Santiago.— Durante estas vacaciones de verano en Chile, ha tenido bastante eco un escándalo relacionado con el Ministerio de las Culturas de nuestro país. Esta cartera adjudicó 64 millones de pesos (unos 64.000 euros) a una productora, en calidad de fondos concursables, para subsidiar la realización de un festival de cine pornográfico en la ciudad de Valparaíso. La noticia ha dado de qué hablar, en parte gracias a que un grupo de parlamentarios reunió firmas para citar a la ministra a la Cámara. Un gesto testimonial, en todo caso, pues el cambio de Gobierno se oficializa el 11 de marzo, pero que ha mantenido el tema vigente en los titulares.
El rechazo al subsidio ha sido transversal. Diversas voces han cuestionado que se destine dinero de los contribuyentes para una iniciativa tan ajena al ámbito cultural. A eso se suma la coincidencia de que estamos enfrentando las consecuencias de los incendios forestales en el sur del país, que dejaron miles de damnificados; y, para mayor desconcierto, en la misma ciudad de Valparaíso donde se realizó el festival hay también miles de familias que esperan soluciones habitacionales luego del megaincendio de 2024. A todas luces, los millones que el Gobierno destinó para el cine porno constituyen un gasto irresponsable y grotesco.
Erosión psicológica y moral
Ahora bien, más allá de la cuestión fiscal, poco a poco algunos columnistas han aprovechado la oportunidad para reflexionar sobre la calidad ética de la pornografía misma. La mayoría elude ese punto, señalando que no tienen inconvenientes en que un adulto vea lo que quiera en la intimidad de su hogar. Otros, en cambio, denuncian que la pornografía no es solo un contenido “ajeno al ámbito cultural”, sino un atentado contra la dignidad humana, sobre todo de la mujer. Eso hizo, por ejemplo, Juan Ignacio Brito en el diario El Mercurio: “Cuando actúa así, el Estado deja de ser neutral y se convierte en un operador en favor de una industria que se lucra con la erosión psicológica y moral que causa a sus usuarios”.
“Erosión psicológica y moral”, este podría ser un buen título. La pornografía, en efecto, hace daño tanto cuando se presenta en festivales subsidiados, como cuando un adolescente de 13 años la consume en el silencio de su habitación. En este sentido, una vez que pase esta polémica de verano, convendría que quedara en la opinión pública un mayor realismo para hablar del tema: partiendo de que se conozcan mejor los argumentos que denuncian los perjuicios que genera el negocio entre sus actores-esclavos y consumidores-adictos.
La activista norteamericana Laila Mickelwait dirige una campaña, con más de dos millones de adherentes, para exigir el cierre de Pornhub
Recordaba, por ejemplo, una entrevista que hizo Luis Luque en Aceprensa a la exactriz porno Deanna Lynn, quien logró formar una familia después de haber pasado 10 años trabajando delante de la cámara:
— Algunos dicen que es posible un porno “ético”, en oposición al directamente violento. Según lo que has visto y conocido personalmente, ¿lo es?
— Supongo que el problema es que quienes lo dicen no ven la realidad. No ven las pesadillas, la persistencia del daño, incluso años después de dejarlo, los pensamientos suicidas, las adicciones y todo lo demás que viene cuando lidias con los efectos de trabajar en el comercio sexual.
“La escena del crimen”
Tal como testimonia Deanna Lynn y otras muchas víctimas, no podemos referirnos a la pornografía de un modo edulcorado, banal o frívolo, pues ésta dista mucho de ser un negocio cualquiera. Es más, lejos de ser una “plataforma de entretenimiento para adultos”, la pornografía se parece más a “la escena del crimen”. Ésta es la expresión que utiliza Laila Mickelwait, una activista norteamericana que, con más de dos millones de adherentes, está exigiendo el cierre de Pornhub, junto con la responsabilidad legal de ejecutivos y propietarios. ¿La razón? Esa plataforma hospeda y monetiza videos de violación a niños, pornografía de venganza, cámaras espía, contenidos misóginos y racistas. Hay miles de víctimas. Sirva de ejemplo el caso que expuso el periodista Nicholas Kristof en el diario New York Times en 2020: una niña de 15 años desapareció en Florida y, después de una angustiosa búsqueda, su madre la encontró en Pornhub, participando en 58 videos sexuales.
