Michael Novak: Una rehabilitación teológica del capitalismo democrático

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En estos tiempos en que el liberalismo económico vuelve a estar en boga, tenía que dar un paso al frente algún “cristiano por el capitalismo”. El intento más serio en este sentido ha sido la obra de Michael Novak, El espíritu del capitalismo democrático (1), como lo prueban las numerosas traducciones de que ha sido objeto desde su aparición en 1982 y la atención que le ha dispensado la crítica (2). Sin negar los defectos del capitalismo, Novak argumenta que contiene más sabiduría práctica y es más concorde con los ideales cristianos que cualquier otro sistema. Aunque esta obra fue sólo un paso más en la evolución ideológica de Novak (ver apéndice), es también una de las más representativas de su pensamiento.

Las estimulantes ideas de Novak se mueven en diversos planos —filosofía política, economía, teología—, lo cual hace más atrayente la lectura, si bien no facilita un resumen del libro. En la primera parte, Novak define la noción de capitalismo democrático y trata de mostrar su espíritu, es decir, las estructuras éticas que permiten el funcionamiento de la democracia y del capitalismo. En la segunda, más breve, describe y sobre todo critica el socialismo contemporáneo. Mientras que en la tercera, titulada “Una teología de la economía”, defiende la compatibilidad del capitalismo con la doctrina católica. También en esta última parte dedica numerosas páginas a criticar el socialismo cristiano de J. Moltmann y de los teólogos de la liberación y a hacer algunas interesantes comparaciones entre los Estados Unidos y Latinoamérica.

El trípode capitalista

Según Novak, el capitalismo democrático es la integración de tres sistemas: “una economía prevalentemente de mercado; una forma de gobierno respetuosa con los derechos de la persona a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad; y un sistema de instituciones culturales animadas por los ideales de libertad y justicia para todos” (p. 2). En síntesis, libre mercado, instituciones políticas democráticas y pluralismo ético-cultural. Es decir, un sistema vigente en poco más de una veintena de países, casi todos en Europa Occidental y Norteamérica.

Estos tres elementos —agrega Novak— deben darse a la vez y cada uno ha de respetar la autonomía de los otros. De lo contrario, no podría hablarse de un capitalismo democrático. Esto último ocurre, por ejemplo, con el socialismo democrático, que interfiere en las leyes del mercado tratando de dirigir la economía en función de determinados principios políticos. Existen también otros sistemas que subordinan la economía y la política a los imperativos morales y religiosos, como sucede hoy en el Irán de Jomeini; e igualmente, en los siglos pasados, no han faltado situaciones en las que la Iglesia católica ha impuesto su propio dominio sobre la vida civil, política y económica de los Estados.

Si bien estos tres elementos son esenciales al capitalismo democrático, el que propiamente caracteriza a este sistema es el pluralismo ético-cultural: “Toda otra forma de sociedad aparecida en este mundo impone un modo colectivo de pensar respecto a lo que es bueno y verdadero (…) El capitalismo democrático se diferencia de todas las otras formas de economía política por su pluralismo” (p. 53).

En el centro, un cofre vacío

Tocamos aquí un punto esencial del pensamiento de Novak. Pluralismo no es sólo la democracia política, aunque la incluye y la favorece. El pluralismo propio del capitalismo democrático exige abstenerse de definir los modelos que son el punto de referencia de una sociedad, “los doseles sagrados”, como Novak llama a estos valores utilizando una conocida expresión de Peter Berger: “En una sociedad genuinamente pluralista no hay ningún dosel sagrado. No existe, a propósito. En su centro espiritual hay un cofre vacío. Este cofre se deja vacío, sabiendo que ninguna palabra, imagen o símbolo corresponde a lo que todos buscan en él” (p. 59).

Los peores enemigos de este pluralismo —afirmará varias veces Novak— son aquellos que creen saber qué es el Bien y tratan de imponerlo a otros. Es evidente la alusión al socialismo. Pero también a la Iglesia y a toda religión que tenga la convicción —necesaria, por otra parte, en cualquier credo— de poseer la verdad. Por eso, los que deseasen cristianizar la sociedad, “revelarían una concepción tradicional del orden social, un proyecto unitario de visión ética que no es conciliable con el pluralismo, Sólo en una sociedad dirígista —socialista o de otro tipo— se puede pensar en impregnar todo con los valores cristianos” (p. 77).

