Cien años de literatura a la sombra del gulag, 1917-2017

Página 1

Autor: Adolfo Torrecilla

Rialp.
Madrid (2017).
483 págs.
23 €.

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Los autores del Libro negro del comunismo escribieron en 1998 que los crímenes provocados por esta ideología “no han sido sometidos a una evaluación legítima y normal tanto desde el punto de vista histórico como (…) moral”. Veinte años después, la tarea sigue pendiente, quizás –podríamos pensar– porque al gulag le ha faltado algo que el Holocausto ha tenido de sobra: autores como Primo Levi o Viktor Frankl, que le otorgasen su verdadera dimensión humana. Adolfo Torrecilla muestra en este libro que no han sido escasos los testimonios, más o menos directos, que sobre la represión comunista se han publicado en español, en forma de novelas, poemarios, memorias o incluso recopilaciones historiográficas.

La razón de este olvido hay que buscarla, al menos parcialmente, en el fenómeno al que Rafael Gómez Pérez dedica su epílogo: las abiertas simpatias de intelectuales y artistas, que “justificaron, desde el prestigio de sus propias disciplinas (…) o de su arte (…) todo lo que se hiciera en la URSS”. Uno de sus mayores –y menos percibidos– logros fue el de cambiar el objeto y el sentido de la historia, haciendo que sus cultivadores se centrasen más en los grandes procesos y logros sociales, que en sus verdaderos protagonistas y víctimas: las personas. Algo que casaba a la perfección con el valor que los totalitarismos de todo tipo han otorgado al individuo. Para ellos –recuerda la disidente checa Heda Margolius–, “la lucha por el ideal” implicaba “la subordinación desinteresada de los intereses del individuo al bien de la sociedad entera”.

Cien años de literatura a la sombra del gulag pone todo esto de manifiesto con un acertado capítulo introductorio en el que se reconsidera, a la luz de las víctimas y sus testimonios, el proceso de represión que comenzó con la revolución que ha cumplido en 2017 cien años y que se extendió por el mundo, para pervivir aún hoy en lugares como Cuba o Corea del Norte. Le siguen estudios –breves pero incisivos– de más de ciento veinticinco libros que, aparte de la necesaria mención a unos pocos trabajos hechos por historiadores, son en su mayoría vestigios variados de la memoria individual de, al menos, otras tantas personas que sufrieron la barbarie comunista.

Pero el libro es mucho más que una guía para orientarse en la ya abundante literatura testimonial sobre la cara oscura del totalitarismo. Su lectura es, de por sí, suficiente para formarse una idea clara de lo que debería suponer, para la conciencia occidental, el proceso que arrancó en 1917. Y es que, a lo largo de sus páginas, acompañamos, casi en sentido literal, a los sufrientes testigos de la revolución –desde John Reed a Sofía Casanova, pasando por el histriónico bailaor Juan Martínez–, a los decepcionados periodistas e intelectuales occidentales que recorrieron la Rusia soviética entre los veinte y los cuarenta –Joseph Roth, Chaves Nogales, Zweig, César Vallejo, John Steinbeck–, a los intelectuales que cayeron como primicias del árbol de la represión –Isaak Bábel o Borís Pilniak– o adoptaron conscientemente, llevados por una profunda decepción, el papel de disidentes –como Borís Pasternak o Aleksandr Solzhenitsyn–; también a los que disfrazaron su crítica de sátira, como los geniales Ilf y Petrov. Todo ello sin pasar por alto a los que replicaron estos destinos en otras geografías de la barbarie, ni a los que les desenterraron del olvido con sus obras históricas –como Karl Schlögel– o literarias –como Julian Barnes y Olivier Rolin–.

Todo ello para concluir, con Rafael Gómez Pérez, que “no hay que idolatrar ningún colectivo, sino defender la libertad de todos, uno a uno. Porque nadie es menos importante que nadie”. 


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