1983, un grupo de seis hombres armados entraron en el almacén británico de Brink´s-Mat. Para su sorpresa, encuentran de manera casual un botín inesperado: lingotes de oro, nuevecitos, por valor de 26 millones de libras. Se convirtió en el mayor atraco de la historia de Reino Unido, al que siguió una compleja operación de transformación y blanqueo de dinero que implicó a distintos estratos de la sociedad británica.
El guionista escocés Neil Forsyth (Dance First, Guilt), recrea con gran clasicismo esta historia de polis y cacos, que sigue conteniendo aspectos enigmáticos, fuente de muchas teorías de la conspiración.
Posee una narrativa ágil pero bastante contenida en la representación de la acción. Se juega con la intriga pero sobre todo con los efectos de la corrupción a todos los niveles. Eso sí: sin perder la flema y elegancia británicas en ningún momento. Estamos ante una serie de ambientes y de personajes, con una buena ambientación, especialmente al recrear la década de los ochenta, el clima político del gobierno de Thatcher, el problema del IRA (que aparece solo de refilón) y la emergencia del crimen y la delincuencia en el south London.
Resulta también curiosa la aparición de la masonería, auténtico obstáculo cuando la corrupción alcanza al establishment. Algunas de estas tramas terminan por quedar un poco deshilachadas, bien porque fueron opacas en la realidad, bien porque la historia termina por centrarse en el equipo de investigación. Este está liderado por Hugh Bonneville (Downton Abbey), como hombre íntegro que trata de seguir el rastro del oro junto con una pareja de investigadores noveles. Es una operación a contrarreloj y casi imposible, tanto por la volatilidad del oro como por la cantidad de implicados y su aparente desconexión.
Son especialmente interesantes los retratos de los cabecillas de la operación de blanqueo, entre ellos el personaje de Goldfinger encarnado por Tom Cullen (Días de ceniza, 2025), responsable de trasladar parte de la acción a la Costa Blanca española y que protagoniza la segunda temporada (nominada al BAFTA como mejor drama el año pasado). Las dos temporadas mantienen una perfecta unidad de estilo en su narrativa, algo que se agradece ante la maraña de hilos en la que se convierte la historia.