La proliferación de premios literarios en España, una estrategia comercial

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premios literarios
Juan del Val, ganador del Premio Planeta 2025, y Ángela Banzas, finalista, en la presentación de sus novelas, el pasado 4 de noviembre (foto: Diego Radamés / Europa Press)

La concesión del premio Planeta 2025 al escritor Juan del Val por su novela Vera, una historia de amor ha levantado una polémica que supera a la que todos los años suele provocar el fallo de este galardón literario, el más cuantioso de cuantos se conceden en España, con un millón de euros. El asunto es recurrente, pues el premio Planeta alimenta las sospechas de estar prefabricado y dado de antemano.

Los comentarios críticos que ha suscitado han sido en esta ocasión, quizás por cuestiones extraliterarias, más destructivos y ácidos que en ediciones anteriores, pues el ganador, Juan del Val, suele colaborar en un programa televisivo El Hormiguero (Antena 3), que se disputa enconadamente la audiencia con otro programa de entretenimiento, La Revuelta (TVE). Curiosamente, la polémica se ha desatado incluso antes de que el premio estuviese a la venta en las librerías, aunque su reciente salida al mercado no ha hecho cambiar mucho las cosas.

En el diario El País, el crítico Jordi Gracia suele todos los años hacer una crítica despiadada a los ganadores de este premio, al que acusa de ser descaradamente comercial. Sin embargo, antes este crítico no se mostraba tan indignado cuando aparecía el ganador de otro de los premios más cotizados y comerciales, el premio Alfaguara, de la editorial del mismo nombre, entonces propiedad del grupo Prisa, al que pertenece El País (ahora la editorial y el premio forman parte del grupo Random House). Gracia juzga así el Planeta de este año: “El galardón mejor dotado de las letras españolas premia una novela sentimental que es vulgar y previsible, con personajes planos, reflexiones banales y escenas de sexo creíbles” (El País, 5 noviembre 2025). De “folletín fallido” calificó el mismo crítico al premio Planeta 2023, La hija de la criada, de Sonsoles Ónega.

La polvareda mediática que levanta el premio Planeta propicia todos los años un debate sobre el papel que desempeñan los premios en el panorama literario actual. No hace falta, sin embargo, estar muy metido en este mundo para comprobar que la finalidad de estos premios, y de modo especial el Planeta, no es honrar la excelencia literaria sino llamar la atención y publicitar una obra que pueda dispararse en las ventas en un mercado, como el español, repleto de novedades literarias. En definitiva, Planeta se ha especializad –así lo demuestra la historia del premio– en fabricar bestsellers. En esta línea, ha escrito Arturo Pérez-Reverte en X: “El Planeta no es un premio que se gane o se pierda. Es el lanzamiento comercial de un libro que se pretende vender mucho. Considerado desde ese punto de vista, nada hay que objetar. Cada editor hace las promociones como le parece adecuado”.

Aunque las cosas sean así en la práctica, esto no significa que deban aceptarse sin más las sombras éticas que plantea este conocido premio (y otros), al que de manera ingenua se presentan todos los años unos cuantos cientos de escritores que confían en la justicia del premio y en la profesionalidad del jurado.

Premios de todas las marcas

Con una finalidad exclusivamente comercial o como estrategia para descubrir nuevos valores y reactivar el mercado, los premios literarios tienen un peso importante en la industria editorial española. De hecho, si algo caracteriza al mercado español del libro es la proliferación de premios a todos los niveles: los hay locales, comarcales, autonómicos, nacionales; premios otorgados por instituciones oficiales o privadas, por editoriales grandes o pequeñas, un puñado de amigos o la Real Academia.

Los que se llevan la palma en los medios de comunicación son los más comerciales, premios que suelen estar ligados a las editoriales más fuertes: Planeta, Nadal, Alfaguara, Primavera, Fernando Lara, Biblioteca Breve, Herralde, Azorín… Estos premios suelen estar distribuidos convenientemente a lo largo del año y convierten a los autores y a las novelas ganadoras en materia mediática de actualidad. Pero su proliferación y popularidad está multiplicando tiende a convertir la literatura en simple mercancía, fabricada exclusivamente en función de la rentabilidad. Además, las novelas ganadoras han consolidado una tendencia literaria cada vez más visible en el mercado, pues su predominio mediático y comercial está condicionando hasta el mismo proceso de creación. Algunos autores ya no escriben novelas; escriben premios.

Un poco de historia

Érase una vez una época dorada en la que los premios cumplieron en España una importante labor para promocionar la creación literaria. Al finalizar la Guerra Civil, la literatura, como otras actividades culturales, conoció una profunda depresión, provocada por el control de la cultura y la dispersión de escritores. En el bando nacional, las circunstancias forzaban a alentar un tipo de literatura de urgencia que poco tenía que ver con la estética imperante antes de la Guerra. Los nuevos narradores, quizá demasiado aplastados por el ambiente social, no conseguían encontrar ni su voz ni un camino para hacerse oír. En ese contexto aparecen los premios como un aldabonazo de independencia que removió las estructuras literarias y supuso la aparición de nuevos escritores.

