Medallas del CEC: Larga vida a los premios “parias” del cine español

publicado
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Medallas del CEC 2026
Foto: Enrique Cidoncha

Tendría que cruzar fechas, pero creo que voté antes en los Forqué y en los Feroz que en los premios del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC). Y, sin embargo, cuando empecé a escribir de cine hace ya muchos años, la primera gala que cubrí como periodista fue la del Círculo de Escritores Cinematográficos. Antes que los Goya. Porque primero iban los CEC y luego los Goya.

Periodista junior como era, me hacían mucha gracia los CEC porque eran –siguen siendo– como los premios parias del cine. Unos premios que la gente recogía en vaqueros.

Eso cuando los recogían. Porque, a veces, los recogían otros en lugar de los premiados (que estaban promocionando o los Goya o los Oscar). Y salía el productor de la película, el de marketing, la de prensa o un vecino. Normalmente también en vaqueros.

Lo de los vaqueros me llamaba la atención al principio, porque asociamos premios de cine a alfombra roja, pero, en el fondo, no era tan raro. Porque los CEC se daban –se dan– en una gala muy cortita que se celebra en un cine –el Palacio de la Prensa– un lunes a las siete de la tarde. Y antes no hay alfombra roja sino un sencillo photocall. Y después no hay cóctel, proyectan una película. Mejor ir en vaqueros.

Cuando todavía era periodista junior, otro periodista –veterano– me contó que los premios CEC nacieron cuando Franco y que no tenían presupuesto. Fachas y pobres. Menudo panorama. Se entiende que me pensara mucho más votar en los CEC que en cualquier otro jurado.

Pero hubo un momento que pesó más la realidad que los prejuicios. La realidad de que, al final, los que ganaban una medalla del CEC tenían muchas posibilidades de ganar, unos días o semanas después, el Goya. Y que, cuando había discrepancias, eran, muchas veces, discrepancias deliciosas. Como cuando, en el año en el que arrasó Bayona y La sociedad de la nieve, los CEC se acordaron de darle una medalla a Víctor Erice por la también maravillosa Cerrar los ojos.

Serían unos premios pobres y fachas, pero premiaban el buen cine.

Ayer se celebró la 81 edición de los premios del CEC y no pude quitarme la sensación, en toda la Gala, de estar alrededor de una mesa camilla, o tomándome una cerveza en la cocina de mi casa o –ya puestos– en una de esas comidas del cine de Ruiz de Azúa o de Koreeda.

No lo digo en tono despectivo. Fue una Gala entrañable. No había dinero, era evidente, pero había muchísimo buen rollo. Un ambiente un poco de currele, de gente que se junta un lunes por la tarde después de echar 8 horas. Que podrían ser oficinistas pero que en vez de Excel hacen películas.

Se agradeció la labor de los críticos (y desde aquí se agradece), y se habló mucho del papel de los guionistas (también pobres, la mayoría de las veces). Hubo premios para los de 70, 80 y 90 años (conmovedor el discurso de José Ramón Sánchez). Eva Libertad, la directora de Sorda, se marcó dos brillantes intervenciones dirigidas a su padre y a su hermana cuando subió a recibir las medallas. Manolo Solo aprovechó su premio para hacer una lúcida sugerencia (¿por qué actor principal y no papel principal?), Daniel Sánchez Arévalo –que no estaba– envió un video muy espontáneo que aprovechó para saludar a sus familiares –que sí que estaban–. y Alauda Ruiz de Azúa –que no dejaba de subirse al escenario– disculpó la ausencia de Blanca Soroa (mejor actriz novel)… porque hoy había clase. Es lo que tiene celebrar un lunes.

La directora aprovechó también que sus otras dos actrices ganadoras no estaban (enviaron también un video) para agradecerles su trabajo. Y fue bonito, porque lo normal es alabar a los de arriba –los actores a sus “jefes”– y es menos frecuente dar las gracias a quienes se han dejado dirigir por ti.

Por cierto, arrasó Los domingos. Os dejo la crónica de Kinótico, que lo cuenta muy bien. Por cierto, tanto como lo de los vaqueros me ha sorprendido siempre en estos premios el ninguneo de los medios generalistas. Aunque entiendo que una gala que no reparte chapas, que solo reparte premios da menos juego.

Ya que estamos, aprovecho esta columna para agradecerle su trabajo al presidente de los CEC, Jerónimo José Martín, crítico de cabecera de esta casa. Pienso que el talante de Jerónimo tiene mucho que ver con el buen rollo de los premios. Todo se pega.

Durante muchos años, cuando ya votaba en los CEC, pensaba que sería fantástico tener dinero para hacer una Gala en condiciones. Con alfombra roja, con cocktail, con números musicales y dinero para traer a todos los nominados.

Ayer me convencí de que no. Que hay cosas que están mejor siendo pobres y auténticas. Que se perderían los vaqueros, los videos, los “recoge el premio su prima”, la ausencia absoluta de postureo. Se perdería la sensación –la realidad– de que la gente que trabaja en el cine son personas y no iconos.

Y, lo que es peor, perderíamos las Galas de 90 minutos. Es preferible seguir siendo unos parias.

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