El gótico mediterráneo: un viaje de ida y vuelta

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DURACIÓN LECTURA: 7min.
Retablo de san Julián y santa Lucía, de Pere Serra y Jaume Serra. Temple y pan de oro sobre tabla. H. 1384-85. Zaragoza, Monasterio de la Resurrección, Canonesas del Santo Sepulcro (foto: Museo Nacional del Prado)

El Museo del Prado tira la casa por la ventana con la exposición “A la manera de Italia. España y el gótico mediterráneo (1320-1420)”. Más de un centenar de obras de arte –entre pinturas, esculturas y artes suntuarias–, procedentes de 31 instituciones españolas y 25 extranjeras, demuestran cómo los modelos del trecento italiano fueron adoptados por los artistas hispanos del momento dando lugar a un novedoso lenguaje visual. 

La muestra, comisariada por Joan Molina Figueras, jefe de la colección de pintura europea anterior a 1500, y patrocinada por la Fundación BBVA, está abierta hasta el 20 de septiembre. Se articula en torno a cinco secciones temáticas que desvelan la extraordinaria riqueza cultural que floreció en todo el Arco Mediterráneo durante la segunda mitad del siglo XIV. Un auténtico crisol de intercambios artísticos y dieron lugar a un estilo mixto dentro del gótico internacional.

De Italia a Aviñón, pasando por España

La primera sección, “Antes de la peste negra. Declinaciones del arte italiano”, da cuenta de la importación de obras transalpinas en los territorios de la Corona de Aragón, que, gracias a las rutas comerciales y al pujante mecenazgo de reyes, nobles y eclesiásticos, atrajo piezas de orfebrería y manuscritos de gran valor. Estas novedosas propuestas italianas fueron incorporadas de inmediato por los artistas mallorquines, catalanes y valencianos, lo que dio lugar a un singular lenguaje híbrido. Del sienés Ambrogio Lorenzetti hay dos escenas de los prodigios de San Nicolás que permiten apreciar esas características visuales que tanto sedujeron a los clientes hispanos; por ejemplo, la multiplicidad narrativa de representar varios milagros en una misma escena, o la creación de estructuras espaciales a modo de “casa de muñecas”.

Sala de la exposición. En primer plano, el báculo del Papa Luna (foto: Museo Nacional del Prado)

La asimilación de estas nuevas corrientes italianizantes introducidas primero en Mallorca y luego en Cataluña  tuvo sus dos máximos exponentes en la figura de Joan Loert (el “Maestro de los Privilegios”) y en el taller de Ferrer Bassa y su hijo Arnau. Del primero sobresalen los retablos de santa Quiteria y santa Eulalia, procedentes del Museu y de la catedral de Mallorca, respectivamente. Por su parte, el arte de Ferrer Bassa alcanza una de sus cumbres con el “Políptico Morgan”, una obra maestra de extraordinaria delicadeza, elegancia y madurez narrativa. Esta pieza destaca además por su audacia iconográfica: en la escena de la Crucifixión, el maestro introduce el conmovedor detalle de la Virgen María ofreciendo el paño de pureza a uno de los soldados para cubrir la desnudez de Cristo.

El Puente de Aviñón. Intercambios mediterráneos”, la segunda sección de la muestra, está dedicada a la ciudad provenzal que, tras tras constituirse en sede de la corte pontificia a comienzos del siglo XIV, se convirtió en uno de los grandes centros políticos, económicos y artísticos de Occidente. La presencia papal atrajo a numerosos artistas italianos antes de difundir sus modelos por la península ibérica. La urbe actuó como nexo cultural entre Francia, Italia y el resto del Mediterráneo. La llegada a Aviñón de prestigiosos orfebres sieneses puede apreciarse en piezas excepcionales como el báculo del papa Luna (Benedicto XIII), conservado en el Museo Arqueológico Nacional, que incorpora intrincados relieves de plata y esmalte. De las pinturas sobresale un políptico atribuido a Ramón Destorrents, desmembrado después de la Guerra Civil española y cuyas tablas vuelven a reunirse ahora de manera excepcional gracias a préstamos de museos de Lille, Cracovia y Barcelona.

Devoción y oro, mucho oro

Entre la corte y el convento. Nuevas imágenes para nuevos temas”, tercera etapa del recorrido, indaga en el impacto de singulares fórmulas iconográficas que fueron adoptadas por los artistas locales para satisfacer la acendrada piedad de sus ricos comitentes. Trasuntos tan variados como la Virgen de la Humildad, escenas de la Pasión, ciertos motivos franciscanos o de exaltación cortesana se adecuaron de inmediato al gusto de la clientela hispana. La mayoría de estas piezas –tales como pequeños cuadros-relicarios, altares portátiles o retablos– se custodiaban en estancias conventuales y palatinas como parte del ajuar litúrgico.

