Elogio y negocio de la mujer madura

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Un balance vital falseado
¿Es posible llegar a los cincuenta sin sentirse fracasada? ¿Hay mujeres que pueden mirar al pasado sin concluir que todo fue un error? La visión que los medios de comunicación y la cultura nos ofrecen hoy sobre esas mujeres que atraviesan la madurez parece resumirse en un cuadro simplista que poco tiene que ver con la realidad de una generación. Y es una pena, porque el lector, televidente o amante del cine pueden acabar pensando que las que se instalan en la cincuentena se dividen entre pasivas amas de casa y liberadas profesionales cuya mayor preocupación es autoanalizarse, algo que muy pocas mujeres tienen tiempo de hacer.

Notablemente inferiores a sus coetáneos masculinos en materia de educación; casadas jovencísimas; algunas afortunadas liberadas de la dependencia económica gracias a un apasionante trabajo profesional; la mayoría dedicadas a un hogar en el que hay poco que hacer. Estos son algunos de los tópicos más repetidos sobre una generación de españolas -las nacidas entre 1937 y 1946- que las estadísticas (1) y el sentido común se encargan de desmentir.

Tópicos y estadísticas

Así, las diferencias de educación entre los hombres y mujeres de esa generación no fueron tan grandes como a veces se piensa. Aunque los hombres que cursaron estudios de tercer grado doblaban en porcentaje a las mujeres (9% frente a 4,5%), siempre fueron una escasa proporción del total. La generación se movió mayoritariamente en torno a los estudios de primer y segundo grado (63% los varones, 61% de las mujeres) con una media muy baja de años de escolaridad (en torno a 7 años los hombres y 6 las mujeres).

Por otro lado, aunque las españolas que hoy tienen entre 50 y 59 años son la generación del siglo que menor proporción de solteras ostenta (menos del 9%), esto no significa que corrieran como locas a casarse. La amplia mayoría de ellas lo hicieron a los 26 años, dos años después que las nacidas entre 1947-1956, que son las que registran el récord de juventud nupcial de las últimas décadas. Esto hace adivinar que la biografía de estas españolas posiblemente se identificó con noviazgos más largos (pero no eternos), pendientes de una estabilización económica próxima (pero no incierta o imposible), con las indudables ventajas que reportan ambas circunstancias.

Otro de los aspectos más interesantes es la evolución de la actividad laboral. Mientras que en 1975, cuando tenían entre 29 y 38 años de edad, sólo trabajaban fuera de casa el 15%, quince años más tarde son cerca del 28%. Esta particularidad hace pensar que su incorporación laboral se explica más por la necesidad sobrevenida de un segundo salario y la creciente inestabilidad en el empleo de sus cónyuges que por el deseo de labrarse una carrera profesional desde el principio o mantener su independencia económica.

La generación de la solidaridad

Pero si algunas de estas mujeres han servido de eficaz ejército laboral en reserva durante la crisis que afectó a sus maridos, no es menos importante su papel ante el creciente paro juvenil. Quizás las más jóvenes tengan hijos en los últimos años de colegio, pero la amplia mayoría cuentan ya con descendientes que han acabado sus estudios y son demandantes de primer empleo. Independientemente de que algunas mujeres contribuyan con un salario al mantenimiento económico de estos hogares, son todas ellas las que aseguran ese «estado del bienestar» que supone tener la camisa planchada y la comida lista, sin olvidar el formidable ejercicio de adaptación en la convivencia que casi por seguro esto les exige.

También es posible que en algunos casos sus hijos hayan podido acceder a un empleo, se hayan casado e incluso tengan descendencia. Es entonces cuando esas abuelas jóvenes que no trabajan fuera de casa facilitan la actividad laboral de sus hijas y nueras cuidando de manera esporádica o permanente de sus nietos. Y todo esto sin contar con la experiencia casi segura y reciente que estas mismas mujeres tienen de haber atendido en los últimos años de su vida a sus propios padres o suegros.

