Matrimonio: la unión más provechosa de las posibles

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¿Da lo mismo el matrimonio que la mera cohabitación? ¿No hay diferencia entre crecer en una familia monoparental o ser criado por los dos padres? Muchas veces se presentan estas situaciones como meros estilos de vida alternativos, que la sociedad debe tratar por igual. Pero un buen número de investigaciones han puesto de relieve los beneficios que el matrimonio aporta a las familias y a la sociedad, lo que justifica que sea tratado como una opción social preferente. En Estados Unidos, un grupo de investigadores sociales ha sintetizado en la publicación Why Marriage Matters (1) las conclusiones de decenas de estudios sociológicos sobre este tema. Resumimos algunas.
Why Marriage Matters intenta condensar en 21 conclusiones, apoyadas en 93 citas bibliográficas, las numerosas investigaciones científicas disponibles, para proporcionar documentación útil a los ciudadanos que participan en los debates sobre la familia, y para informar de la importancia del matrimonio en la sociedad.

Los autores advierten que la sociología es una buena herramienta para esclarecer si determinados hechos sociales son ciertos, pero no siempre explica por qué son ciertos. Por eso, en muchos casos no se puede demostrar que el matrimonio sea la causa principal o única de las ventajas sociales que lo acompañan, pero sí afirmar con seguridad que el matrimonio tiene mucho que ver.

Para responder a preguntas como «¿el divorcio es la causa de la pobreza o más bien ocurre que los pobres se divorcian en mayor proporción?», la buena sociología intenta distinguir entre relaciones causales y meras correlaciones. «De ahí que, cuando en nuestra opinión hay pruebas aplastantes de que el matrimonio ocasiona un incremento del bienestar, así lo hacemos constar. En los casos en que la relación causa-efecto no es tan clara, somos más cautos».

El informe también recuerda que las ciencias sociales dan respuesta satisfactoria a preguntas generales («Los elevados porcentajes de divorcio y nacimientos fuera del matrimonio, ¿influyen en la reducción general del bienestar de los hijos?»), pero no a las preguntas que se hacen las parejas («En mis concretas circunstancias, ¿el divorcio será beneficioso o perjudicial para mis hijos?»).

A pesar de estos límites y de que en las dos últimas generaciones ha crecido mucho la aceptación social del divorcio, de la cohabitación, de las relaciones sexuales prematrimoniales y del nacimiento de hijos fuera del matrimonio, la investigación llega a una conclusión fundamental: «El matrimonio es un bien social importante, vinculado con un impresionante catálogo de consecuencias positivas tanto para los niños como para los adultos». A continuación presentamos algunos de los datos que avalan esa tesis.

Relaciones entre padres e hijos

El matrimonio favorece las buenas relaciones entre padres e hijos. Aunque no estar casado afecta por igual a padres y madres en este sentido, los estudios señalan que las madres solteras tienen más conflictos con sus hijos, y los supervisan menos, que las casadas. Al llegar a adultos, los hijos de parejas casadas aseguran, por regla general, disfrutar de mayor unión con sus madres que los hijos de parejas divorciadas (2). En un estudio sobre una muestra representativa de la población de Estados Unidos, el 30% de los jóvenes de padres divorciados afirmaban tener malas relaciones con sus madres, frente al 16% de los hijos cuyos padres seguían casados.

La relación con el padre corre un riesgo todavía mayor. El 65% de los jóvenes de padres divorciados tienen malas relaciones con ellos, mientras que si el padre sigue casado, la proporción es el 29% (3). En general, los niños cuyos progenitores se divorcian o no se casan ven a sus padres con menor frecuencia, y sus relaciones con ellos son menos cordiales que las existentes entre hijos y padres cuando estos están casados y mantienen el vínculo. El divorcio parece tener efectos más negativos sobre las relaciones entre padre e hijos que el proseguir un matrimonio infeliz (2).

Mayor seguridad económica

La cohabitación no es el equivalente funcional del matrimonio. En conjunto, los miembros de parejas de hecho en Estados Unidos se asemejan más a las personas solteras que a las casadas, por lo que respecta a salud física, bienestar emocional, salud mental, patrimonio e ingresos. Algo similar se observa en los hijos de estas parejas: por su situación se parecen más a los hijos de familias monoparentales (o de padres que han vuelto a casarse después de un divorcio) que a los de padres casados y no divorciados (4).

