Guayaquil.– La época de los grandes relatos nacionalistas latinoamericanos parece empezar a resquebrajarse. No es solo por el boom de libros contra la “leyenda negra” que se han publicado en España en los últimos años, sino porque los propios latinoamericanos están empezando a echar la vista atrás e intentando comprender su pasado y reconciliarse con él, de tal manera que el presente se vuelva más soportable y el futuro albergue algo más de luz. Gabriela Calderón de Burgos está en ese caso.
Ecuatoriana, columnista e investigadora del Cato Institute, Gabriela Calderón de Burgos publicó el año pasado En busca de la libertad. Vida y obra de los próceres liberales de Iberoamérica (Crítica), libro que cuenta la historia de diez líderes de los procesos de independencia del nuevo continente. Muchos de estos personajes, como Juan Hipólito Vieytes, Juan Germán Roscio, José Ignacio de Pompo y Vicente Rocafuerte, se encuentran olvidados, sobre todo por los propios latinoamericanos. Gabriela está convencida de que sus historias deben ser recordadas.

— ¿Por qué crees que vale la pena contar la historia de estos diez personajes?
— Me parece que es importante tener una historia de origen clara y que no sea politizada. Hay muchas cosas que se han politizado en el diario vivir de los latinoamericanos, y para nosotros es inconcebible, por ejemplo, una constitución no politizada. Lo normal ha sido que la constitución refleje el partido político que está en el poder.
Lo mismo ocurre con la historia. Se crea un relato para justificar los Estados que surgieron de esos conflictos y toda una epopeya de cómo lucharon los nativos ecuatorianos contra los españoles cuando realmente no existía el proyecto Ecuador. Y dentro de los grupos podemos decir que no había ecuatorianos, sino que eran criollos, peninsulares, realistas, radicales.
Porque luego viene la gente que toma un relato del pasado y lo trata de poner al servicio de una agenda política de hoy. Tienes a Hugo Chávez diciendo que Bolívar era un proto-socialista. Entonces, tienes que librarte de ese ropaje de agendas políticas y tratar de entender lo que pasó.
— Hablas de las guerras de independencia, más que como un punto de llegada, como un punto de partida. Varios de los próceres, como Manuel Belgrano (Buenos Aires, 1770-1820), no eran separatistas, ni tenían en mente la fundación de un Estado-nación. ¿Cuáles eran sus principales motivaciones?
— Si estudias cuáles eran los incentivos de estos actores, empiezas a ver algo muy diferente. Muchas veces se trata de debates que no han terminado y que reviven. Por ejemplo, hoy en día, aquí en Guayaquil se está debatiendo la ley propuesta por el presidente Daniel Noboa acerca de las transferencias del Gobierno central a los gobiernos locales. Son discusiones que tenía José Joaquín de Olmedo con Juan José Flores en la década de 1830 y que nunca han muerto. Los próceres que describo en el libro tienen argumentos válidos que se sostienen a través del tiempo, que todavía son relevantes, porque se basan en principios.
Los próceres no tenían un proyecto de país, pero tampoco estaban contentos dentro de aquel todo gigantesco. Intentaron, hasta muy adelantados los tiempos, una reforma dentro del imperio. Y como último recurso, la independencia.
Pero incluso cuando deciden lanzarse a ese vacío y ensayar una república, lo hacen inspirados en la Constitución de Cádiz. Casi todas las constituciones tienen la influencia de Estados Unidos. Cuando estaba escribiendo el libro, me sorprendió que hubiera mucha discusión sobre la Revolución Americana, más que sobre la Revolución Francesa. Pero ahora me doy cuenta de que la influencia que más pesó fue la española: la ilustración española y su síntesis en la Constitución de Cádiz, que fue redactada en una asamblea donde decenas de representantes eran de las Américas.
Es interesante que en todo el imperio español y en las Américas se crearon plazas de la Constitución para celebrar la proclamación de la Constitución de Cádiz en 1812 (supuestamente, la única que sobrevive está en San Agustín, Florida: se llama Plaza de la Constitución, pero por ahí pasará un gringo y pensará que es de la Declaración de 1776…). Por las distancias y las comunicaciones, es en 1813 que recién se la proclama y se pone en vigencia en estos reinos ultramarinos. Pero en 1814 llega Fernando VII, disuelve las Cortes y deroga la Constitución.
Ilustrados
— Los próceres que describes eran hombres liberales de la Ilustración. Citaban y tenían en su biblioteca obras de Adam Smith, Montesquieu y John Locke, pero también de intelectuales como Juan de Mariana y Francisco de Vitoria, de la Escuela de Salamanca. ¿Qué influencia tuvieron estos autores hispanos en la formación de los próceres?