Mujer fracasada busca la liberación

Los medios de comunicación y la cultura suelen ofrecer una visión estrecha de las mujeres, cualquiera que sea su edad. En esa mirada parcial, la atención desmedida a las supuestas élites del país (famosas o triunfadoras en general) va de la mano con la negligencia en el tratamiento de las realidades con las que se enfrentan las españolas.

Pero es que, además, en el caso de las mujeres que atraviesan la madurez, el único balance vital propuesto es admitir su rotundo fracaso, víctimas de una educación obsoleta, machista y equivocada, y, no lo olvidemos, un matrimonio siempre infeliz o de apariencias. Una vez reconocido el sinsentido de sus vidas, ¿cuál puede ser la solución? Lo adivinaron: en un alarde de originalidad y feminismo bien entendido, los escritores y cineastas más afamados, cifran la liberación en encontrar otro hombre.

Y, en el caso de que exista alguna mujer cuyo balance incluya signos negativos pero también positivos, penas y alegrías, equivocaciones y aciertos, pero que se niega a tirarlo todo por la borda, seguramente el retrato que de ella harán incluirá las oportunas pinceladas de hipocresía, cobardía o falta de imaginación para que resulte creíble.

Si se pasa revista a tantas películas recientes, a las obras de teatro «burgués» del último decenio, a la amplia mayoría de esa literatura de best-seller que, precisamente, devoramos las propias mujeres gracias al eficaz marketing pro-fémina que se hace de algunos escritores, se repite un simple planteamiento. Llegada la madurez, la Sra. X, casi siempre de clase media acomodada, con un marido mantenedor y probablemente infiel, cae en la cuenta de que todo es mentira.

Si se trata de comedia, podemos incluir conversaciones entre mujeres en las que todas hablan sin tapujos y sin límites de tiempo (algo increíble) de su pobre intimidad matrimonial y, en general, de las limitaciones del género masculino: lo único que parece interesarles. Si hay que dar sentido dramático, forzaremos la línea argumental en torno a maridos que nunca hablan ni sonríen, hábiles planos que capten su incapacidad metafísica para la comunicación conyugal.

Es posible que no se pueda hacer literatura sobre la felicidad. Pero lo que ofrecen las mujeres de 50 años es, precisamente, un campo más amplio de sentimientos, actitudes y experiencias que el simple esquema al uso. Hay más riqueza argumental en el tira y afloja que compone la vida de esas mujeres, en las luces y sombras de sus virtudes y defectos, que en la previsible literatura del portazo-y-cuenta-nueva o en el halago a la burguesa aburrida.

Aurora PimentelMujeres de novela

El tipo de mujer madura por el que se interesa la narrativa española reciente puede analizarse en dos ejemplos prototípicos, escogidos entre las obras publicadas por autores de máximo prestigio: Nubosidad variable (Anagrama, 1992), de Carmen Martín Gaite, y Más allá del jardín (Planeta, 1995), de Antonio Gala.

En Nubosidad variable, aparecen dos protagonistas, que fueron amigas en la adolescencia. Mariana, que se ha quedado soltera y ha logrado el éxito profesional, y Sofía, la clásica señora burguesa, con hijos mayores que ya no viven en casa y un marido que ella califica de «dimisionario», o sea, infiel. El perfil psicológico de Sofía es el de la joven «progre» de los años sesenta que, de vestir pseudoharapos hippies y casarse embarazada, pasó a integrarse sin protestar en la «sociedad del pelotazo».

En este proceso no hizo sino seguir a sus antiguos cofrades de Facultad, reconvertidos a su vez, de las veleidades subversivas de los tiempos universitarios, al felipismo rampante y próspero de los años ochenta. A Sofía le aburren las labores domésticas, guisar y limpiar, pero cuenta con dos fieles asistentas que le suplen eficazmente en la tarea de hacer habitable su nuevo y cómodo piso, que sustituyó a la pequeña vivienda de Argüelles de los primeros tiempos de matrimonio.

