En Canarias, León XIV pide “un examen de conciencia” sobre la inmigración

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ARGUINEGUÍN (GRAN CANARIA), 11/06/2026.- El papa León XIV saluda a la voluntaria que leyó el testimonio de Blessing. Foto: EFE/ Angel Medina G. POOL/Conelpapa.com

Tres encuentros centrados en los migrantes, dos Misas multitudinarias y una reunión con sacerdotes y religiosas de la diócesis de Gran Canaria han protagonizado la estancia de León XIV en las islas Canarias, que por primera vez en su historia acogían a un Pontífice en su tierra. La expectación era inmensa. Y, como se esperaba, el Papa lanzó un mensaje de acogida a los inmigrantes basado en la caridad cristiana, sin olvidar una llamada, como ha reiterado en otras ocasiones en este viaje, a las raíces católicas de España, no en tono nostálgico, sino esperanzado. 

“Regreso a Roma conmovido por el gran afecto con el que me han recibido, y reconfortado por los testimonios de fe y de amor a la Iglesia, expresiones del gran corazón católico de España”. Con estas palabras se despedía León XIV de su estancia en Canarias, colofón de su visita de ocho días a España. Al concluir la multitudinaria Misa en el muelle de Tenerife, y con el Cristo de La Laguna presidiendo el altar (era la primera vez que la talla salía de su santuario lagunero), manifestaba: “Desde este puerto, que lleva el nombre de la Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero. A todos quisiera repetirles el lema de este viaje: «¡Alzad la mirada!». Sí, dirijamos la mirada a Cristo Crucificado; su Corazón es la fuente de la misericordia, la única que puede salvar a la humanidad necesitada de perdón y de reconciliación para alcanzar una paz verdadera y duradera”. 

En estos dos días, León XIV ha ofrecido una completa mirada sobre esta realidad que marca la sociedad canaria. En su primer encuentro, nada más llegar, en el muelle de Arguineguín de Gran Canaria, con numerosas autoridades políticas presentes, tuvo ocasión de escuchar testimonios de inmigrantes y personas que trabajan en el salvamento. Ante ellos, expuso que “la acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios”. “Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego ‘pasar de largo’ ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso”.

Insistió: “La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”. Y, dirigiéndose a los migrantes, añadió: “Antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida”.

“Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?” (León XIV)

En un texto programático sobre la emigración, pidió: “Este drama debe convertirse en examen de conciencia”. Para todos: “para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo”; “para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales”; “para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”; “para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante”. 

“No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”, sentenció.

“No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido”, denunció el Papa. “Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?”

Qué hacer

El Papa pidió medidas para afrontar el desafío: “La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra”. 

Recordó que, “si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin que la tierra se vuelva inhabitable”. 

Cada uno puede hacer algo. Lo primero, “la conversión de la mirada”: “La misericordia comienza con gestos pequeños: a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche”. 

Con realismo, el Papa explicó: “No se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde aún pueden hablar los gestos. Gracias de corazón a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y cambiar vidas”. Poco antes, en Arguineguín, un capitán de Salvamento Marítimo había explicado que en casi una decena de años había salvado a doce mil personas de las aguas del océano.

El Papa quiso señalar los “monstruos que acechan estos mares”: por un lado, “mafias que trafican con la desesperación”, “tratantes que esclavizan a mujeres y niños” y, por último, “la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido”. León XIV acababa de escuchar la historia de Blessing, una joven nigeriana que acabó víctima de la trata, después de un dramático viaje desde África en cayuco. 

Al día siguiente, en su homilía en el muelle de Santa Cruz de Tenerife, el Papa insistió en que “ningún ser humano es una isla; la ubicación geográfica de esta diócesis y los desafíos pastorales que la comprometen atestiguan que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje”.

Integrar “no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria”

Reivindicó una solidaridad enraizada en algo más profundo: los sentimientos del Sagrado Corazón de Jesús, cuya fiesta se celebraba. En la víspera, día 11, en la Misa en el estadio de Las Palmas, el Papa habló de la gratuidad del amor de Dios, “en la que hunde sus raíces nuestra vocación al amor, que no está fundada en el cálculo, ni en el mero sentimiento, ni es reducible a simple filantropía, sino que invade todo nuestro ser”. 

Agregó que la caridad cristiana “no debe ser mero asistencialismo, sino integrar a las personas, para su plena realización –espiritual, intelectual y física– y su inserción digna y constructiva en la comunidad”. Una idea clave que repetiría posteriormente.

En el encuentro con sacerdotes y religiosos en la catedral de Santa Ana de Las Palmas, sin abandonar la cuestión de la caridad, habló de dos actitudes (“pautas de navegación”) del cristiano ante la vida: abrazar la cruz de Cristo (“y ustedes lo hacen cotidianamente, por ejemplo, como cireneos, acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida”) y “cultivar una espiritualidad eucarística”, que lleva a la unidad eclesial y a la solidaridad con los demás. 

Un proceso ante el inmigrante

En su encuentro con las realidades de integración de los migrantes, en la Plaza del Cristo de La Laguna de Tenerife, el Papa puntualizó cómo debe ser la integración: “No significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria. Tampoco significa crear mundos paralelos, cerrados unos a otros. Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro”. También puso deberes al migrante: “Abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones”.

Y dio un mensaje concreto a los católicos: “Que la integración no quede reducida a una tarea social. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza”. 

Habló de una segunda integración: “Existe también un naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad. Integrar es impedir ese segundo naufragio”.

A quienes se aprovechan de la desesperación, les conminó: “Deténganse. Conviértanse. Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio. Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido”.

La presencia del Papa ha dejado huella en las Islas. En tantos migrantes a quienes ha saludado. En tantísimos canarios que le han podido ver de cerca y contemplar su emoción. Por ejemplo, unas jóvenes explicaban al borde de las lágrimas tras el encuentro de la catedral de Santa Ana cómo León XIV les había estrechado la mano. Una de ellas, con cáncer, y a quien el Santo Padre había bendecido y la había regalado un rosario, expresaba: “Esto me da confianza en mi lucha”.

Un taxista, el último día, hablaba de cómo le había alegrado cómo expresaba su emoción el Papa, por ejemplo, en la Misa en el estadio de Gran Canaria, donde se le vio al borde de las lágrimas. León XIV ha predicado con el ejemplo sus palabras sobre la caridad, en pequeños detalles como emplear la expresión del “ustedes”, común en las islas, en vez del “vosotros”; o en estar pendiente de que cada uno de los que intervenían en los diferentes eventos recibiese un rosario de obsequio; o en detenerse, cuando era posible, en sus recorridos, estrechando manos a la vez que miraba a los ojos a la persona.

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