El asilo ya no es individual sino colectivo

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Cambian los países de entrada, pero se mantiene la presión para entrar en Europa. No se trata, como parece a veces, de una cuestión migratoria, sino de problemas humanos de otra entidad, como los de los refugiados. Son cada vez más quienes necesitan asilo, en sentido estricto, porque huyen de países destruidos por guerras civiles y conflictos ideológicos de no fácil solución a corto plazo.

Ni la Comisión ni el Parlamento europeo, al margen de las declaraciones enfáticas cuando suceden tragedias como las del Mediterráneo, aciertan a plantear políticas que desarrollen los principios proclamados en la Carta de Derechos Sociales de la UE, porque se sigue respetando la soberanía de cada Estado en esta materia.

Pero Europa y el Tercer Mundo necesitan nuevos criterios prácticos para encauzar también la emigración, y no solo a los refugiados. El progresivo envejecimiento de la población impone recibir una mano de obra joven, indispensable en la mayor parte de los Estados europeos. Esas normas deben amparar a inmigrantes dispuestos a cumplir la legalidad, sin tener que poner sus vidas de modo precario en manos de las mafias que trafican con seres humanos.

Alemania se ha convertido en el país con mayor solicitudes de asilo

El debate sobre las cuotas

Ante la presión actual, cobra cada vez más sentido la propuesta de establecer cuotas para la aceptación de un número prudente de extranjeros. Esas cuotas, repartidas por los diversos países, de acuerdo con criterios que combinen PIB, tasa de desempleo, población y número de solicitudes, se aplicarían más bien a los refugiados, por razones de persecución política o conflictos bélicos, que a los movimientos migratorios clásicos: emigrantes en sentido propio que buscan un futuro mejor para ellos y para sus hijos. De ahí su ambigüedad y el posible rechazo de algunos Estados, no necesariamente xenófobos.

Por otra parte, el 3 de septiembre trascendió que la Comisión Europea propondrá a los países miembros el reparto de otros 120.000 solicitantes de asilo, que se sumarían a los 40.000 propuestos a principios del verano. A esto se sumaría un plan para que, en nuevas situaciones de emergencia, se pueda distribuir automáticamente a los refugiados, sin necesidad de reeditar las disputas sobre quién-acoge-a-cuántos, que pueden terminar llevándose, de refilón, el tan valorado derecho de libre circulación por una Europa sin fronteras interiores.

Como señaló en su día el primer ministro francés Manuel Valls, el asilo es un derecho reconocido por normas internacionales ratificadas por todos los países de la UE, por tanto, el número de beneficiarios no puede ser objeto de consideraciones numéricas: o se tiene derecho al asilo o no se tiene. Pero no es fácil seguir sosteniendo esa tesis, cuando el fenómeno no es ya individual, sino colectivo y urgente, como se ve estos días en las fronteras orientales.

El número de solicitantes, al alza

La dura realidad es la del informe anual de ACNUR, la agencia de la ONU para atender a los refugiados: ya en 2013, el número de refugiados, de solicitantes de asilo y desplazados dentro del propio país, había llegado en el mundo a 51,3 millones de personas, superando con creces el número total derivado de la II Guerra Mundial. Y vuelve a crecer una figura que parecía cosa de otros tiempos: apátridas condenados casi a serlo de por vida pueden alcanzar los siete millones según la agencia internacional.

Las víctimas de las inciertas travesías hacia Europa o hacia los Estados Unidos buscan mejores condiciones de vida: en el caso de los niños y de los más jóvenes, posibilidades de estudio y promoción. En cambio, para los refugiados y desplazados como consecuencia de las guerras, se trata simplemente de sobrevivir, aun a costa de abandonar su lugar de nacimiento y un patrimonio quizá exiguo. Llegan cada vez más personas de Afganistán, Irak, Libia, Eritrea o Somalia. El triste récord sigue estando en Siria: una guerra civil que ha obligado a más de dos millones y medio de personas a abandonar sus hogares: 149.600 en 2014. Les siguen iraquíes y afganos.