Sus dos hijos mayores no tienen trabajo, pero viven de la herencia de la abuela, y la menor, la única que se gana la vida, no es una modesta administrativa obligada a fichar, sino una bien pagada azafata transoceánica.

Con tales circunstancias, no puede considerarse a esta mujer como el prototipo de la española de su generación; por desgracia, la mayoría de ellas están agobiadas por problemas de tal peso que no les queda tiempo para entregarse como hace Sofía a una intensa autocontemplación. Tampoco los maridos, siempre amenazados por el espectro de la jubilación anticipada, pueden dedicarse como el suyo a redecorar y ampliar el cuarto de baño, o a lucir amantes con aires de top model, en el supuesto de que quisieran hacer alguna de estas dos cosas.

Más allá de la mujer común

No menos alejada de la situación de la mujer de a pie se encuentra la protagonista de la novela de Antonio Gala, Más allá del jardín. Palmira pertenece a la alta sociedad sevillana, es la dueña de una preciosa mansión, rodeada de un parque aún más bello, uno de los últimos supervivientes de la especulación inmobiliaria.

Lógicamente, a una mujer así no le preocupa la falta de espacio de un piso de ciudad-dormitorio, ni le urge estirar el dinero para que llegue hasta el último día del mes, y el disgusto que le causa el matrimonio pequeño-burgués de su hija tampoco es extensible a nivel mayoritario. En cuanto a su decisión final de ir al África negra como voluntaria para prestar ayuda humanitaria en una zona afectada por la guerra, no parece un ejemplo fácil de seguir. Quizá muchas de las lectoras asiduas de Antonio Gala piensen que las luchas étnicas, por cruentas que parezcan, no se diferencian mucho de las peleas que a diario se producen en el espacio de un hogar donde tres generaciones conviven en apenas un centenar de metros cuadrados.

Tanto Martín Gaite como Gala han construido sus argumentos en torno a la vida de mujeres pertenecientes a élites reducidas, de dinero, de poder o de apellido. Insatisfechas, malcasadas, solitarias, como muchas otras, están, sin embargo, mucho mejor situadas que la inmensa mayoría para decidir su futuro. Ninguna de ellas posee el carácter representativo que les daría impronta de modelos sociales de actualidad, como lo fue en el pasado aquella inolvidable Rosalía, la de Bringas, inmortalizada por Benito Pérez Galdós.

Sin reconocimiento literario

En el otro extremo, surge el curioso fenómeno de la reedición intensiva de novelas inglesas de finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX con protagonistas femeninas. Las heroínas de Jane Austen y las de las hermanas Brontë, con sus conductas tan medidas y mesuradas, con sus pensamientos controlados por férreos principios, se han convertido en lecturas cada vez más frecuentes. En algunos casos, las preferencias del público se han visto potenciadas por las versiones cinematográficas recientes, como ocurre con Sentido y sensibilidad, de Jane Austen.

Quizá otro tipo de mujer madura, la «maruja» menospreciada en su papel tan subterráneo como importante de cimiento de una estructura familiar debilitada, ha perdido la esperanza de ver reconocida su función a través de la literatura. La narrativa de corte social está pasada de moda y, de todas formas, siempre ha prestado más atención a los rebeldes que a los héroes callados. Por eso, cuando lee, la mujer madura parece que ahora prefiere volver la mirada al pasado, con cierta añoranza de épocas más románticas o más estables, antes que verse enfrentada a criaturas de ficción, ricas, atractivas, instaladas en un nivel nada común.

Incluso si están vistas desde una perspectiva crítica (Martín Gaite) o consideradas como una especie en vías de extinción (Antonio Gala), su modo de vida, la comodidad o el lujo que les rodea, no deja de recordarles que su precaria existencia es la de una perdedora, tal y como ese término se entiende vulgarmente.