Los premios han ido perdiendo su función de impulsar la creación literaria para convertirse en estrategias comerciales para vender más

En este sentido destaca el papel del Premio Nadal, que comenzó su andadura en 1944. Ese año se premió la novela Nada, de Carmen Laforet, lo que confirmó la independencia del jurado con respecto a los intereses políticos y el deseo de premiar la calidad literaria. Durante los primeros años, con lógicos altibajos, el Nadal fue consagrando a importantes escritores, para los que un espaldarazo a su trayectoria. Es el caso de José María Gironella, Miguel Delibes, Luis Romero, Elena Quiroga, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute (quien lo ganó con 22 años), y la ya mencionada Carmen Laforet. Los historiadores de la literatura coinciden en destacar el peso del premio Nadal para reinventar la novela española.

El éxito del Nadal, como iniciativa y como estrategia empresarial, propició la aparición de nuevos premios. Con el paso de los años y a medida que la sociedad española, y el mercado literario, fueron normalizando su situación, los premios fueron poco a poco perdiendo su función de impulsar la creación literaria para pasar a ser meras estrategias comerciales para vender más. Ya en 1965, José Manuel Lara (1914-2003), editor y creador del premio Planeta, justificaba de esta manera el enfoque comercial del premio literario más importante que se concede en España: “La publicidad cuesta mucho y los lectores dan poco. Para eso se han inventado los premios literarios”.

Estrategia publicitaria

La mayoría de los premios importantes en España están patrocinados por editoriales privadas, caso insólito en el panorama literario internacional, donde los conceden fundaciones, academias, instituciones culturales o el Estado: piénsese en el Goncourt, el Man Booker, el National Book Award, etc. Aquí, salvo excepciones –el Tigre Juan, el de la Crítica–, se premia una obra inédita; en otros países, a las mejores obras que ya han sido publicadas. Una primera cuestión que plantea esta estrategia es si las editoriales están capacitadas para articular escalas de valores literarios o si, por el contrario, el ansia de vender libros influye más en la elección que la novedad y la calidad. Para que todo quede bien atado, la elección del jurado tiene una considerable trascendencia y, por lo general, suelen ser autores y autoridades vinculados de alguna manera a la entidad que los convoca (ver Aceprensa, 17-11-2004).

Lo que los convocantes tienen muy claro, y más a estas alturas, a la vista de los resultados, es que los premios literarios forman parte de las estrategias de marketing y publicidad de las editoriales. Eso los lleva a consagrar en las novelas premiadas lo que está más de moda, los gustos momentáneos o a aprovecharse de la fama de algunos de los escritores de sus escuderías.

En esta manera de funcionar, el Premio Planeta ha hecho historia y ha arrastrado al resto de las editoriales a reproducir sus mismas tácticas. El Planeta no deja ningún cabo suelto: multitudinaria cena de gala con asistentes de postín, retransmisión del fallo del jurado en directo por televisión, ruedas de prensa, entrevistas, firma de ejemplares, múltiples presentaciones del premio en diferentes puntos de España, prioritaria atención a la crítica, etc. Los ganadores adquieren una constante presencia mediática, ocupan los titulares de prensa y están sometidos a los imperativos, que no son pocos, de la promoción.

A favor y en contra

A pesar de las polémicas que suscitan y las dudas sobre sus criterios éticos y literarios, los premios no van a desaparecer. Entre los editores, algunos afirman que se convocan para estimular la creación literaria y descubrir buenas novelas. Para Jorge Herralde, director de Anagrama, la editorial que da todos los años el Premio Herralde, “el objetivo de nuestros premios, que no tienen chanchullo ni tongo, ha sido siempre el de buscar textos de calidad, a menudo de autores poco conocidos. Desde el punto de vista cultural, no ha sido precisamente insatisfactorio. Un premio se convoca básicamente para descubrir nombres, para consolidarlos o para hacerse con autores de otras editoriales. Por supuesto, para aumentar las ventas y, por qué no, para lograr prestigio, aunque estos últimos objetivos a menudo son contradictorios, como se observa dando un repaso a sonados premios”.

“Ahora no es un escritor el que busca un premio, sino un premio el que busca un escritor” (Juan Perucho)

Otros, sin embargo, limitan la eficacia de los premios a su componente comercial, como criticó en su momento el escritor Juan Marsé, que dimitió del jurado del Planeta (aunque años antes, en 1978, él mismo obtuvo el premio, que no rechazó): “Desde el punto de vista estrictamente literario, los premios no valen para nada, no ayudan a escribir mejor ni nada de eso, sirven para difundir y vender más libros, que no es poco”.

Es de justicia reconocer que no todos los premios funcionan así. Algunos, por ejemplo, el Adonáis de poesía, mantienen su independencia y su prestigio literario. Hay más. Pero si se es escritor, merece la pena conocer lo que se cuece en la trastienda de muchos premios para enviar los originales a aquellos donde sepan de antemano que no están adulterados y que tienen alguna posibilidad de que las obras sean por lo menos leídas. Juan Perucho (1920-2003), que fue miembro del jurado del Premio Josep Pla, añoraba “los tiempos en los que las editoriales buscaban la calidad literaria; ahora no es un escritor el que busca un premio, sino un premio el que busca un escritor”.

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