, como los profesores de colegios seculares o monitores de scouts. Pero siguen faltando -añade Jenkins- investigadores de prestigio que realicen estudios tan amplios como los que se han hecho en y sobre la Iglesia católica.

Uno de los pocos informes realizados en otros ámbitos muestra que el problema de los abusos no es más grave en la Iglesia. Según los datos de 2004 del ministerio de Educación de Estados Unidos, recogidos por Charol Shakeshaft, profesora de la Hofstra University, el 10% de los alumnos de secundaria que estudia en colegios seculares declaró haber sufrido algún tipo de abuso sexual.

Ahora bien: como precisa Shakeshaft eso no significa que haya un 10% de profesores culpables. Los abusos fueron cometidos por una minoría de docentes (cfr. Educator Sexual Misconduct). Algo muy parecido -precisa Jenkins- a lo que ocurre con los sacerdotes católicos.

Por otra parte, Jenkins cree que la propia naturaleza de la Iglesia y el funcionamiento del sistema legal convierten a aquélla “en una institución más vulnerable a los procesos civiles que cualquier otra. Estos pleitos dan una publicidad a casos que jamás se conocerían si los culpables no fueran sacerdotes”.

Otro problema que plantean los pleitos contra los clérigos denunciados por abusos es que los casos se remontan a varias décadas. “La próxima vez que usted lea una noticia sobre un escándalo que afecta a un sacerdote, fíjese en la fecha en que se produjeron las acusaciones. Probablemente, hace 30 años o más”.

A juicio de Jenkins, esto dificulta enormemente la reunión de pruebas sólidas. “Muchos de los procesos civiles que se abren contra los sacerdotes salen adelante con pruebas que no pasarían los estándares de exigencia habituales en un tribunal penal”.

Además, es difícil saber lo que ocurre fuera de la Iglesia sencillamente porque no hay datos. “Los registros internos de las instituciones seculares pocas veces son tan minuciosos como los que guardan las instituciones de la Iglesia católica”.

Para Jenkins, todo esto provoca que “la opinión pública se haya familiarizado con la figura del ‘cura pederasta’, mientras que los abusadores de otros ámbitos pasan desapercibidos. Se informa de los casos de sacerdotes como si se tratara de una crisis endémica de la Iglesia, mientras que los culpables no católicos son vistos como malhechores aislados; simples manzanas podridas de su profesión”.


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