Es posible que, al paso de los años, la mujer nacida durante la Guerra Civil o en la larga posguerra, que tuvo que adaptarse al desarrollo del tardofranquismo y después aprender a sobrevivir a la profunda crisis laboral de la época socialista, sea mejor comprendida y valorada en su papel de soporte social y en su legítimo deseo de reivindicación de la mujer sin extremismos feministas. Hoy por hoy, ni los jóvenes escritores reivindican especialmente a sus madres, ni sus coetáneos, sean hombres o mujeres, les prestan atención destacada.

Pilar de CeciliaLa madurez femenina en el cine actual

Al igual que en el ámbito literario, en el cine actual también ha dejado huella esa visión desencantada de la madurez femenina, que identifica una vida sin emociones exaltantes con la frustración. El ejemplo reciente más claro sería la película Los puentes de Madison, de Clint Eastwood, basada en la mediocre novela de Robert James Waller. Su tratamiento cinematográfico tiene, sin duda, hábiles elementos conmovedores. Pero, despojada del ropaje romántico, queda una historia tramposa, que idealiza el adulterio de la mujer como salida legítima y enriquecedora a un matrimonio supuestamente sin alicientes. Este enfoque oculta deliberadamente las responsabilidades de la esposa en ese fracaso y acaba por justificar respecto a la mujer lo que siempre han condenado con ardor las feministas si lo realizaba un hombre. Por otra parte, ante la idealizada figura del maduro fotógrafo, habría que preguntarse por qué podría hacer feliz a esa mujer, si hasta entonces no ha tenido más que aventuras fugaces.

Desencanto y liberación

Similares planteamientos liberados -de desencanto y búsqueda de una falsa liberación- se pueden encontrar, con más o menos matices, en muchas películas españolas: El pájaro de la felicidad, de Pilar Miró; La pasión turca, de Vicente Aranda -basada en la obra de Antonio Gala-; las adaptaciones de los libros de Carmen Rico-Godoy (Cómo ser mujer y no morir en el intento, Cuernos de mujer…), y casi todos los retratos femeninos de Pedro Almodóvar, sobre todo Mujeres al borde de un ataque de nervios, Tacones lejanos y La flor de mi secreto. También sucumben a ese enfoque bastantes films norteamericanos recientes (El piano, Los asesinatos de mamá, Sólo ellas, Acoso, Regreso inesperado, Nadie me quiere, Mi amiga Max, Esperando un respiro…), así como la mayoría de las radiografías familiares de Woody Allen (September, Otra mujer, Delitos y faltas, Maridos y mujeres, Poderosa Afrodita…). Un caso aparte dentro de su filmografía es Alice, donde la liberación de la esposa reprimida y engañada no culmina en su propia infidelidad, sino en la decisión -un tanto escapista e irreal, tal y como está planteada-, de marchar a la India para ayudar a la Madre Teresa de Calcuta.

Por su estilo, cercano al de Woody Allen, también ceden a ese simplismo amoral otros dos films recientes: Miami y A casa por vacaciones. Aunque en ellos las consecuencias de la infidelidad matrimonial o de la desorientación de la mujer son tratadas con más hondura dramática y menos cinismo. Otros films recientes, sin salirse de una cierta ambigüedad moral, ofrecen una gama más variada de experiencias vitales de la mujer madura. Sería el caso de Tomates verdes fritos, Un abril encantado, Magnolias de acero, Comer, beber, amar, Mujeres bajo la luna o Un mes en el lago. Desde diversas perspectivas, todas estas películas afrontan situaciones de cierto desencanto vital; pero se esfuerzan por enfocar la realización de la mujer sin que tenga que liarse la manta a la cabeza y renunciar a sus responsabilidades.

Asumir responsabilidades

En el fondo, este puede ser el gran problema que se planteen muchas mujeres -y muchos hombres- cuando alcanzan la madurez: seguir asumiendo unas obligaciones en apariencia poco gratificantes cuando llega ese momento en el que quizá se oscurezca el sentido de todo lo hecho hasta entonces. Por eso resultan muy sugerentes las películas que muestran a mujeres asumiendo valientes responsabilidades en ese periodo a veces de crisis.

