La comunicación política tiene sus reglas. Es verdad que son reglas algo aleatorias, que funcionan solo a veces. Por eso, más que de reglas mejor hablar de líneas rojas. Que esas sí son iguales para todos los políticos de cualquier partido.
No estoy pensando ahora mismo en líneas rojas esenciales –como mentir o deshumanizar al adversario—, sino en unas líneas rojas más de andar por casa, más de agosto. En la comunicación política no puedes hacer el ridículo y no te puedes reír de tus posibles votantes. Que es lo que ha pasado con los posts veraniegos de una parte del Gobierno, empezando por el presidente.
Me parece normal e incluso lógico que los políticos estén en TikTok. Es una presencia que busca el voto joven. El de quien no pisa un mitin ni lee los periódicos pero se informa por las redes sociales. Hasta ahí todo ok, y puedo imaginarme perfectamente a los asesores de comunicación insistiendo al presidente, al jefe de la oposición o al candidato a alcalde para que se abra una cuenta en TikTok: “Jefe, es importante, más que salir en El Hormiguero”. Y me puedo imaginar a los políticos protestar al principio –“pero qué hago yo en TikTok si soy un soso o soy demasiado guapo”– para terminar accediendo después de ver una gráfica con el desplome de votantes menores de 25 años.
En comunicación política, cuando las redes no están acompasadas con la realidad, además de que haces el ridículo, puede parecer que te estás riendo de la gente.
El problema no es TikTok; es pensar que TikTok es un juguete cuando, en realidad, es un arma que carga el diablo. El problema no es TikTok; es qué haces con la cuenta. Y aquí es donde entra la comunicación política. Porque el medio es el mensaje y esto vale especialmente para las redes sociales; que te acercan, que te humanizan, pero que tienen que estar acompasadas milimétricamente con la actualidad. Porque si no lo están, además de que haces el ridículo, puede parecer que te estás riendo de la gente.
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Es lo que ha ocurrido este verano. A priori, no hay nada malo en que el presidente Pedro Sánchez recomiende en su cuenta libros o películas. Es verdad que yo, puestos a que me sugieran títulos, me fiaría más de cineastas, escritores o artistas. O de medios como el que están leyendo, que mucho antes que el presidente, tenía su propia selección de pistas culturales para el fin de semana (fin del momento autobombo).
Al margen de preferencias personales, no hay nada criticable. Además, Sánchez tiene ese aire de medio modelo de El Corte Inglés, medio locutor de teletienda –que lo mismo te vende un traje de Emidio Tucci que una baliza para el coche– que funciona bien en TikTok.
Pero una cosa es recomendar libros un tranquilo fin de semana de mayo y otra muy diferente publicar estos consejos en medio de una crisis migratoria que ha metido a España en un conflicto internacional y tiene a miles de personas sufriendo.
Te puede gustar más o menos Bolaños de tiktoker –es mucho más tieso que Sánchez—, pero escuchar el top de viajes del ministro de Justicia después de un año de grave deterioro institucional produce, en el mejor de los casos, un profundo estupor. Un estupor que se torna en sonrojo cuando habla de su viaje al tribunal de instancia de Herrera del Duque (“no olvidaré nunca la cara de los funcionarios cuando me vieron aparecer”) y en hilaridad cuando, en una súbita conversión al más fervoroso catolicismo, coloca en el top 1 la visita a España del Papa León XIV.
Uno parece reírse de los españoles y el otro hace el ridículo. Red flags.

De Yolanda Fernández y Nadia Calviño no hablo porque han decidido imitar al líder y pasarse también a la crítica de libros. Calviño es más profesional y ha grabado en inglés y en español. Yolanda sigue proporcionándonos momentos cuquis, haciendo corazoncitos con las manos, dando graciñas y hablándonos como si fuéramos sus alumnos de primaria.
Si hay un político que ha sabido utilizar las redes para comunicarse con sus ciudadanos es el presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky. Pocos políticos han tenido su carisma y naturalidad ante una cámara. Pero, el que fuera un popular cómico, cuando estalló la guerra, cambió el gesto y se puso una guerrera verde (luego negra) que no se ha quitado hasta ahora. Se acabaron las bromas, los chistes, los bailes, las camisas blancas y las corbatas. El país estaba en guerra y sus cuentas en Instagram y en TikTok siguieron muy activas… y de luto.
Igualito que en España. Que no estamos en guerra, de acuerdo, pero tampoco para tanto chascarrillo.