La abolición del pensamiento

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“El pensador”
“El pensador”, de Auguste Rodin (CC Nicolás Pérez)

Cuando en política internacional dominan ocurrencias estrafalarias, cuando para millones de personas el ideal es tener miles de likes, cuando prolifera una literatura casi prefabricada por IA, cabe pensar que lo que está desapareciendo es el pensamiento, en el sentido de la profundización sobre qué es la realidad.

La ocasión para todo eso es la facilidad del uso de los dispositivos informáticos, con innumerables variedades: no hay día en el que no te inviten a bajarte una aplicación. De todos esos dispositivos se favorece al teléfono móvil, entre otras razones porque a través de él es más fácil el control de los usuarios. “Nada sin mi móvil” parece ser un deseo generalizado, con frecuencia desde la infancia.

Una servidumbre voluntaria

A través del móvil es posible una nueva modalidad de esa “servidumbre voluntaria” sobre la que escribía, en el siglo XVI, Étienne de la Boétie, amigo de Montaigne: “Son los pueblos mismos los que se dejan, o más bien se hacen devorar, pues dejando de servir se librarían de él. Es el pueblo el que se subyuga, el que se degüella, el que pudiendo elegir entre ser siervo o ser libre, abandona su independencia y se unce al yugo; el que consiente su mal o, más bien, lo busca con denuedo”.

La constante invitación a seguir lo inmediato, a no perderse lo último, a ir detrás de lo viral es un perverso entrenamiento de la dispersión

De la Boétie se refiere al tirano físico, pero en nuestros días se han desarrollado las tiranías tecnológicas, fundadas en definitiva en la ganancia, el dinero, la “auri sacra fames”, la maldita hambre de oro (Virgilio), o “prostituta universal del género humano” (Shakespeare, Timón de Atenas). Sus esbirros son los algoritmos en los que la calidad es sacrificada a la cantidad.

Cultura es cultivo

La constante invitación a seguir lo inmediato, a no perderse lo último, a ir detrás de lo viral es un perverso entrenamiento de la dispersión, del deseo afanoso de estar a lo último, aunque lo último sea una completa inanidad. Es en ese clima donde se va gestando la abolición del pensamiento. Porque para el pensar es muy conveniente la metáfora de “cavar”. El pensamiento pide profundidad y pide cultivo. La palabra “cultura” se acuña como un derivado de “agricultura”, ya desde Cicerón.

No pocos diarios digitales o revistas o páginas web están llenos de titulares que quieren ser pinchados por encima de todo, del estilo de “soy cardiólogo y esto es lo que tiene que hace para cuidar tu corazón”, o “soy dietética y este es el alimento que no puedes tomar”. Esa perspectiva facilona ayuda a que para un número creciente de personas el fondo sea la superficie.

No es factible ni deseable prescindir de la tecnología informática. Casi todos los inventos debidos a las ciencias y a las tecnologías vienen para quedarse, pero no se puede olvidar, a la vez, que, con algunos de ellos, como la energía nuclear, en forma de bomba atómica, se asesinó a unas 200.000 personas, civiles, en Hiroshima y Nagasaki, y desde entonces pende sobre la humanidad como mortíferas espadas de Damocles.

Una cura de silencio

La (in)cultura de lo inmediato puede hacer descender el nivel mental y moral de la humanidad si no es compensada con la profundidad del pensamiento. Frente al ruido virtual y digital, el silencio, el retirarse a las propias soledades: “A mis soledades voy, / de mis soledades vengo / porque para estar conmigo / me bastan mis pensamientos” (Lope de Vega).

Es en el silencio donde se cultiva la interioridad que es, a su vez, la casa de la verdad. “No vayas fuera, vuelve a ti mismo: en el hombre interior habita la verdad” (san Agustín, De vera Religione). Y un agustiniano como Pascal dejó escrito en Pensamientos, con una pizca de exageración, pero con un fondo de verdad, que “todas las desgracias de los hombres provienen de una sola cosa: no saber estar tranquilos en una habitación”.

Es también Pascal quien, en esta reflexión, se dio cuenta de qué ocurre cuando no hay una profundización en el pensar: “El hombre está hecho visiblemente para pensar; ahí radica toda su dignidad y todo su mérito. Su deber consiste en pensar como es debido. Ahora bien, el orden del pensamiento es comenzar por sí mismo, y por su Autor, y por su fin. Pero, ¿en qué piensa el mundo? Jamás en eso, sino en danzar, jugar, cantar, hacer versos, correr la prenda, etc., batirse, hacerse rey, sin pensar en qué es ser rey y en qué es ser hombre”. Sería fácil sustituir algunos de esos ejemplos del siglo XVII (otros siguen siendo los mismos) por algunos de este siglo: jugar con el móvil, horas enteras en redes sociales, leer por imitación literatura comercial, comprar compulsivamente en trampas de márquetin, como el Black Friday, y así.

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