Los títulos son muy abundantes. A veces, los detonantes de las decisiones de los personajes femeninos son circunstancias algo excepcionales. Puede ser una enfermedad propia (Passion Fish, Cuando un hombre ama a una mujer), del marido (El doctor, A propósito de Henry, Mi vida) o de un hijo (Mi pie izquierdo, Lorenzo’s Oil. El aceite de la vida). O una difícil situación económica o afectiva de toda la familia (En un lugar del corazón, En busca de Bobby Fischer, Vivir, El Club de la Buena Estrella, Río salvaje, Tensa espera, My Family, Nuestro propio hogar). También las motivaciones pueden enmarcarse en el ámbito del compromiso político (Más allá de Rangún), religioso (Canción de cuna, Pena de muerte) o de servicio a los demás (El festín de Babette).

En casi todos estos films se destaca el valor de la mujer madura que sabe sacrificar, atenuar o desarrollar sus aspiraciones personales en bien de toda la familia, de una comunidad o de la sociedad entera. Y se presenta como razón de su actitud la fortaleza de su personalidad y unos sólidos cimientos morales, ausentes en los retratos femeninos de otras películas -como El hombre sin rostro o Las cosas que nunca mueren- que muestran de un modo honesto la otra cara de la moneda: el desconcierto de mujeres maduras que no han sabido asumir sus responsabilidades.

Pero los casos antes citados parten de situaciones extraordinarias que limitan el alcance de sus reflexiones. Por eso, quizá sean más interesantes esas películas que muestran a mujeres maduras resolviendo sus inquietudes más cotidianas sin necesidad de especiales motivaciones dramáticas. Atrayentes retratos femeninos en esta línea se encuentran en Grand Canyon, de Lawrence Kasdan, y en El padre de la novia y Vuelve el padre de la novia, ambas escritas por el matrimonio Nancy Meyers y Charles Shyer, y dirigidas por éste último. En ellas aparecen mujeres maduras que saben compaginar su trabajo con su dedicación a la familia, y se presenta la maternidad como una de las principales aspiraciones femeninas.

Superando los estereotipos

Precisamente el dúo Meyers-Shyer ya afrontó, con humor y sentido crítico, ese posible conflicto trabajo-maternidad-familia en Baby, tú vales mucho, divertida película sobre una brillante ejecutiva que decide adoptar un niño. Similares ideas sugestivas contiene otra película reciente: The Paper. Detrás de la noticia, de Ron Howard. En ella se muestra con lucidez el contraste entre el alienante egoísmo de la veterana gerente de un periódico (Glenn Close) y la vitalidad de la joven redactora que espera un hijo (Marisa Tomei). Ambos films reflejan en clave femenina el sinsentido del modelo yuppie, radicalmente materialista, que ha llevado a tantos hombres y mujeres de las últimas décadas a un verdadero callejón sin salida.

Los títulos citados prueban que se está revalorizando aquel femenino y oxigenante feminismo del mejor cine clásico, muy bien sintetizado en ese diálogo espléndido de La costilla de Adán (1949), de George Cukor. La combativa abogada (Katharine Hepburn) decide enfrentarse a su marido el juez (Spencer Tracy), y asume la defensa de la patética esposa despechada que ha disparado a su esposo infiel. Durante el encuentro entre ambas mujeres, se produce la siguiente conversación: Abogada: «¿Profesión?» Acusada: «Ninguna…; soy ama de casa…». Secretaria (para sí, mientras toma nota): «Profesión: ninguna…». Abogada: «¡Ninguna, no! Profesión: ama de casa».

De todo lo dicho se deduce que en el cine actual se están superando poco a poco muchos de los estereotipos respecto a la mujer madura que dominaron el cine de hace unos años y que todavía imperan en otras manifestaciones culturales.

Jerónimo José Martín_________________________(1) Instituto Nacional de Estadística. Encuesta Sociodemográfica 1991. Tomo I. Madrid (1995). Panorámica Social de España. Madrid (1994). Informe sobre la situación de la familia en España. Ministerio de Asuntos Sociales. Madrid (1995).

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