Así como “hay un solo niño bello en el mundo, y cada madre lo tiene” –que decía Martí–, hay un solo Messi, una sola Serena Williams, un solo Rafa Nadal, …, y a muchos padres de niños pequeños les parece que es precisamente a ellos a quienes les ha tocado en suerte tenerlos. Por eso, a la mínima señal de que hay un talento en ciernes, no son pocos los que corren a poner a su vástago de siete u ocho años en manos de un entrenador personal para que comience a modelarlo sin demora.
Un reciente artículo de The New York Times abordaba la creciente tendencia de las familias estadounidenses a contratar preparadores personales para sus hijos a partir de edades muy tempranas. La percepción es que no pueden perder tiempo si desean que estos descuellen en un deporte concreto, por lo que no está de más –para el progenitor– hacer el sacrificio de apartar entre 60 y 80 dólares para sufragar cada hora de entrenamiento, ni tampoco –para el niño– quitarse horas de juego libre, de lectura, de pijamadas o del dolce far niente, para pasárselas corriendo detrás de una pelota y pegándole patadas, no ya estrictamente por diversión, sino también por exigencia de un entrenador.
El diario norteamericano citaba algunos casos, entre ellos el de la familia Megeredchian, de California, con hijos de 9, 10 y 12 años. Los tres están metidos de lleno en el baloncesto, al punto de que forman parte de tres equipos a la vez: el del colegio, el del club extraescolar y el del centro cultural armenio. El de 9 años lo tiene “clarísimo”: cuando el periodista le pregunta si no lamenta haberse perdido el cumple de un buen amigo por haber tenido que competir ese mismo día, ni se lo piensa: “Me encanta el baloncesto. Necesito mantenerme concentrado y practicar todos los días”. Su hermana de 10 tampoco ve problemas en faltar a encuentros con sus amigas si toca tirar y encestar. De hecho, a veces es el padre quien tiene que insistirle en que deje a un lado el balón y les preste atención.
Está bien que lo haga, por supuesto, aunque ha sido él quien ha lanzado a los chicos a la cancha a poco de que superaran el metro veinte de estatura. Socialmente no parece que se vea mal, pues la obsesión por el “cuanto antes, mejor” en un deporte específico es compartida por buena parte del público estadounidense: datos del National Council of Youth Sports, citados por el prestigioso centro neoyorquino Hospital for Special Surgery (HSS), revelan que cada año, de los 60 millones de menores de niños y adolescentes que participan en deportes reconocidos, 16 millones (el 27%) lo hacen en una única disciplina.
Y no tendría por qué ser un problema, salvo, claro, por algunas incidencias “normales”. Lyla, la baloncestista de 10 años, no les ve mayor relieve a las suyas: ha tenido lesiones en el tobillo, la rodilla, el meñique, un dedo del pie, la rótula… Pero el entusiasmo se mantiene intacto.
Aunque muy probablemente habrá complicaciones más adelante.
Solo un 2% llegará
Un documento de consenso de la Sociedad Americana de Ortopedia para la Medicina Deportiva (AOSSM, 2016) define la especialización temprana como la participación de niños menores de 12 años en entrenamientos intensivos y/o en competiciones de deportes organizados durante más de 8 meses al año; una participación, además, que excluye otros deportes y que limita el juego libre.
La Dra. Rebecca Carl, presidenta del Consejo de Medicina Deportiva de la Academia Estadounidense de Pediatría, ha podido constatar que este fenómeno ha ido al alza en su país en las últimas dos décadas. “Los padres –dice a Aceprensa– contratan a un entrenador específico para un deporte: para el béisbol, uno de lanzamiento; o para la natación, uno de brazada; o uno para que le haga entrenamiento general de fuerza y puesta en forma”.
Entre las razones que advierte para el asentamiento de esta tendencia cita las económicas. “Estos son servicios de pago –apunta–, y se atrae a niños y padres anunciando entrenamientos que, según afirman, mejorarán las habilidades atléticas de los menores. Muchos padres se sienten así presionados a incluir a sus hijos en programas de entrenamiento desde una edad temprana, ya que consideran que son necesarios para que luego se conviertan en atletas universitarios o profesionales. Pero la investigación no respalda esta idea”.
Según los datos y la experiencia, por muy temprano que se empiece no hay garantía inexorable de paso al deporte de élite. Sin embargo, justo ahí radica una de las causas de la especialización: en la tentadora idea de proyectar en el hijo las esperanzas que el adulto no pudo ver cumplidas en sí mismo, por lo que se encarga de crearle al menor las condiciones para que –esta vez sí– en la familia surja un deportista de élite. Algunos padres entienden que dejar a sus hijos practicar varios deportes sería una distracción, por lo que los dejan concentrarse solo en uno, para que se especialicen en él y puedan brillar.
La realidad es más compleja. “Solamente un 2% de todos los que practican precozmente un deporte de especialización llegará a profesional, porque no hay sitio para todos”, asegura a Aceprensa el profesor Joan Pere Molina, del Departamento de Educación Física y Deportiva de la Universidad de Valencia. “Los padres tienen unas altas expectativas –añade–, y se enfadan con los entrenadores, con los árbitros, con las otras aficiones. Al final eso genera una tensión. Pero yo he visto a muchos jugadores que metían muchos goles, y luego han terminado en nada. No conozco a ninguno que haya llegado a profesional. Eso sí, sé de algunos que desde muy jóvenes han tenido lesiones porque realizan entrenamientos parecidos a los de adultos, sin tener las condiciones físicas de estos. Y así, jóvenes, se han tenido que retirar del fútbol”.
