“Hasta que las canas los separen”

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La matrimonial expresión de “hasta que la muerte los separe” puede estarse metamorfoseando en varios países en un “hasta que la jubilación y las canas los distancien”. Las estadísticas indican que, en la segunda mitad de la vida –en particular, en la más avanzada segunda mitad–, es donde se están disparando los divorcios.

Un reciente informe del Pew Research Center, con datos del fenómeno en EE.UU., muestra que en 1990, por cada mil casados mayores de 50 años, cinco se divorciaron. Pues bien: en 2015, ya eran 10. Y si se acotan un poco más los rangos de edad, se advierte que, entre los mayores de 65 años tres décadas atrás, fueron 2 por cada mil los que tomaron la puerta y se largaron de casa del cónyuge, un número que se triplicó hace dos años.

¿Más divorciados mayores que jóvenes? No, ni mucho menos. Las tasas de divorcio de las que parte el segmento de los adultos entre 40 y 49 años es la más alta: de 18 a 21 por cada mil entre 1990 y 2015, bastante más –en números totales– que lo que supone el cambio de 5 a 10 por mil entre los mayores de 50.

Las nuevas generaciones están postergando el matrimonio hasta edades más maduras: si no hay boda, ruptura

Lo que sí llama la atención, sin embargo, es que el incremento ha sido más acusado entre estos últimos. Si el índice de divorcialidad ascendió un 14% para los de 40 a 49 años, entre los mayores de 65 se incrementó en un 300%. En cuanto a los de 29 a 35 años, ¡buenas nuevas! ­–o al menos en parte: de 30 que se divorciaron (por cada mil casados) en 1990, la cifra descendió a 24 en 2015. La explicación, según el Pew, radica en que las nuevas generaciones están postergando el matrimonio hasta edades más maduras. No hay boda, ergo, tampoco ruptura.

Cada vez menos matrimonios en Europa

En otros sitios ocurre de modo semejante. Según la oficina de estadísticas de la Unión Europea (Eurostat), el incremento de los divorcios es un hecho. En el período comprendido entre 1990 y 2014, una amplia mayoría de los países del bloque comunitario vio crecer el número de separaciones, con excepción de la República Checa, Estonia, Lituania, Letonia, Hungría y Finlandia. A la vez, el matrimonio fue entrando en un túnel oscuro, en el que ni los países antes mencionados se han salvado de la tendencia a la baja.

Fijémonos nuevamente aquí en cómo se manifiesta la curva del divorcio en los mayores, más exactamente en los que pasan de 60 años. Según cifras oficiales, en 1994, en el Reino Unido (concretamente en Inglaterra y Gales) se divorciaron 1,7 hombres por cada mil casados, una tasa que aumentó hasta los 2,1 en 2014. En cuanto a las mujeres, la flecha también apunta hacia arriba, aunque menos: de 1,2 divorciadas, pasaron a 1,5.

Otro país donde la tendencia se ha repetido es Alemania. Allí, la web del Instituto Federal de Investigaciones sobre Población refleja que el entusiasmo “divorcístico” caló fuerte a principios de la pasada década, y lo hizo fundamentalmente entre los jóvenes.

Entre 1994 y 2014 disminuyeron los divorcios en la República Checa, Estonia, Lituania, Letonia, Hungría y Finlandia

Los que, sin embargo, han protagonizado cada vez más separaciones desde 1991 han sido los mayores de 50. La gráfica, que segmenta por quinquenios de edad, muestra que los hombres de 55 a 60 que se divorcian son 15 por cada mil, y los de 60 a 65, unos 7. Lo curioso es que incluso los 75 und älter (75 y más) se separan con cada vez mayor frecuencia. Pequeña, sí, pero mayor que en el pasado. Y el esquema referido a las mujeres exhibe un comportamiento bastante parecido. Como que “nunca es tarde”, vamos.

Una alternativa “viable”

El reporte del Pew no especifica demasiado las causas de lo que llama el gray divorce o “divorcio de las canas” (el 34% de las separaciones en EE.UU. es de parejas con más de 30 años de casadas), pero un estudio de 2013, The Gray Divorce Revolution, efectuado por las investigadoras Susan L. Brown e I-Fen Lin, de la Bowling Green State University (Ohio), arroja luz sobre algunos factores que estarían incidiendo en ello.

Uno sería, paradójicamente, el incremento de la esperanza de vida. Según la OCDE, a los 65 años un hombre de EE.UU. puede esperar vivir otros 18 años, y las mujeres 20,5 (en el Reino Unido, la relación es de 18,8-21,3, y en Alemania, muy parecida). Se vive más, con lo cual “disminuyen las posibilidades de que el matrimonio cese con la muerte y se incrementa la exposición al riesgo del divorcio”, señalan las expertas.

