Cuando los inmigrantes van del sur al sur

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Cuando se habla del problema de los flujos migratorios, se piensa siempre en la emigración de los países del sur hacia Europa y Estados Unidos. Pero las migraciones del sur hacia otros países menos pobres del mundo en desarrollo son tan importantes como las otras, y los inmigrantes se encuentran allí aún menos protegidos.

El endurecimiento de las políticas de inmigración en muchos países del norte, de un lado, y la globalización de un mercado laboral más competitivo, de otro, ha llevado a emigrantes de los países del sur a buscar trabajo en otros países en desarrollo menos pobres que el de procedencia.

Según datos de la ONU, cerca de 61 millones de habitantes de países pobres han emigrado a otros países en desarrollo como Sudáfrica, Brasil, Argentina, México o Tailandia. Esto supone un tercio del total de los 191 millones de emigrantes, y prácticamente iguala los 62 millones de inmigrantes provenientes de países del sur que han fijado su residencia en países del norte.

José Antonio Ocampo, subsecretario de asuntos económicos y sociales en Naciones Unidas, explica en declaraciones a «Newsweek» (11-09-2006) que cada vez más «las economías emergentes de los países en desarrollo se están convirtiendo en auténticos polos de atracción para los inmigrantes».

Aunque el actual debate sobre la reforma de la inmigración en Estados Unidos ha resaltado la imagen de México como país generador de emigrantes, la realidad es que también cuenta con una larga tradición como receptor de inmigrantes, sobre todo de América Central. Unos llegan a México para cruzar la frontera hacia Estados Unidos, pero la mayoría viene para quedarse a vivir ahí (con o sin permiso de trabajo). En 2005, las autoridades mexicanas detuvieron a 240.269 indocumentados, el doble que en 2002.

La muerte de seis bolivianos, el pasado 30 de marzo, a causa de un incendio en un taller textil en Buenos Aires, sacó a la luz el drama de los inmigrantes indocumentados en Argentina. Muchos de ellos trabajan como mano de obra barata en fábricas clandestinas, con jornadas laborales interminables. Para afrontar el problema, el Gobierno de Kirchner introdujo en abril el programa «Patria Grande». Se trata de un programa de regularización de inmigrantes, mediante la concesión de visados temporales. Para obtener estos visados -de dos años de duración- sólo se exige estar limpio de antecedentes penales y ser nacional de algún país miembro de Mercosur.

Desde que se implantó el programa, más de 200.000 indocumentados han decidido salir de la ilegalidad. Los responsables de «Patria Grande» se muestran satisfechos con el resultado obtenido hasta ahora, pues -a su juicio- esto ayudará a luchar contra la economía sumergida. Además, añaden, servirá para cambiar las pésimas condiciones en la que trabajan muchos inmigrantes. Para sus detractores, sin embargo, la regularización indiscriminada de casi un millón de indocumentados que viven hoy en el país es una imprudencia. Acusan a los inmigrantes de quitar empleos a los nacionales, algo que -desde la crisis de 2002- se ha convertido en una cuestión muy delicada.

Chinatown en Rumania

El tradicional riesgo de explotación de los inmigrantes en la economía sumergida, se agrava cuando trabajan en otros países en desarrollo. Según Allan Dow, de la Organización Internacional del Trabajo, en Tailandia algunos empresarios mantienen a sus trabajadores inmigrantes «encerrados por la noche bajo llave». En Sudáfrica y en Brasil se han señalado también abusos de este tipo.

El mundo de la economía globalizada está lleno de paradojas. Empresas de Europa Occidental instalan fábricas en Europa del Este, donde piensan contar con una mano de obra cualificada y más barata. Sin embargo, ahora se encuentran con una escasez de mano de obra, porque los trabajadores cualificados se están yendo a Europa Occidental, donde van a ganar mucho más por el mismo esfuerzo. Pero, a su vez, los que han emigrado son sustituidos en su país de origen por inmigrantes más pobres de otros países, por ejemplo chinos.

Esto es lo que está sucediendo en Rumania, según cuenta «Le Monde» (19-09-2006). Como los rumanos circulan sin visado en el espacio Schengen desde 2002, tres millones han partido hacia países de la Unión Europea. Legalmente o sin papeles, se han instalado allí donde pueden obtener mejores salarios.

Pero ahora que la economía rumana está creciendo a un ritmo del 6% anual y que el paro se ha reducido a un 5,8%, el problema es la escasez de mano de obra. Por eso, empresarios extranjeros han recurrido a traer trabajadores chinos. Es el caso de una empresa textil, creada por un empresario italiano en la ciudad de Bucau, que acaba de emplear a 185 trabajadores chinos, un 80% mujeres. No tenía otro remedio. En Bucau se organizaron cursos de formación para que los parados pudieran trabajar en el textil, pero en cuando terminaron su formación…se fueron al Oeste.

Así que los chinos les han reemplazado. El empresario italiano les ofrece dormitorios limpios, y hasta ha contratado en el grupo a un cocinero chino para que puedan comer platos de su país. El salario es 200 euros mensuales, que, aunque parezca muy poco para los estándares europeos, es seis veces más que lo que cobrarían en China. «Hemos venido a trabajar y ganar dinero para nuestras familias que quedan en China», dice una de las empleadas.

Se comprende que muchos inversores prefieran poner la fábrica directamente en China, y evitarse estas complicaciones.

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