La Iglesia que no sale en los medios

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La Iglesia que no sale en los medios
El hospital psiquiátrico mencionado en el artículo

Estos últimos meses, por una serie de circunstancias –entre otras cosas porque se murió un Papa y eligieron a otro– he dedicado bastante tiempo a seguir la información sobre la Iglesia.  

Una información que, para cualquier periodista, tiene el riesgo de convertirse en política. Y a los hechos me remito. Hoy, muchos medios religiosos –nacionales e internacionales– informan de la vida de la Iglesia como informarían sobre los partidos que concurren a unas elecciones. Cada periodista busca a su obispo, cardenal o incluso Papa de cabecera (porque, eso sí, es todo bastante clerical), y dispara contra el bando contrario. Lo de menos es el tema, que es una mera excusa. Lo de más es apuntarse un titular. Nos salva que aquí las únicas elecciones que se celebran son de pascuas a ramos en un Cónclave. Si no, tendríamos hasta pegada de carteles. Todos con sus alzacuellos.  

Y que conste que pienso que la culpa no la tienen tanto los sacerdotes, obispos o cardenales –aunque alguno hay al que le priva un canutazo o una buena pelea en X– sino la dinámica propia de los medios y la indisimulada atracción que los periodistas tenemos por el conflicto. Que, por cierto, es algo muy cinematográfico. Decía Linda Seger que, sin conflicto no hay drama y, por lo tanto, no hay película. Ni noticia sobre la Iglesia, piensan muchos periodistas. 

Me acordaba de esto porque, el otro día, también por otra serie de circunstancias, terminé celebrando el patrón de Madrid, San Isidro, yendo a misa en un hospital de salud mental de la capital. Un hospital de enfermos graves, muy graves. Víctimas, la mayoría, de severas adiciones. Iba con mi hermano, que me habló de Los renglones torcidos de Dios mientras nos cruzábamos con pacientes que fumaban compulsivamente en los pasillos mientras otros gritaban improperios sin que a nadie le afectara lo más mínimo. Eran renglones torcidísimos. 

La misa –vista por un observador ajeno– fue un espectáculo. En una capilla enorme, una docena de asistentes esperaban el inicio de la ceremonia. Desorientados, pululaban entre los bancos, encendían y apagaban las velas o se saludaban con sonoros abrazos. La verdad es que –con semejante jolgorio– dudé por un momento si aparecería el celebrante. Pero allí estaba. Un sacerdote de unos 60 años, perfectamente revestido, que arrancó con los ritos iniciales como si estuviera en la catedral de la Almudena. Se le notaba oficio. Entonó el Yo confieso ignorando el extraño baile de uno de los presentes. Invitó a dos pacientes a hacer las lecturas con su lengua de trapo y su mirada perdida y pronunció una homilía sobre la virtud de la paciencia y la importancia de preocuparnos por los demás, como si estuviera hablando a CEOs de Silicon Valley. Sin un ápice de paternalismo. Y con la exigencia de quien está convencido de hablar a hijos queridísimos de Dios, con capacidad de ser santos aunque estén enfermos. En mitad de su enseñanza, alguien le preguntó, desde el último banco y en un idioma ininteligible, que cuándo llegaba el Papa. “El 6 de junio –contestó el cura–, pero ahora no toca el Papa, toca San Isidro”. Y siguió. 

Reconozco que, con lo del viaje del Papa, desconecté, pensando en qué poco reflejamos la realidad de la Iglesia quienes escribimos en los medios sobre ella. En qué poca importancia deben de tener las disputas sobre la sinodalidad o la misa tradicional para el sacerdote que celebra cada día su misa de 17:30 en este hospital madrileño. En el nulo interés que tendrán para esta docena de locos las controversias sobre las bendiciones a homosexuales o el modo correcto de recibir la comunión.  

Y no digo que no tengan importancia estos temas, que la tienen, pero la realidad de la Iglesia es mucho más amplia y mucho más profunda que nuestros estrechos límites informativos. Hay una Iglesia que no sale en los medios y que, paradójicamente, es muy poderosa. Y los periodistas –con lo que nos gusta interrogar a los poderosos– nos quedamos ciegos ante ella. Y la información religiosa resulta coja, muy coja, si no reflejamos esa otra realidad. 

Me quedé con ganas de entrevistar a ese sacerdote y de preguntarles a esos feligreses. Si un periodista se valora por sus fuentes, pensé que no había ninguna mejor a la que acudir en aquel momento. Pero el cura estaba atendiendo a sus fieles y tocaba irse.  

Mientras salíamos, el paciente que había interpretado el baile en mitad del Yo confieso se acercó a mi hermano, que tiene esclerosis múltiple: “Que se mejore, señor”, le deseó. Y pensé que, claramente y a pesar del baile, se había enterado de la homilía.

Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta

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