¿Implica esto la renuncia a afirmar cualquier valor absoluto? ¿Nos encontramos ante un craso relativismo moral y religioso? No, responde Novak. Se trata simplemente de reconocer que ante muchas cuestiones fundamentales las personas responden de modo diverso. Lo cual no quita que algunos estén en la verdad y otros no.

El problema consiste en ver si este pluralismo tolerante, tal como lo explica Novak, es compatible no sólo con mantener las propias convicciones en el santuario de la conciencia, sino también con el intento de ponerlas en práctica en la actuación pública. Así lo exige el cristianismo, que no puede reducirse a una religiosidad meramente privada ni quedar restringido al ámbito del templo. En este punto, Novak insinúa brevemente la posibilidad de que los líderes religiosos sigan el camino indirecto de intentar convencer a los demás, sin ninguna coacción. Y a esta breve referencia hay que agarrarse si queremos salvar a Novak del indiferentismo típicamente liberal al que parecen conducir diversas afirmaciones del libro.

¿Hay un patrimonio ético común?

Frente al perfeccionismo utópico, Novak subraya con razón todo lo que de imperfecto y limitado hay en cualquier sociedad humana, pues el pecado presente en el hombre hace imposible una construcción social sin taras. Pero al mismo tiempo debería afirmar claramente la existencia de un patrimonio ético común, al que en principio se puede llegar por vía racional y que debe proporcionar la base para la vida social. Este es un punto cuya importancia es preciso subrayar hoy día, frente a una tendencia radical que quiere reducir el liberalismo a un marco vacío, a un sistema que se limita a establecer las reglas del juego sin atreverse a añadir ninguna norma de conducta.

Según Novak, el principal incentivo del capitalismo democrático no es el lucro personal del capitalista sino el bien de su familia

Para conocer mejor el pensamiento de Novak al respecto, sería útil una clarificación del autor sobre este punto tan importante: ¿en la vida social debemos reducir la ética a la esfera de la subjetividad? ¿No existe una justificación racional para las opciones éticas fundamentales? Con mucha buena voluntad, lo que se puede decir es que Novak no es claro en este punto; antes bien, cualesquiera que sean sus convicciones últimas, en la práctica incurre en aquel emotivismo moral tan bien descrito y criticado por A. Maclntyre en After Virtue (3).

También parece que Novak es excesivamente optimista cuando juzga los efectos del capitalismo sobre diversos aspectos de la vida humana. No sólo recuerda la conocida tesis de que al buscar el propio provecho cada uno contribuye, incluso involuntariamente, al de los demás; también resalta que en realidad el principal incentivo del capitalismo democrático no es el lucro personal del capitalista sino el bien de su familia, que es el fin por el cual se arriesga, trabaja y ahorra. Por todo ello, Novak piensa que del capitalismo democrático se derivan toda una serie de ventajas para la institución familiar. Al leer esto es inevitable pensar, por contraste, en la real situación de deterioro que hoy atraviesa la familia en el mundo occidental, en las sociedades del capitalismo democrático.

La crítica del socialismo

Para Novak, el socialismo representa, en el mejor de los casos, un conjunto de ideales —algunos nobles, otros menos—, que en la práctica no han funcionado. Y que tampoco son ideales exclusivos de este sistema: el socialismo ha conseguido adueñarse del ideal de fraternidad y de otros nobles propósitos humanitarios, que en realidad son patrimonio de otras escuelas de pensamiento, entre ellas el capitalismo democrático, al menos con el mismo derecho.

Es verdad que el socialismo desea romper el círculo vicioso de la pobreza y de la explotación. Pero hasta ahora ha sido el capitalismo democrático el único que ha conseguido sacar a la sociedad humana del hambre y del subdesarrollo. En esta línea, Novak repite la crítica que el capitalismo hace a menudo al socialismo: antes de distribuir la riqueza hay que ocuparse de producirla. Y mientras el capitalismo democrático ha tenido un éxito evidente en la producción de riqueza, los países de régimen socialista consiguen —en el mejor de los casos— distribuir igualitariamente la pobreza. El socialismo democrático de los países escandinavos —que Novak no cita nunca— escapa a esta crítica; pero sería necesario examinar más a fondo la dosis de capitalismo que esconde el sistema social de esos países.