Habría, sin embargo, aspectos menos biologicistas en la raíz del fenómeno, como el cambio cultural respecto a la concepción del matrimonio y el divorcio, que estaría ejerciendo una influencia también en los mayores. “El debilitamiento –dicen– de la norma del matrimonio como una institución perdurable, junto al cada vez mayor énfasis en la realización individual y la satisfacción a través del matrimonio, pueden contribuir a aumentar el divorcio entre los mayores (…). Los matrimonios cambian y evolucionan en el transcurso de la vida, por lo tanto pueden no satisfacer las necesidades de uno en las etapas posteriores de su existencia”. Según apuntan las investigadoras, las relaciones duraderas lo tienen difícil para mantenerse en una época de individualismo. Como la actual, se podría añadir.

En Alemania, la tendencia de divorcio de los mayores de 75 ha ido al alza

Lo económico estaría pesando igualmente. La incorporación creciente de la mujer al mundo laboral le otorga un plus de autonomía en cuanto a la toma de decisiones aun en la vejez, habida cuenta de que percibe por ella misma unos beneficios de jubilación. Esa independencia, explican, vuelve el divorcio una “alternativa viable”.

Por otra parte, los que se están divorciando hoy en mayor proporción son los babyboomers, los nacidos entre 1946 y 1964, una generación que conoció altos niveles de bienestar y vivió mayores alegrías económicas, y que, al jubilarse, cuenta con pensiones todavía generosas. Esto, como ancla de seguridad, a muchos parece valerles, por eso abandonan el vínculo y se lanzan a la aventura…, que termina a veces en nuevos matrimonios y nuevos divorcios (el índice de estos es mayor entre los vueltos a casar).

Los ecos de la ruptura

Desde lo psicológico, algunos expertos coinciden en la conjunción del “nido vacío” y la jubilación como un elemento de peso en la crisis del matrimonio: criados los hijos e idos de casa al mismo tiempo que cesan las obligaciones laborales, se producen desajustes en la relación que habría que saber reconducir.

Cuando no es el caso, se ve que las decisiones “autónomas” que aparentemente afectarían solo a la pareja tienen derivaciones no deseadas. Para la familia, por ejemplo. Brown e I-Fen Lin señalan que la relación del hijo con sus progenitores divorciados queda afectada por la ruptura, toda vez que aquel sufre la tensión de tener que prestar ayuda o apoyo social a dos personas distantes entre sí, que en caso de mantenerse unidas se sostendrían mutuamente. Como consecuencia de esto, los nexos intergeneracionales pueden verse remecidos, advierten.

En EE.UU., los que se están divorciando en mayor proporción son los “babyboomers”, que han conocido altos niveles de bienestar y solvencia económica

De igual modo, no siempre el anciano separado tiene a su hijo lo suficientemente cerca o disponible para que le auxilie, con lo cual, la responsabilidad se traslada a la sociedad, cuyas instituciones se convierten en el punto de apoyo más cercano.

La decisión la toma uno, sí, o los dos, pero las implicaciones afectan a todos de alguna manera. Las canas, que siempre han sido sinónimo de sabiduría y buen tino, parece que algunos casos lo son cada vez menos. 

Bajo las cenizas siempre quedan brasas

La palabra, más que el gesto de hartazgo o la indiferencia, puede ser mejor recurso para aquellos matrimonios de tres, cuatro o cinco décadas a los que se les ha pasado por la cabeza la ruptura. Y diálogo es lo que aconseja el programa Retrouvaille a toda pareja que llega en busca de auxilio: que hablen, que perdonen, que vuelvan a confiar…

Vicente Cogollos, activista del programa en Valencia (también hay sedes en Madrid y Barcelona), cuenta que hoy están atendiendo allí a unos 30 matrimonios, más de la mitad de ellos de mayores de 50 o 60 años. Se trabaja exclusivamente en charlas con la pareja, seguidas de encuentros entre los cónyuges para comentar un tema propuesto, durante varias semanas.

Las heridas pueden son muy diversas: falta de diálogo, de soledad, problemas por los hijos, por las familias de origen, por el alcohol o por las drogas. “De lo que se trata es de escarbar en esas cenizas, porque debajo de ellas siempre quedan brasas. Y el resultado es muy positivo. Al final vienen y me cuentan: ‘Yo pensaba que mi marido no se enteraba de esto y esto, y he visto que sí, que estaba sufriendo tanto o más que yo’. Pensamos que el otro no siente nada, porque nos estamos mirando al ombligo, como metidos en un caracol. De ahí los sacamos. ¿Mi mensaje? Que si quieren, pueden. Vale la pena intentarlo”.


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