El matrimonio es una especie de seguro contra la pobreza de madres e hijos. Las investigaciones han mostrado de forma sistemática que tanto el divorcio como el tener hijos fuera del matrimonio hace que madres e hijos queden más desprotegidos económicamente. La influencia de la estructura familiar sobre la situación económica es considerable, aun después de descontar los efectos de otros factores, como la raza o los antecedentes familiares. Los cambios en la estructura familiar son una causa importante de que las personas caigan en la pobreza (si bien el descenso de los ingresos del cabeza de familia es la primera de todas). Lo que más hace subir la tasa de pobreza infantil es el aumento de familias monoparentales. Cuando los padres no se casan o el matrimonio se rompe, es más probable que los hijos sufran pobreza grave y persistente. La mayoría de los hijos extramatrimoniales pasan al menos un año en situación de pobreza extrema (ingresos familiares por debajo de la mitad del mínimo oficial). El divorcio, además del nacimiento de hijos fuera del matrimonio, tiene parte en ello: entre una quinta y una tercera parte de las mujeres que se divorcian caen en la pobreza tras la ruptura (5).

Por término medio, los matrimonios crean más riqueza que las parejas de hecho o las familias monoparentales, en todos los tramos de renta (6). No es solo porque los matrimonios pueden contar con dos fuentes de ingresos; también se debe a algunas de las razones que hacen a los consorcios, en general, económicamente más eficientes: economías de escala, especialización, intercambio… Asimismo parece influir que el matrimonio fomenta la salud y la productividad, así como la acumulación de riqueza (por ejemplo, comprar una casa). Además, los casados reciben más ayudas económicas de los padres que las parejas de hecho; las madres solteras no reciben casi nunca ayuda económica de los parientes del padre.

Notas y drogas

El divorcio o la cohabitación sin vínculo de los padres tiene una repercusión negativa, importante y duradera sobre el rendimiento académico de los hijos. Los hijos de padres divorciados o no casados obtienen peores calificaciones, y presentan mayor probabilidad de repetir curso y de no terminar la enseñanza secundaria (7). Estos efectos se dan con independencia de la raza o los antecedentes familiares. Los hijos de divorciados alcanzan un nivel de instrucción también inferior al de los hijos de viudos o viudas. En general, los hijos de padres casados de nuevo tras un divorcio no obtienen mejores resultados que los de madre soltera.

Existe una relación entre matrimonio y tasas bajas de consumo de alcohol y drogas, tanto en adultos como en adolescentes. Los casados, hombres o mujeres, presentan tasas menores de consumo y abuso de alcohol que los solteros. Lo confirman varios estudios que han seguido la trayectoria de los sujetos durante años: los jóvenes que se casan tienden a reducir el consumo de alcohol y drogas. También los hijos de padres casados presentan tasas más bajas de consumo de drogas, con independencia de los antecedentes familiares (8). La proporción de adolescentes que han probado la marihuana se duplica entre los que viven en familias monoparentales o recompuestas, y se triplica en el caso de los que viven sólo con el padre. Los adolescentes cuyos padres permanecen casados son los menos inclinados a fumar o beber. Los datos obtenidos por la Encuesta Nacional de Hogares sobre Consumo de Drogas muestran que -con independencia de la edad, la raza, el sexo y los ingresos familiares- la probabilidad de consumir drogas, alcohol o tabaco es claramente inferior para los adolescentes que viven con padre y madre naturales.

¿Por qué la desintegración familiar favorece el consumo de drogas por parte de los adolescentes? Probablemente por muchos motivos, entre ellos que hay mayor tensión en la familia, que los padres vigilan menos y que se debilita la unión afectiva con los progenitores, en especial con el padre.

Matrimonio y buena salud

Las personas casadas, tanto hombres como mujeres, disfrutan en general de mejor salud que las solteras o divorciadas. Parece que los casados llevan mejor la enfermedad, vigilan más el estado de salud del otro, tienen mejor situación económica y viven de manera más sana que las personas solteras en condiciones similares.

Un análisis de datos tomados de la Encuesta de Salud y Jubilación de los Estadounidenses compara el índice de enfermedades graves y de incapacidad funcional entre 9.333 personas de 51 a 61 años, distribuidas en distintos grupos: casadas, con pareja de hecho, divorciadas, viudas y solteras. «Sin excepción -aseguran los autores-, las personas casadas presentan las tasas más bajas de morbilidad en cada una de las enfermedades, minusvalías, problemas funcionales y discapacidades». Las diferencias que marca el estado civil con respecto a las discapacidades seguían siendo «espectaculares», con independencia de la edad, el sexo y la raza u origen étnico (9).