También está el caso, por supuesto, del atleta tempranamente especializado que logra dar el paso al deporte amatéur (o profesional), pero no puede asegurar su permanencia a largo plazo en ese nivel. En un artículo de hace unos meses para Diari La Veu del País Valencià, el experto citaba el caso de fulgurantes estrellas menores de edad que desaparecieron pronto del firmamento deportivo, como la bareiní Alzain Tareq, quien participó con apenas 10 años en el Mundial de Natación de 2015 y no se ha vuelto a saber de ella.
Se le puede añadir el de la rusa Yana Kudryavtseva, apuntada a clases de gimnástica ya con cuatro años, debutante como profesional con 16 y, luego de varias lesiones y fracturas –más de 6 horas diarias de entrenamiento predisponen bastante–, retirada con solo 19 años en 2016. Porque los aplausos y medallas están muy bien, pero no vacunan contra el desgaste que puede sufrir una persona bajo presión en pleno proceso de crecimiento.
¿Un solo patrón de movimientos? Peligro
Si al niño le gusta el fútbol; si se le va viendo un talento y el entrenador observa que está haciendo grandes avances, ¿por qué no dejarlo en paz con su pelota, enfocado, feliz, cada vez más “especializado”…? Al fin y al cabo, son horas lejos de las pantallas y que está dedicando a desarrollar habilidades comunicativas, a trabajar en equipo, a trabar y fortalecer relaciones personales, a competir por un objetivo, y enterándose de que todo en la vida conlleva un esfuerzo.
El problema, sin embargo, es que la especialización temprana puede favorecer una mayor frecuencia de lesiones físicas –y burnout o agotamiento mental– justo en el momento y también más adelante. Respecto a lo primero, el “anclaje” a los patrones particulares de movimiento de un deporte concreto deja fuera, en pleno proceso de crecimiento y desarrollo musculo-esquelético, el ejercicio de los movimientos más comunes en otras disciplinas, también necesarios para un desarrollo integral.
Es cuestión de sobrecarga, tanto por el mayor uso de unas estructuras específicas como por el tipo de deporte. Según explica el documento de la AOSSM a partir de las evidencias halladas en muestras de jóvenes atletas, los jugadores de hockey que comenzaron a especializarse antes de los 12 años tenían mayor riesgo de desgarro del lábrum (un cartílago de la cadera) que los esquiadores de su misma edad. En cuanto a los jóvenes tenistas, se detectó que, a mayor cantidad de años dedicados a esa disciplina por empezar tempranamente (9,5 años frente a 8,6), eran mayores los riesgos de pinzamiento entre el fémur y la pelvis, lo que puede ocasionar dolores en la ingle y, a más largo plazo, derivar en artrosis.
Por último, sobre los jugadores de béisbol demasiado bisoños, los expertos avisan de que una alta velocidad de lanzamiento de la pelota –bastante pesada, por cierto– aumenta el denominado “valgo del codo”, una fuerza de flexión que actúa sobre esa estructura y que genera mucha tensión en los ligamentos. Es un modo muy común de lesionarse. Según el texto, “los lanzadores más jóvenes pueden ejercer mayores fuerzas sobre el codo medial y tener un mayor riesgo de lesión”.
Diversificar y dosificar, como en el aula
¿Qué puede hacer un joven deportista lesionado? Pues quizás, si no siente particular afición por otra disciplina, tomará el móvil y se sentará a esperar; justo lo contrario de lo que debería hacer una persona en pleno crecimiento.
Los especialistas aconsejan otra actitud, que va justo en sentido diferente de la especialización. “Si una lesión impide que un joven atleta practique un deporte, aún podría participar en otra actividad deportiva; por ejemplo, un niño con dolor en el hombro podría seguir en el equipo de atletismo”, señala el Dr. Peter Fabricant, del HSS. Los menores en esa situación, agrega, “pueden realizar ejercicios o calentamientos que aprovechen las habilidades de otros deportes: aprender a driblar o tirar (una pelota de baloncesto), a moverse para patear un balón de fútbol, a utilizar un patrón de movimiento diferente y a defender”.
En todo caso, para evitar que llegue el momento de la lesión por sobrecarga –o alejarlo lo más posible–, los expertos recomiendan fundamentalmente dosificar y, como se ha mencionado, diversificar. Si al chico le encanta el béisbol, el Dr. Fabricant recomienda que juegue dos temporadas y pase otras dos en un deporte que no implique lanzamientos, para que descanse el brazo. Para el caso de los menores tenistas, por su parte, la AOSSM sugiere que igualmente dediquen tiempo a otro deporte (el fútbol, por ejemplo), y que no se les lleve a jugar torneos hasta que cumplan al menos 12 años, para no hacerles una presión inadecuada; que jueguen menos de 12 horas a la semana, y que en ese período reciban al menos dos horas y media de formación en cómo prevenir las lesiones.
“Es muy importante que los jóvenes aprendan diversas habilidades físicas para que puedan ser adultos activos –nos comenta por último la Dra. Carl–. Por ejemplo, no recomendamos que los niños solo aprendan una materia en el colegio. No queremos que aprendan solo matemáticas y que ignoren las demás. Los adolescentes y jóvenes se especializan en las materias escolares tras una amplia exposición a otras. Y creo que los deportes y actividades físicas en general deberían tratarse de forma similar”.