Dostoievski en Manhattan

Dostoïevski à Manhattan

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Taurus. Madrid (2002). 260 págs. 15,90 €. Traducción: María Cordón.

Este libro va mucho más allá del análisis de los sucesos del 11 de septiembre para convertirse en una profunda reflexión sobre los estragos del nihilismo en los últimos dos siglos. La referencia a Dostoievski hay que buscarla en su novela Los endemoniados (1870), retrato de una banda de jóvenes desarraigados que buscaban la destrucción de la Rusia zarista por medio del terrorismo, arrogándose un derecho de vida y muerte. En este contexto el crimen, la destrucción o cualquier conducta carente de ética no serían tanto un medio para lograr unos fines sino una orgullosa autoafirmación de la voluntad de poder, de un querer construir la propia historia a cualquier precio.

El nihilismo así entendido no es patrimonio de un grupo terrorista, sino que puede influir en las conductas de los gobernantes y de amplios sectores de la sociedad. A los nihilistas no les preocupan en absoluto las consecuencias de sus actos y mucho menos si hacen sufrir a los demás. Pero ya escritores como Flaubert y Dostoievski, tal y como nos recuerda Glucksmann, advirtieron sobre la inmoralidad de construir la felicidad propia a costa de la ajena. Nihilista sería, por tanto, Madame Bovary y equiparable para el autor al piloto suicida Mohammed Atta. Este original planteamiento del autor irritará, por supuesto, a quienes a lo largo del siglo XX han hecho de Emma Bovary una heroína de la transgresión, una fustigadora del orden burgués por medio del adulterio y el suicidio. El "yo no quería..." de la Bovary serviría a muchos para rechazar la acusación de nihilismo, pero eso es desconocer la verdadera esencia de los nihilistas: viven como si el mal no existiera y, en consecuencia, ellos mismos pueden acabar mal. Muchos europeos de hoy se mueven, según Glucksmann, en estas coordenadas.

El otro gran protagonista del libro es Rusia. Glucksmann ha conocido sobre el terreno las atrocidades de la guerra de Chechenia y, en consecuencia, dirige sus críticas contra la Rusia actual y contra la de los últimos tres siglos. Pedro el Grande, Stalin o Putin surgen así como la encarnación de un Estado que se pretende modernizador pero que nunca será civilizador. Los testimonios de Voltaire, Diderot, Puhskin o Chejov sirven de requisitoria contra un Estado que sería nihilista por naturaleza. Ese nihilismo que no verían los gobernantes occidentales, inmersos en una especie de ceguera voluntaria, es para Glucksmann tanto o más inquietante que el nihilismo representado por el integrismo islámico.

Antonio R. Rubio

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