Surgen iniciativas espontáneas de la sociedad civil para acoger a los miles de recién llegados

El mundo no frena esta sangría, desde que a finales de 2010 se llegó a 43,7 millones de refugiados y desplazados en el mundo, la cifra más alta de los 15 años anteriores. En los balances periódicos de ACNUR, no se incluye a los casi cinco millones de palestinos, principal grupo de refugiados, atendidos por otra agencia de la ONU.

En total, 866.000 personas solicitaron la condición de refugiados en 2014 en alguno de los 44 países industrializados del mundo, 45% más que en 2013, según el último informe. Para los países miembros de la Unión Europea, el incremento es del 44%.

La solidaria reacción ciudadana

En ese contexto, no extraña la información que llega de Alemania, en el sentido de que podrían atender casi 800.000 demandas de asilo. En el último informe de la ONU figuraba en primer lugar, con 173.100 solicitantes, tras EE.UU., con 121.200, y Turquía –como consecuencia de los conflictos en países vecinos: 87.800. Les seguían Suecia –por su raigambre de neutralidad y apertura–, con 75.100, e Italia, 63.700, en gran medida a partir de las pateras que cruzan el Mediterráneo desde el norte de África.

Hoy por hoy, se echa de menos un criterio comunitario efectivo sobre inmigración o derecho de asilo. Aparecen muchas diferencias en los diversos ordenamientos jurídicos, y no se ve fácil en un futuro próximo llegar a un sistema común para los 28.

Claro, que los refugiados no permanecerán congelados a la espera de que llegue el deseado consenso en el tema para poder seguir su camino hacia la UE. Y como continúan arribando y los gobiernos aparentan estar desbordados, florecen las iniciativas espontáneas de la sociedad civil para acoger a los miles de recién llegados. En la estación de Munich grupos de voluntarios acogen a los refugiados que llegan en tren de Viena o Budapest y les ofrecen comida, mantas y ropa. Según reporta El Mundo, en Berlín se ha coordinado una red de voluntarios que ofrecen sus propias casas para alojar a los refugiados, mientras que figuras como la modelo Claudia Schiffer y el futbolista Mesut Ozil aparecen en el diario Bild llamando a la integración y la acogida. En Viena, entretanto, el arzobispado ha anunciado que acogerá a unos mil inmigrantes en sus instalaciones, mientras que en Islandia unos 12.000 ciudadanos se han declarado dispuestos a abrir sus viviendas a los necesitados, frente a los escasos 50 refugiados que el gobierno dice estar dispuesto a aceptar.

Otros gestos solidarios de la gente común, como el de proveer de alimentos y otros avituallamientos a los refugiados, y la protección que les brindan frente a las amenazas de diversos grupos de ultraderecha, son el pan diario en las noticias.

Cobra cada vez más sentido la propuesta de establecer cuotas para la aceptación de un número prudente de extranjeros

No todos son refugiados, pero…

Pero los Estados podrían y deberían hacer mucho más, sobre todo cuando no hay esperanza a corto y medio plazo de que desaparezcan las dificultades reales en los países de origen. Al menos se podría aumentar el número de personas a las que se concedería permiso permanente de residencia. La dura realidad es que, cuando aún no han cicatrizado unas llagas, se han producido nuevas heridas que incrementan el sufrimiento de millones de seres humanos.

Obviamente, no todos los emigrantes son estrictamente refugiados. Muchos son personas que intentan llegar a un país desarrollado para buscar una vida mejor para ellos y sus familias. Pero no es fácil en la práctica distinguir entre situaciones necesitadas de una atención humanitaria, más allá del derecho de asilo establecido, por ejemplo, en la Constitución francesa, en favor de todo tipo de personas que sufran como consecuencia de una falta de libertad.

La Unión Europea y los gobiernos deberían seguir fomentando políticas de cooperación con los países africanos de donde proviene la mayoría de la emigración clandestina. A la vez, habría que intentar poner nuevos medios para encauzar los actuales conflictos, a pesar de la cerrazón de los islamistas radicales. Entretanto, a falta de soluciones de paz, Occidente debe ser más generoso con quienes proceden de lugares donde prevalece la conflictividad social y las contiendas armadas.

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