Los hijos de divorciados presentan tasas más elevadas de trastornos psicológicos y enfermedades mentales. Por lo común, el divorcio somete a los hijos a un golpe emocional considerable e incrementa el riesgo de enfermedad mental importante (3). Dichos peligros para la salud mental no se desvanecen poco después del divorcio. Al contrario, los hijos de padres divorciados siguen, en su vida adulta, expuestos a mayor riesgo de depresiones y otras enfermedades mentales: en parte, porque no llegan tan lejos en los estudios y porque presentan mayor probabilidad de divorciarse, de tener problemas conyugales y de sufrir dificultades económicas (10).

Parece que los efectos psicológicos del divorcio varían según la intensidad del conflicto entre los cónyuges. Cuando el conflicto matrimonial es fuerte y prolongado, el divorcio supone un alivio psicológico para los hijos. No obstante, es necesario investigar más, pues parece que la mayoría de los divorcios tienen lugar en matrimonios con conflictos de baja intensidad.

Las madres casadas presentan menores índices de depresión que las madres solteras o las que cohabitan. Un estudio realizado entre 2.300 adultos residentes en zonas urbanas concluyó que, para los padres de niños en edad preescolar, el riesgo de depresión era bastante mayor en las madres solteras que en las casadas (11). El matrimonio reduce el riesgo de depresión incluso en las madres menores de veinte años. En una muestra nacional de mujeres de 18-19 años con un hijo, el 41% de las solteras de raza blanca presentaban síntomas de depresión, frente al 28% de las madres casadas de raza blanca con la misma edad (12).

Los estudios que siguen la trayectoria de jóvenes durante años permiten saber qué les ocurre cuando se casan, se divorcian o permanecen solteros. Se comprueba que el matrimonio favorece el bienestar mental y emocional tanto de hombres como de mujeres (13). El informe insiste en la depresión materna porque es, a la vez, un grave problema de salud mental para las mujeres y un grave factor de riesgo para los hijos. Además de que las madres solteras tienen mayor probabilidad de sufrir depresión, las consecuencias de la depresión materna para el bienestar de los hijos son más agudas en los hogares monoparentales, probablemente porque la madre o el padre solo tiene menos apoyo y porque los hijos tratan menos con el otro progenitor, el no deprimido (14).

Malos tratos

Las mujeres jóvenes deben saber que el matrimonio no es una buena estrategia para reformar a hombres violentos. Pero un amplio repertorio de investigaciones muestra que convivir con un hombre al margen del matrimonio va asociado a un riesgo mayor de sufrir malos tratos. Un análisis de datos recopilados por la Encuesta Nacional de Familias y Hogares (2001) concluye que la probabilidad de que las discusiones acaben en violencia es tres veces mayor en las parejas de hecho (13%) que en los matrimonios (4%). La tasa de violencia doméstica también varía según la raza, la edad y la educación; pero sigue siendo mayor en las parejas de hecho aun después de descontar la influencia de esos factores. Un especialista resume así los resultados de las investigaciones: «Con independencia de la metodología, los estudios llegan a conclusiones similares: en las uniones de hecho se da más violencia que en los matrimonios» (15).

La selección influye poderosamente. Es menos probable que una mujer se case con un hombre violento, y es más probable que una mujer casada con un hombre violento se divorcie de él. No obstante, los expertos sugieren que también influye que los hombres casados están más integrados en la comunidad, así como la mayor dedicación mutua de los esposos.

También un niño que vive con la madre soltera, el padrastro o el compañero de la madre tiene más posibilidades de ser víctima de malos tratos. Como concluyen Martin Daly y Margo Wilson, «vivir con un padrastro o una madrastra ha resultado ser el factor más frecuente en los casos de malos tratos graves» (16). Según un estudio, entre los niños en edad preescolar, la probabilidad de ser víctima de abusos deshonestos es cuarenta veces mayor para los que viven con un padrastro o madrastra que para los que viven con sus dos progenitores naturales (17).

Al final, el informe subraya: «El matrimonio es más que una unión afectiva privada. Es también un bien social. No es para todas las personas. Tampoco todos los niños criados fuera del matrimonio salen perjudicados por ello. Pero donde los matrimonios sanos son lo más común, los niños, las mujeres y los hombres están en mejor situación que donde hay elevadas tasas de divorcio, de hijos extramatrimoniales y de matrimonios conflictivos o violentos».