Mickelwait está logrando avances. Lo cuenta, de manera trepidante, en el libro Take Down. Inside the Fight to Shut Down Pornhub for Child Abuse, Rape and Sex Trafficking (Penguin Random House, 2024). Ella investiga la relación que media entre la trata de personas y las páginas que distribuyen pornografía al público. Su camino ha estado lleno de dificultades y de vez en cuando la amenazan. Pero no se deja amilanar. A fines de 2020, consiguió que Pornhub eliminara el 80% de sus contenidos por no tener la seguridad de que los actores eran mayores de edad o hubieran consentido en aparecer. Debieron retirar 10,6 millones de videos y 30 millones de imágenes. Dos años después, Visa, Mastercard y Discover suspendieron sus servicios de pago online tanto para suscripciones a contenidos premium como para transacciones de publicidad. Ahora Laila colabora con varios juicios civiles y penales contra la principal empresa controladora.
Proteger a los menores
Por todo esto, la perplejidad que ha suscitado el festival de cine porno en Valparaíso nos puede servir de oportunidad para reflexionar sobre la injusticia de fondo. Abrir el tema en nuestros hogares, incluso, y pensar cómo defendernos de esa industria. Los padres se preocupan de que sus hijos coman verduras y no pasen frío en la noche, o contratan poderosos seguros de salud para el caso de que pesquen una neumonía. Pero en cuanto el niño entra a su habitación, lo abandonan en el Far West, la intemperie, la exposición ante los peores depredadores de nuestra especie. Y para encontrar a esos tipos, los pequeños no necesitan entrar en la Dark Web: pueden interactuar fácilmente con ellos en plataformas como TikTok, Roblox o Instagram. Es decir, los hijos nunca tienen frío, pero se pueden pasar la tarde conversando con algún criminal que les pide fotos desde un subterráneo.
A estas alturas, seguro que todos hemos oído historias escalofriantes. Hace un tiempo, en mi caso, un conductor de Uber me dejó temblando con su relato: “Llevé a un pasajero que no dejaba de suspirar. Desde que le entregó un celular a su hija de 12 años, la relación con ella se complicó. Una tarde fue a tocar la puerta de su hija; al otro lado oía música, pero ninguna respuesta. Golpeó más fuerte, varias veces, el nerviosismo lo devoraba, hasta que forzó la puerta. No había nadie. La música provenía del notebook. Desconcertado, el papá se acercó a la pantalla y vio que estaba abierta la pestaña de Instagram. Se sentó para mirar los mensajes directos. Un tipo había estado conversando con su hija, durante varios meses. Él la adulaba, le enviaba fotos y le pedía otras. Eróticas. Al final de la conversación, ese sujeto la invitaba a una cita secreta en su casa. Ahí estaba la dirección… y la aceptación de su pequeña, enviada hacía cosa de una hora. Ese padre se levantó transpirando y salió disparado a buscarla. Gracias a Dios, la recuperó”.
Responsabilidad pública y privada
En resumen, además de preocuparnos por el cuidado de los fondos públicos, nos vendría muy bien aprovechar este tipo de conflictos para adquirir una mayor consciencia sobre el daño que provoca la industria pornográfica en su propia gente y en nuestra sociedad.
Lo más razonable sería cerrar el negocio: así como era insuficiente exigir la mayoría de edad para entrar al Circo Romano, ya sea como gladiador en la arena o como público en la gradería, tampoco es justo tolerar un “circo pornográfico” que se lucra con la trata de personas, la denigración, el abuso y la violencia. Es interesante conocer, al respecto, un informe del Senado francés de 2022 que revela datos alarmantes, capaces de justificar medidas drásticas por parte de los Estados. Por ejemplo: dos tercios de los menores de 15 años franceses han visto porno, y el 90% de las escenas que están disponibles en las plataformas online incluyen violencia contra la mujer.
Por parte de los padres, la solución no puede esperar a las deliberaciones de los gobernantes: en su mano está proteger menos a sus hijos del resfrío, quizá, y más de los peligros de internet. Dejarles que jueguen con sus amigos hasta más tarde, que se ensucien las rodillas, tener más conversaciones padre-hijo, cuidar la música que escuchan; que disfruten, en fin, de una infancia feliz y bien libre de pantallas.
Juan Ignacio Izquierdo Hübner
Sacerdote, doctor en Teología y autor del libro Ojos nuevos. El amor es más fuerte que la pornografía (Semillas Ediciones, 2025)