“Profesora, yo me esforcé muchísimo. De verdad hice todo lo que pude… ¿por qué mi nota no es un 10?”. Lo dice con lágrimas, con una mezcla de desconcierto y pena auténtica. A veces, detrás de ella, un padre o una madre repite lo mismo con convicción: “Mi hija lo dio todo. ¿Cómo no reconocerlo en la nota?”. No hay mala intención; hay cariño, preocupación y deseo de justicia. Esta escena, sin embargo, ya no es excepcional ni local: se repite hoy en colegios de muy distintos países, con sistemas educativos diversos pero una sensibilidad sorprendentemente común. Detrás de ella subyace un fenómeno que conviene mirar sin caricaturas: la transformación de la calificación en un consuelo emocional.
En los últimos años ha crecido una expectativa compleja: que la nota refleje no solo el logro académico, sino también el esfuerzo subjetivo del estudiante. Ante esta demanda, es crucial distinguir entre el esfuerzo como proceso –persistencia, método, autonomía– y el esfuerzo entendido como mera “sensación de cansancio”. No todo esfuerzo produce aprendizaje, del mismo modo que no todo cansancio indica avance. Cuando la percepción personal de haber sufrido se convierte en el principal criterio de evaluación, se instala una idea poderosa y peligrosa: si yo siento que me esforcé, merezco el máximo resultado.
Esta distorsión no surge en el vacío. En muchos países, los sistemas de admisión universitaria –que ponderan el promedio escolar y la posición relativa del alumno dentro de su centro educativo– han convertido los decimales en un verdadero pasaporte. La calificación dejó de ser solo un indicador de aprendizaje para transformarse en moneda de acceso. El resultado es conocido: la escala se ha comprimido en su tramo superior. Notas que antes señalaban excelencia hoy resultan insuficientes, y diferencias mínimas se viven como injusticias personales de gran envergadura. No se trata de una impresión aislada: investigadores como Stuart Rojstaczer han documentado que esta inflación de calificaciones es una tendencia sostenida en universidades de Estados Unidos durante décadas, con un aumento constante de las notas máximas que no siempre se corresponde con mayores niveles de aprendizaje. Universidades y organismos educativos en Estados Unidos y Europa llevan años advirtiendo de que esta inflación de calificaciones ha erosionado el valor discriminador de las notas y ha vuelto cada vez más difícil distinguir el mérito real.
EEn Chile, por ejemplo, lo vemos en la masificación reciente de puntajes máximos en la prueba nacional de acceso a la universidad, y en el aumento sostenido del promedio de enseñanza media, que ha pasado de 5,3 en el año 2000 a cerca de 6 en la actualidad, según datos del Ministerio de Educación. El problema no es que haya más estudiantes brillantes –ojalá así fuera–, sino que ese “máximo” distingue cada vez menos. Este salto, además, no se refleja en pruebas estandarizadas de aprendizaje ni en evaluaciones externas, donde muchos estudiantes que llegan con calificaciones perfectas fracasan estrepitosamente. La burbuja estalla: el éxito administrativo no coincide con el aprendizaje real.
Algo similar ocurre en la economía cuando hay inflación monetaria. El dinero sigue circulando, pero pierde valor real. No somos más ricos por imprimir más billetes; simplemente todo cuesta más. Con las notas sucede exactamente lo mismo. Al otorgar cada vez más calificaciones máximas sin respaldo en mayores competencias, el resultado deja de significar excelencia y se convierte en la nueva normalidad. No aumenta el aprendizaje, sino que se devalúa el valor simbólico de la calificación, generando expectativas irreales, presión creciente y una sensación permanente de fragilidad.
A este fenómeno se suma una tendencia cultural más amplia: la dificultad para tolerar el malestar emocional. Tristeza, inseguridad o decepción son experiencias desagradables, pero profundamente formativas. No lo sostienen solo los profesores. La psicóloga Angela Duckworth ha mostrado que la perseverancia frente a la dificultad –y no la protección frente a toda incomodidad– es una condición clave del desarrollo personal y del aprendizaje profundo. Cuando equiparamos frustración con daño psicológico y tratamos de evitárselo a toda costa a los jóvenes, les privamos del “gimnasio” del carácter. El acompañamiento no debe confundirse con sobreprotección. Cuando la evaluación se transforma en terapia, deja de ser justa también para quien alcanzó la excelencia a través del rigor, la constancia y la autonomía.
Este fenómeno interpela directamente a los adultos –padres y educadores– porque somos nosotros quienes, muchas veces sin advertirlo, hemos desplazado el sentido de la evaluación. Conviene insistir: los padres actúan por amor. Quieren evitar el sufrimiento y proteger la autoestima de sus hijos en un mundo que perciben como duro y competitivo. Pero ese amor, a veces, anula sin querer la experiencia vital del error. La frustración –acotada, acompañada, humana– no destruye: construye. Enseña realismo, templa el carácter, da perspectiva y ayuda a reconocer el mérito ajeno.
Sin esa experiencia, la vida adulta se vuelve una emboscada. Fuera del colegio, el mundo no se adapta a nuestras expectativas emocionales, y una de las formas más auténticas de amar a un hijo es permitirle descubrir que es lo suficientemente fuerte para sobrevivir a un “no”.
La clave no está en endurecer la escuela ni en deshumanizar la evaluación, sino en recuperar la empatía verdadera: esa que reconoce el empeño en la retroalimentación, el ánimo y el acompañamiento, pero mantiene criterios objetivos en la calificación. Porque cuando todo esfuerzo merece la nota máxima, desaparece el valor del mérito y las ceremonias de premiación se vacían de sentido.
Al final, no estamos formando expedientes académicos perfectos, sino personas. Y las personas no se quiebran por una nota inferior a la esperada; se quiebran cuando nunca se les permitió aprender a levantarse. Educar no es inflar globos que se pinchan con nada: es ayudar a formar almas firmes, capaces de agradecer el camino, aunque este incluya un resultado que no se negocia.
María Paz Montero Orphanopoulos es periodista y profesora de Lengua y Literatura en enseñanza media y universitaria. Combina su trabajo docente con proyectos de difusión cultural, lectura y escritura.