Se suceden las reacciones a Magnifica humanitas, la encíclica de León XIV sobre la IA. Entre las que han aparecido en la prensa generalista, me han parecido significativas, cada una por razones diferentes e incluso opuestas, las escritas por Máriam Martínez-Bascuñán en El País (31 de mayo) y por Alberto Olmos en El Confidencial (30 de mayo).
Vaya por delante mi veredicto personal: me parece más interesante la primera que la segunda, y no porque aquella sea más bien elogiosa con la encíclica y esta bastante crítica. Tampoco por cuestiones estilísticas (aunque creo que la voluntad de estilo explica parte de los defectos del texto de Olmos). Considero que el comentario de Martínez-Bascuñán es más profundo, más inteligente, y también más honesto y valiente. Con todo, creo que tanto uno como otro revelan dos formas de miopía respecto de la religión, una más común entre la izquierda actual (o cierta izquierda actual), y otra entre la derecha (igualmente, entre cierta derecha).
La valentía de fijar criterios morales
Martínez Bascuñán elogia la encíclica porque se atreve a hacer lo que debería hacer –y, en su opinión, cada vez hace menos– la política: “invocar un estándar frente al cual medir la desviación”; es decir, apelar a unos valores universales que permitan valorar si una conducta o una determinada situación (en este caso, la irrupción de la IA en la vida cotidiana) es justa o injusta, acorde con la dignidad humana o impropia de ella.
Para la autora, últimamente la política ha perdido esta capacidad porque cada vez más se entiende a sí misma –y se practica– como un mero juego de fuerzas, un tablero en el que la única victoria consiste en la eliminación del otro. Si estas son las reglas, poco importa quién tenga razón, ni siquiera cuál sea el estándar que permita juzgarlo: se rechaza cualquier argumento que venga del enemigo, por su misma denominación de origen y sin molestarse en sopesar su valor. Esto resulta especialmente grave cuando se discuten asuntos con repercusiones morales. “Si ya nadie puede decir ‘esto es injusto’ y ser oído, porque pensamos que toda vara es una ficción o una máscara de poder, si toda crítica se lee como jugada de bando, entonces el único que aún puede decir ‘esto no es permisible’ y ser escuchado es quien habla desde fuera del juego”. Según Martínez-Bascuñán, el Papa es quien habla “desde fuera del juego”, y por eso recibe legitimidad, no tanto por el contenido de sus argumentos, que la autora no entra a valorar.
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El prejuicio epistemológico de la izquierda ilustrada
Para ella –y aquí aparece la miopía de izquierdas–, la credibilidad del Papa no deja de ser, en el fondo, una mala noticia. En primer lugar, porque su autoridad no resulta plenamente legítima, puesto que “no rinde cuentas a nadie” (en este sentido, la asemeja a la que pueda tener “un mercado” o “un caudillo”). En segundo lugar, porque el enfoque de León XIV sobre la cuestión le parece “esencialista” (en tanto que señala los peligros que la IA entraña para la dignidad humana), cuando –en opinión de la periodista– lo que está en riesgo no es qué somos, sino qué mundo estamos construyendo; un ámbito que le pertenece en exclusiva a la política.
En el fondo, ambas críticas son la misma, y revelan, más que un defecto de la encíclica o de la autoridad del Papa, un prejuicio epistemológico tan arraigado en la izquierda que con frecuencia resulta invisible a ojos de sus partidarios: el de pensar que la única voz que tiene permiso para comparecer en el debate público es la del “pueblo”; un pueblo entendido, además, únicamente como sujeto político, es decir, convenientemente “purgado” de sus convicciones religiosas.
Martínez-Bascuñán no entiende, en primer lugar, que los argumentos teológicos (y los filosóficos, que son igual de “esencialistas”, por usar el término de la autora) no solo tienen todo el derecho a comparecer en el ágora pública, sino que con frecuencia sirven para iluminar el debate y corregir precisamente esa tendencia al “juego de poder” que continuamente amenaza a la política, y que tanto lamenta la autora. El valor de esos argumentos, eso sí, debe ser juzgado según el mismo criterio racional que se usa para los que vienen de otros ámbitos. En el caso de la reciente encíclica del Papa sobre la IA, habrá que valorar si el análisis que hace de la situación y de los riesgos asociados a esta tecnología, o las propuestas de actuación, son sensatas o no. Minusvalorarlos por su procedencia es caer en el mismo error que se achaca a la política actual.