— La mayor influencia es la menos conocida y la menos discutida. En nuestros colegios nos enseñan a Rousseau y a Locke, pero no nos enseñan acerca del legado español, que viene con la Constitución no escrita que existía antes de Cádiz: las libertades antiguas dentro del imperio español que se reclamaban en los albores de la independencia. Es algo similar al relato de la Revolución Americana, porque los próceres de Estados Unidos les reclamaban a los ingleses las English Liberties, y le decían al rey Jorge que se había excedido en sus poderes y lo único que querían era ser tratados igual ante la ley. Y se consideraban ingleses, no renegaban de su herencia común.
Eso es algo que está muy en línea con la tradición democrática de los Estados Unidos. El We the People es un concepto que no veo muy distinto al Pacto de Suárez, que es lo que más influye en todas esas actas de preindependencia, cuando se autoconvocan los cabildos ante el secuestro de Fernando VII en Bayona.
“Se cuenta como si no hubieran llegado las ideas de la Ilustración, por esta caricatura que cuenta que el imperio español suprimió el acceso a esas ideas”
— Recuerdo que en el colegio leímos Common Sense de Thomas Paine, pero jamás leímos la Carta a los españoles americanos de Juan Viscardo y Guzmán. ¿Es sintomático que esté titulada “A los españoles americanos”?
— Claro, porque se consideraban españoles americanos. Por ejemplo, Manuel Belgrano, ¿por qué es conocido? Porque diseñó la bandera argentina. Pero él no tenía el concepto de Argentina.
— Señalas en el libro que él era monárquico en un principio…
— Lo era, y era uno de los que tenían la idea de que la infanta española Carlota, hija de Carlos IV, que estaba en la corte del Reino de Portugal en Brasil, sucediera a su hermano (Fernando VII).
Eso no se cuenta porque se trata de crear la idea de que todo era por este Estado. Y es como una manera de insertar el bichito del nacionalismo en el relato histórico, cuando no existía ese país.
Tampoco se trata de exaltar completamente al imperio español. Por alguna razón había diferencias. Por eso se fueron a la guerra.
— ¿Existía un malestar real?
— Sí, pero ¿comparado con qué? Lo que yo descubrí investigando para el libro es que mucho de lo que se ha contado son exageraciones, y cuando no lo son, son cosas que también sucedieron en otros lugares.
Me refiero, por ejemplo, a la Inquisición, la censura y el acceso a los libros de la Ilustración. Se cuenta como si no nos llegaran las ideas de la Ilustración, por esta caricatura que cuenta que el imperio español suprimió el acceso a esas ideas.
Sin embargo, lo que decían los ilustrados después te lo decían los próceres: Benjamín Constant dice esto, y Condorcet dice esto, y Voltaire dice esto, y Rousseau dice esto; es decir, estaban leyendo lo mismo. ¿Qué pasa después? Me parece interesante que las primeras constituciones que se redactan en esta región que se deriva de España sean constituciones liberales.
Constituciones liberales
— ¿Y qué pasó con esas constituciones liberales?
— Surgieron en el contexto de un periodo largo de guerras civiles, en varios puntos del conflicto, en distintos momentos, y no se lograron terminar hasta alrededor de 1840.
Vale decir que el liberalismo no es una filosofía muy atractiva. Generalmente, en momentos de guerra y de alta polarización, no vende. Ahí viene la crítica de Bolívar: que no se puede sostener la cosa con este tipo de constituciones.
Pero yo creo que lo que vale la pena rescatar es que ese mismo tipo de constitución, liberal clásica, le ha funcionado muy bien a otros países. No nos funcionó a nosotros por el contexto en ese momento. Y ahí vino esta práctica de utilizar las constituciones como revancha política.
Lo que se interiorizó en ese momento fue que las constituciones eran una cosa que iba y venía. Es importante contar por qué nos falta cultura constitucional; por qué se le da tan poca importancia al texto de la constitución, y, al mismo tiempo, por qué a todos los líderes que llegan les importa tanto tener su nueva constitución.
— Por otro lado, normalmente se caracteriza al liberalismo decimonónico como anticlerical. ¿Eran así los próceres de Hispanoamérica?
— No todos. Por ejemplo, a Francisco de Miranda, por la agenda política de ese momento, sus enemigos lo pintaban como un hereje. Había pocas cosas peores que se podían decir de alguien en ese contexto. Pero ¿quién lo decía? Sus adversarios políticos, a los que les convenía asesinar su reputación. Entonces, hay que tener cierto escepticismo al momento de leer estas historias. Veamos qué hizo Miranda en Inglaterra, donde los católicos eran perseguidos. Él tiene un hijo y hace que su hijo sea bautizado. O sea, anticlerical no ha de ser. Tenía amigos que eran miembros del clero, y la gente le preguntaba: “¿Cómo así tú tienes estos amigos?”; y él decía: “Porque son de las personas más estudiadas”.