Elecciones en Italia

¿La normalización del populismo en Europa?

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La victoria sin mayoría de dos partidos anti-establishment en las elecciones italianas del 4 de marzo ha reavivado el miedo a los populismos en Europa, adormecido tras los comicios del año pasado en Holanda y Francia. El auge populista es real, sobre todo en los países donde han entrado en el gobierno. Pero cabe preguntarse hasta qué punto es útil interpretar el momento político de cada país con una narrativa común a toda Europa.

El camaleónico Movimiento 5 Estrellas (Luigi di Maio), que aglutina a descontentos de izquierdas y de derechas con los partidos tradicionales, ha sido la formación más votada con el 32,6% de los votos. El otro vencedor de la jornada ha sido la Liga (Matteo Salvini), populista de derechas, que pasa de tener el 4% de los votos en 2013 al 17,3%. El Partido Democrático (Matteo Renzi) obtiene el 18,7%; y Forza Italia (Silvio Berlusconi), el 14%.

Ni el M5S ni las dos grandes coaliciones en que se integran sus rivales –la de centroderecha (Liga, Forza Italia y otros) y la de centroizquierda (Partido Democrático y otros)– alcanzan la mayoría de escaños para gobernar. Si las negociaciones prosperan, es muy probable que una de las dos fuerzas antisistema acabe en el gobierno. Italia se sumaría así al grupo de países europeos con un partido populista en el ejecutivo; según un recuento de The Economist previo a las elecciones italianas, ahora suman 14, el doble que en 2000.

“El continuo ascenso del populismo es algo que debe medirse década a década, no año a año” (The Economist)

Pero del semanario británico también viene un consejo: “El continuo ascenso del populismo, no obstante, es algo que debe medirse década a década, no año a año”. Es esta perspectiva la que permite medir el desigual avance de los populismos europeos tanto en términos de representación parlamentaria como de influencia indirecta en la agenda de los demás partidos.

El mismo saco para fenómenos distintos

En las elecciones europeas de 2014 se hizo visible el tirón de estas formaciones en buena parte de Europa: el Frente Nacional (FN) francés, el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), el Partido Popular Danés y la Coalición de Izquierda Radical griega (Syriza) fueron los partidos más votados en sus países, con porcentajes de votos en torno al 25%, y casi todos mejoraron sus resultados respecto de los anteriores comicios.

Desde entonces, el populismo ha sido como un río que aparece y desaparece en los medios con cada elección nacional. 2016 fue un año de mucha inquietud: primero, con el triunfo del Brexit (junio), y luego, fuera de Europa, con la victoria del “no” al Acuerdo de Paz con las FARC en Colombia (octubre) y con la de Donald Trump en las presidenciales de Estados Unidos (noviembre).

Para explicar estos tres resultados inesperados se eligió el paraguas común del populismo, aunque no faltaron quienes –con mejor criterio– se limitaron a poner de relieve la coincidencia más evidente: el fracaso de las encuestas previas a las votaciones. Pero tampoco esta interpretación servía para unir hechos tan dispares, que requerían más bien de una lectura en clave nacional.

En Italia, por ejemplo, han entrado en juego factores que no son trasladables al resto de Europa o, al menos, no con los mismos matices: la desigualdad entre el norte y el sur del país; el miedo a la inmigración, agitado por quienes consideran que Italia se ha quedado sola en la acogida a los refugiados en el Mediterráneo; el deseo de cambio frente a la “casta”, cuyas figuras principales en estos comicios eran Berlusconi y Renzi; la fragmentación de una izquierda sin una identidad clara…

Derrotas y victorias

El alarmismo de 2016 se prolongó al año siguiente, jalonado por importantes citas electorales. Las primeras de lo que se llamó el “super año electoral” de la Unión Europea fueron las generales en Holanda, celebradas en marzo. Pese a que el temor al auge de Wilders se convirtió en el gran fantasma de esos comicios, el protagonismo en las urnas se lo llevó el voto fragmentado. El Partido por la Libertad (PVV), de Geert Wilders, escaló hasta lograr 20 escaños, pero quedó por detrás de los liberales de centroderecha (33) y casi empatado con los cristianodemócratas (19) y los liberales de izquierda (19). Relativamente cerca de ese pelotón estaban los socialistas y los ecologistas, con 14 cada uno.

Las presidenciales de Francia, cuya segunda vuelta tuvo lugar en mayo, realmente fueron una sacudida de la política tradicional. Pero el outsider que ganó fue Emmanuel Macron (con el 66,1% de los votos), no Marine Le Pen (33,9%). De nuevo en estos comicios, buena parte de la cobertura mediática se la llevó el Frente Nacional, pese a que el sistema electoral francés de dos vueltas hacía improbable su victoria. En las legislativas de junio, la República en Marcha quedó con 308 escaños; el FN, con 8.

Del UKIP se puede decir que, en parte, murió de éxito. Tras la victoria del Brexit, Farage dio por cumplida su misión y dimitió como líder del partido. Después de varios meses de divisiones internas, la formación terminó por estrellarse en las generales británicas, que Theresa May anticipó a junio de ese año: con el 1,8% de los votos, los independentistas británicos perdieron el único escaño que tenían.

El “super año electoral” dio un giro en septiembre, con las elecciones federales alemanas. Alternativa para Alemania (AfD) entró por primera vez en el Bundestag con 94 de los 709 escaños (12,6 % de los votos) y quedó como tercera fuerza política, por detrás de la Unión Demócrata Cristiana y sus aliados bávaros (CDU/CSU), con 246 escaños, y del Partido Socialdemócrata, con 153.

En el avance del Movimiento 5 Estrellas y de la Liga han entrado en juego factores que no son trasladables al resto de Europa o, al menos, no con los mismos matices

Un mes después, se afianzó esta tendencia con el ascenso del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) en las legislativas de Austria. De los 40 escaños obtenidos en 2013 pasó a 51 (el 26% de los votos). También quedó en tercer puesto, pero a una distancia mucho más ajustada: los democristianos del ÖVP quedaron con 62 escaños; los socialdemócratas, con 52. En diciembre, el ÖVP eligió al FPÖ como socio minoritario para gobernar en coalición.

Está claro que el voto protesta está creciendo en la mayor parte de Europa, aunque no siempre logre éxitos tan tangibles como entrar en un gobierno. Pero un mensaje general de alarmismo no ayuda a esclarecer el peso real de los populistas en cada país.


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