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(1) Why Marriage Matters. Twenty-One Conclusions from the Social Sciences. Center of the American Experiment; Coalition for Marriage, Family and Couples Education; Institute for American Values. Nueva York (2002). 27 págs. 4 $. Más información en www.americanvalues.org/html/r-wmm.html.

Han participado en el estudio, entre otros, John Gottman, psicólogo de la Universidad de Washington (ver servicios 73/99 y 34/01); David Popenoe, sociólogo del National Marriage Project de la Universidad Rutgers (ver servicios 35/99 y 128/99); Linda J. Waite, socióloga de la Universidad de Chicago (ver servicios 128/99, 144/00 y 72/01) y la psicóloga infantil Judith Wallerstein (ver servicios 55/93 y 129/00).

(2) Paul R. Amato y Alan Booth, A Generation At Risk: Growing Up in an Era of Family Upheaval, Harvard University Press, Cambridge (1997).

(3) Entre otros estudios, E. Mavis Hetherington y John Kelly, For Better or For Worse: Divorce Reconsidered, Norton & Co., Nueva York (2002).

(4) Steven Nock, 1995: «A Comparison of Marriages and Cohabitation Relationships», Journal of Family Issues 16: 53-76; Susan L. Brown, 2000: «The Effect of Union Type on Psichological Well-Being: Depression Among Cohabitators versus Marrieds», Journal of Health and Social Behavior 41 (septiembre): 241-255; Lingxin Hao, 1996: «Family Structure, Private Transfers, and the Economic Well-Being of Families with Children», Social Forces 75: 269-292; etc.

(5) Entre otros, Suzanne Bianchi, 1999: «The Gender Gap in the Economic Well Being of Nonresident Fathers and Custodial Mothers», Demography 36: 195-203.

(6) Entre otros, Joseph Lupton y James P. Smith, «Marriage, Assets and Savings», en Shoshana Grossbard-Schectman (ed.), Marriage and the Economy, Cambridge University Press, Cambridge (2002).

(7) Entre otros, William H. Jeynes, 2000: «The Effects of Several of the Most Common Family Structures on the Academic Achievement of Eighth Graders», Marriage and Family Review 30 (1/2): 73-97.

(8) Entre otros, I. Sutherland y J.P. Shepherd, 2001: «Social Dimension of Adolescent Substance Use», Addiction 96 (3) (marzo): 445ss.

(9) Amy Mehraban Pienta et al., 2000: «Health Consequences of Marriage for the Retirement Years», Journal of Family Issues 21 (5): 559-586.

(10) Entre otros, Catherine E. Ross y John Mirowsky, 1999: «Parental Divorce, Life-Course Disruption, and Adult Depression», Journal of Marriage and the Family, 61(4) (noviembre): 1034ss.

(11) Ronald C. Kessler y Marilyn Essex, 1982: «Marital Status and Depression: The Importance of Coping Resources», Social Forces 61: 484-507.

(12) Lisa Deal y Victoria Holt, 1998: «Young Maternal Age and Depressive Symptoms: Results from the 1998 National Maternal and Infant Health Survey», American Journal of Public Health 88 (2): 266ss.

(13) Entre otros, Allan V. Horwitz et al., 1996: «Becoming Married and Mental Health: A Longitudinal Study of a Cohort of Young Adults», Journal of Marriage and the Family 58: 895-907.

(14) Sherryl H. Goodman et al., 1993: «Social and Emotional Competence in Children of Depressed Mothers», Child Development 64: 516-531.

(15) Nicky Ali Jackson, 1996: «Observational Experiences of Intrapersonal Conflict and Teenage Victimization: A Comparative Study among Spouses and Cohabitors», Journal of Family Violence 11: 191-203.

(16) Martin Daly y Margo Wilson, «Evolutionary Psychology and Marital Conflict: The Relevance of Stepchildren», en David M. Buss y Neil M. Malamuth (eds.), Sex, Power, Conflict: Evolutionary and Feminist Perspectives, Oxford University Press, Oxford (1996), pp. 9-28.

(17) Martin Daly y Margo Wilson, 1985: «Child Abuse and Other Risks of Not Living with Both Parents», Ethology and Sociobiology 6: 197-210.

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