A este ámbito pertenecen piezas tan insignes como el Relicario de la Verónica de la Virgen de la Catedral de Valencia. El lienzo original, vinculado al rey Martín I de Aragón, apodado “el Humano”, era considerado una imagen aquerópita milagrosa y no hecha por manos humanas. Este doble carácter divino y áulico inspiró fieles réplicas, como las tablas de Llorenç Saragossà y Jaume Cabrera, abriendo el camino hacia la sofisticada evolución lírica de Gonçal Peris Sarrià y Pere Nicolau.

Frontal de la Pasión, de Geri di Lapo. Bordado de sedas policromadas e hilos de oro y plata sobre tela de lino, c.a. 1346-50. Manresa, Basílica de Santa Maria de la Seu de Manresa – Obispado de Vic

La siguiente estancia, “La mirada cautiva. Técnicas fascinantes, nos revela los entresijos de un elemento crucial de la pintura del último gótico: la técnica polimatérica; es decir, la sabia combinación de distintos materiales sobre la superficie de la tabla –estuco, pigmentos, metales dorados, piedras semipreciosas y vidrios– que, trabajados con gran pericia, logran imitar texturas de tejidos de lujo, además de brocados y joyas. En la pintura medieval, el oro, gracias a  su amplio repertorio técnico –bruñido, punzonado, esgrafiado, aplicado a mordiente o graneado–, consigue unos efectos ópticos de gran belleza. Es el mismo oro de tradición bizantina que encontramos en las aureolas de los santos y en el fondo de los cuadros, pero ahora traspasa esos límites hasta convertir la imagen en un objeto precioso próximo a la orfebrería.

Retablo de los Siete Sacramentos, de Gherardo Starnina. Temple y pan de oro sobre tabla, c.a. 1396-97, Valencia. © Museo de Bellas Artes de Valencia, 2026

En este sentido cobra especial sentido el Retablo de San Julián y Santa Lucía, de Pere y Jaume Serra, perteneciente al Convento de las canonesas de Zaragoza. Aquí se alternan escenas del martirio de ambos santos. En ellas aparece Santa Lucía ataviada con un deslumbrante vestido de oro de pequeños triángulos que, gracias a la técnica del graneado, ofrece un efecto de fulgor de gran viveza.

En el mismo espacio hay varios expositores que muestran fragmentos de tejidos de seda con decoración vegetal y de animales, confeccionados en hilo metálico, producto del comercio entre la Toscana y la península ibérica. Unos metros más adelante se encuentra el Frontal de la Pasión, de Geri di Lapo, que custodia la Basílica de Santa María de la Seu de Manresa. Un auténtico retablo de la Pasión bordado con hilos de oro y plata (opus florentinum) y realizado por medio de micropuntadas que consiguen maravillosos efectos tornasolados.

Anticipo del primer Renacimiento

La exposición llega a su punto álgido con “Viajes de ida y vuelta. A la manera de España”, una suerte de giro de guion en el desarrollo de la pintura del gótico tardío. El protagonista es Gherardo Starnina, un talentoso pintor florentino que se trasladó primero a Toledo y luego a Valencia, cuando esta era una de las ciudades más prósperas del Mediterráneo occidental. Esta pujanza económica atrajo a la capital del Turia a numerosos artistas de toda Europa y la convirtió en uno de los epicentros del gótico internacional.

“Virgen de la Humildad”, de Gherardo Starnina. Temple y pan de oro sobre tabla, c.a. 1400. Cleveland, The Cleveland Museum of Art, Leonard C. Hanna, Jr. Fund

De su etapa toledana se exhiben, recién restauradas, la pareja de tablas con San Simón y San Mateo Apóstol, de la Catedral Primada de Toledo. Ambos santos portan unos mantos de vibrante colorido, insertos en unos marcos con decoraciones de lazo de tradición mudéjar, que delatan nuevamente ese mestizaje de estilos. Tampoco hay que perderse el flamante Retablo de los Siete Sacramentos, del Museo de Bellas Artes de Valencia.

Cuando Starnina regresa a Florencia revoluciona la pintura local, todavía aferrada a los modelos heredados de Giotto, con un lenguaje refinado y elegante, de colores luminosos y una sensibilidad más cercana al gusto cortesano. Buena prueba de ello es su bellísima Virgen de la Humildad, del Museo de Cleveland, una obra que debió causar una profunda impresión en Lorenzo Monaco y en Fra Angelico, y que anticipa el camino hacia el primer Renacimiento. 

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