Familia y religión, la doble hélice de la sociedad

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La pérdida del sentido religioso en países de antigua tradición cristiana suele presentarse como un proceso intelectual en el que la vida familiar tiene poco que decir. En cambio, Mary Eberstadt, en su libro recién traducido al castellano Cómo el mundo occidental perdió realmente a Dios (1), mantiene que el cambio familiar y el cambio religioso van de la mano. En un momento en que la Iglesia católica celebra un Sínodo de Obispos sobre la familia, la visión de la autora norteamericana aporta análisis instructivos.

(Actualizado el 22-10-2014)


Una versión de este artículo se publicó con el título "El futuro de la fe y la familia" en el servicio impreso 77/14

Eberstadt, investigadora del Ethics and Public Policy Center en Washington, es tenida en EE.UU. como una de las analistas culturales más sugerentes del momento. Elogiada por intelectuales como George Weigel, Mary Ann Glendon o Francis Fukuyama, procura comprender fenómenos de la sociedad contemporánea desde perspectivas novedosas.

Su libro The Loser Letters muestra los efectos no deseados del “nuevo ateísmo” en las chicas que han terminado adoptando un estilo de vida libertario y secularizado (cfr. Aceprensa, 28-07-2010). En la misma línea, Adam and Eve after the Pill explica la distinta suerte que han corrido hombres y mujeres tras la revolución sexual (cfr. Aceprensa, 28-03-2012).

Ahora Eberstadt se pregunta por qué Occidente se aleja de sus raíces cristianas. Muchas son las respuestas que se han dado a esta pregunta. Unas ponen el énfasis en el racionalismo y la Ilustración; otras, en la Revolución industrial; otras, en el consumismo… Para Eberstadt, todas estas teorías aportan explicaciones valiosas sobre un fenómeno complejo. Pero el puzle seguirá incompleto mientras no se preste atención a la familia.

La familia actúa como una fuerza poderosa sobre el estado de las creencias y la práctica religiosa de una sociedad

Un proceso en doble sentido

Es cierto que, al estudiar la secularización, algunos sociólogos se han ocupado de la dinámica entre familia y religión. Pero la han entendido como un proceso de vía única. Así, se han limitado a constatar que el declive familiar (menos bebés, más divorcios, más parejas que conviven sin casarse, más nacimientos fuera del matrimonio…) es consecuencia del declive religioso. Pero lo contrario también es cierto: el debilitamiento de la familia en una sociedad contribuye al declive de la experiencia religiosa.

Eberstadt lo explica sirviéndose de la estructura del ADN: “La religión y la familia son la doble hélice de la sociedad: una depende de la vitalidad de la otra para reproducirse”. Se trata, pues, de un proceso en doble sentido: al igual que el factor religioso proporciona un ambiente que transforma los valores de una familia, el factor familiar actúa como una fuerza poderosa sobre el estado de las creencias y la práctica religiosa de una sociedad.

Esto es lo que, a juicio de Eberstadt, las teorías sobre la secularización pasan por alto. En ellas, el protagonismo lo tiene el individuo aislado. Un buen día, este se sienta a cavilar como El pensador de Rodin y concluye que Dios no existe. A este individuo independiente se le van sumando otros que han llegado a la misma conclusión.

Esta forma de entender la secularización, desconectada de la vida cotidiana, no tiene en cuenta la dimensión social de la fe. Las personas –recuerda Eberstadt– “aprenden la religión de la misma manera en que aprenden un idioma: a través de una comunidad que es la familia”, y la ponen en práctica a través de los vínculos que mantienen con el marido, la mujer, los hijos, los tíos, los abuelos…

Las personas aprenden la religión a través de una comunidad que es la familia

Más familia, más religión

Ebertsadt identifica ciertos elementos de la vida familiar que favorecen el interés por lo sagrado. Tras analizar la Encuesta Mundial de Valores, llega a la conclusión de que “hay algo en la vida familiar –de hecho hay muchas cosas– que conduce a la gente a la iglesia: el deseo de introducir a los niños en una comunidad moral; el nacimiento de un hijo, experimentado por los padres como un acontecimiento sagrado; el hecho de que el cristianismo abraza el tipo de sacrificio que se necesita para sacar adelante una familia”.

La familia también ayuda a comprender mejor la religión –sobre todo el cristianismo, rico en imágenes familiares–, así como determinadas exigencias éticas vinculadas a una verdad que trasciende a los sujetos. Por eso, dice Eberstadt, cuando mucha gente vive en abierta contradicción con el mensaje moral cristiano, el secularismo termina adoptando la forma de hostilidad a la religión. Y por eso también “muchas familias dejan de ser la correa de transmisión de la fe”.

Es lo que en su opinión ha ocurrido en los países escandinavos, donde el declive familiar es a la vez un efecto y una causa que ha acelerado el declive religioso. Noruega, Suecia y Dinamarca –países donde solo acuden a los servicios religiosos una minoría– han sido los pioneros en el fenómeno de la cohabitación y de los hijos nacidos fuera del matrimonio.

El debilitamiento de la familia en una sociedad contribuye al declive de la experiencia religiosa

Los futuros de la secularización

La dinámica de la doble hélice lleva a Eberstadt a imaginar dos escenarios posibles para el futuro de la religión en Occidente: uno pesimista y otro optimista. El primero se limita a constatar que si sigue la fragilidad de la familia, crecerá el abandono de la práctica religiosa. El segundo es más complejo, ya que introduce un nuevo elemento en la ecuación: el Estado del bienestar. Su hipótesis es que la actual crisis económica y demográfica de Occidente puede tener el efecto inesperado de reavivar la estima por la familia (y por tanto de la religión) como la alternativa más viable al Estado de bienestar.

Para explicar cómo el Estado de bienestar siempre ha competido con la familia, Eberstadt recuerda al personaje ficticio llamado Julia, creado en 2012 por la campaña de Obama para mostrar la eficacia de sus políticas sociales en todos los tramos de edad. En el mundo de Julia, el Estado se hace cargo de todo lo que solían ocuparse antes las familias: el cuidado de los bebés, la educación, la orientación sobre la vida afectiva y sexual, el cuidado de los ancianos…

La relación entre familia y Estado de bienestar también es un proceso en doble sentido. A medida que las familias tienen más problemas, el Estado aparece para convertirse en su sustituto. Y así, “el cambio familiar es el motor que ha alimentado el estatismo. Y este ha alimentado a su vez el cambio familiar”. Pero ¿qué ocurriría si el moderno Estado de bienestar terminara por ser inviable desde el punto de vista económico y demográfico?

Eberstadt concluye presentando un conjunto de estadísticas que muestran las ventajas sociales de la estabilidad familiar. Además, recuerda que las familias estables ahorran dinero al Estado: primero, porque reducen la necesidad de subsidios y políticas asistenciales, dado que los hogares monoparentales suelen estar más afectados por la pobreza; y segundo, porque funcionan como una red de seguridad para sus miembros, lo que a su vez eleva las probabilidades de que estos contribuyan al progreso social.

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Notas

(1) Mary Eberstadt, Cómo el mundo occidental perdió realmente a Dios. Rialp. Madrid (2014). 304 págs. 21 € (papel) / 12,99 € (digital). Traducción: Aurora Rice. T.o.: How the West Really Lost God: A New Theory of Secularization. Templeton Press. West Conshohocken (2013).


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