En cuanto a lo de “no rendir cuentas a nadie”, Martínez-Bascuñán parece no percibir o entender que, si de lo que se trata es de evitar personalismos propios de autócratas, el Papa tiene tanta responsabilidad como el político: si este tiene que responder en último término ante la ley, el Sumo Pontífice se debe al patrimonio de la fe, del que no es propietario.
La pose de la derecha posmoderna
Si la miopía religiosa en el análisis de Martínez-Bascuñán, representativo del de cierta izquierda, es de tipo epistemológico, la que se observa en la columna de Alberto Olmos revela una actitud frecuente en una cierta derecha moderna: la de un escepticismo –que se vende como realismo– hacia todos los grandes “relatos”, incluido el de la religión. Esta “postura” –o pose– posmoderna, que la derecha ha arrebatado a la izquierda y que ha encontrado en la columna periodística su vehículo de expresión predilecto, lleva aparejada un tono propio: la socarronería resabiada del “¿A mí con esos cuentos?”.
Y no seré yo quien niegue a la ironía su lugar en el periodismo. El problema viene cuando con esa mueca típicamente adolescente se intenta despachar un asunto serio, en este caso el contenido de una encíclica que, a juzgar por el título de la columna (Me da igual lo que opine el Papa de Roma sobre la Inteligencia Artificial), el autor no ha leído.
Olmos se pasa una buena parte del artículo haciendo bromas sobre algunas expresiones utilizadas en la encíclica (es lo que tiene no haber leído el texto, que uno se tiene que agarrar a palabras concretas): que si es redundante decir “persona humana” (realmente lo es casi siempre); que si es una obviedad afirmar, como hace el Papa, que la tecnología no puede hacer más humano al hombre, porque la humanidad no admite grados (respuesta: la palabra humanidad, como seguramente no se le escape a Olmos, es polisémica, y en uno de sus sentidos sí admite grados).
El caso es que, ocupado como está en hacer chistes de salón, el autor acaba diciendo muy poco sobre el fondo del asunto. Y cuando lo dice, no resulta muy coherente. Por ejemplo, critica a León XIV por entrar a un debate “que ya estará desfasado dentro de un par de años”, y también, solo unas líneas después, por limitarse a decir frases generales. Pero, entonces, ¿en qué quedamos? ¿No es lo más sensato y prudente, precisamente porque la tecnología cambia rápidamente y porque León XIV no es un programador informático sino un guía espiritual, que la encíclica se quede en criterios generales?
De hecho, si Olmos se hubiera tomado la molestia de leer el texto, encontraría que el Papa explica la razón de haber escogido este enfoque: la doctrina social de la Iglesia, en la que se inserta deliberadamente su encíclica, se ofrece a los fieles no como un conjunto de recetas particulares –que efectivamente caducarían pronto–, sino como una guía que invita al discernimiento personal, puesto que las circunstancias de cada uno son muy distintas (MH, introducción –puntos 3 y 6, especialmente– y capítulo 1 –puntos 24 y 27–).
Una pregunta urgente
En el fondo, el comentario de Martínez-Bascuñán y el de Olmos ejemplifican dos respuestas fallidas a una pregunta cada vez más urgente: ¿podemos volver a ponernos de acuerdo en unos criterios morales que den sentido y dirección al debate público y a la política? Martínez-Bascuñán (que representa a una izquierda “ilustrada”, que no es toda la izquierda) piensa que sí, aunque un viejo recelo laicista la lleve a excluir a la religión de esta tarea. Peor, en mi opinión, es la respuesta de Olmos (representativa de una derecha posmoderna, que tampoco es toda la derecha), que despacha el debate con unos pocos juegos de palabras y caricaturas, como si el esfuerzo dedicado a pensar en esos principios universales fuera inútil.
Aunque ninguno de los dos acierte a interpretar al Papa, creo que está más cerca de hacerlo la primera que el segundo. Se cura antes la miopía que la frivolidad.