Frente a quienes se complacen en denigrar las estructuras de pecado de las sociedades capitalistas, Novak destaca los efectos positivos del sistema, cualesquiera que sean las motivaciones de sus agentes: tanto si los empresarios persiguen fines nobles como si se mueven por un mero afán de lucro, con su acción producen riqueza y crean puestos de trabajo.

Otra aguda observación de Novak sale al paso de quienes afirman que la Iglesia ha sido abandonada por la clase obrera. Es cierto que esta lamentable situación se ha dado en muchos países. Pero no olvidemos —dice Novak— que antes había sido abandonada por una buena parte de la clase dirigente burguesa: intelectuales, políticos, empresarios. Es decir, por aquellos que revolucionaron la sociedad, creando el mundo en que vivimos, con su estructura social, su ciencia y su tecnología, sus instituciones liberales y burguesas.

Una visión idílica

A las luces y sombras señaladas hasta ahora, se podría añadir que Novak hace a veces juicios sumarios. Aunque no por eso se deben descalificar todas las estocadas que reparte a lo largo del libro. Por ejemplo, parecen bastante fundadas, aunque un tanto exageradas, las críticas que dirige a algunos países latinos y hacia su cultura, que ciertamente no ha favorecido los valores y las virtudes que están en la base de la vida empresarial.

Por otra parte, muestra bien cómo la interacción entre mercado, democracia y pluralismo da lugar a un sistema en constante movimiento creador. Pero no llega a clarificar el grado de autonomía que estos tres elementos mantienen dentro del sistema. A veces subraya enérgicamente que la economía no debe estar subordinada a la política (pp. 308-309) ni a la moral (p. 348, 352). Pero esto no se concilia fácilmente con las afirmaciones en que sostiene que la política y la moral condicionan la economía (pp. 64-65) y la corrigen (p. 154).

Ya hemos señalado el desmesurado optimismo de Novak sobre las ventajas que el capitalismo tiene para la familia. En realidad, este optimismo revela un deficiente espíritu crítico del autor en su análisis del capitalismo democrático. Novak parece no reparar en la crítica de Daniel Bell sobre las contradicciones del capitalismo: la oposición intrínseca entre su aparato productivo, dirigido a proporcionar siempre más bienes, y el estilo de vida creado por esa misma abundancia, que tiene a corromper la base ética del sistema, construida en sus orígenes sobre el trabajo duro, el ahorro, la sobriedad y todas las otras virtudes del comercio.

En su descargo. Novak puede alegar que “en este libro no he querido enjuiciar la práctica del capitalismo, sino fijarme en los ideales que están latentes en su práctica” (p. 485). Pero si un árbol se conoce por sus frutos, se podría pedir a Novak un análisis de los ideales no realizados. Su libro es eficaz a la hora de argüir que el capitalismo democrático es más concorde con los principios cristianos que el socialismo. Sobre este punto, se le puede dar la razón. En cambio, su visión demasiado idílica del capitalismo democrático resulta menos convincente.

Manuel Cabello

____________________

(1) Michael Novak. El espíritu del capitalismo democrático. Ed. Tres Tiempos. Buenos Aires (1984). 260 págs. (t.o.: The Spirít of Democratic Capitalism, Simón & Schuster, Nueva York 1982). Las citas se refieren a la edición italiana (Ed. Studium, Roma 1987).
(2) Vid. también servicio 158/85.
(3) Vid. una reseña de esta obra en el servicio 186/88.

 


La evolución de un radical

Nacido en Pensilvania en 1933, hijo de inmigrantes eslovacos, Michael Novak se orientó primero hacia el sacerdocio y estudió teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Tras renunciar a sus aspiraciones sacerdotales, se convirtió en una de las cabezas visibles del progresismo católico norteamericano. En la época del Vaticano II publicó The Open Church (1964), donde aboga por una Iglesia de estructura democrática, abierta al debate interno y a la sociedad secular, con un enfoque inspirado en el humanismo integral de Maritain.

En esta primera etapa intelectual, Novak era severamente crítico con el individualismo capitalista y simpatizante del socialismo. En su libro Una teología para una política radical (1969) “se encuentran anticipados —reconoce hoy— todos los temas de la futura teología de la liberación”. Después de haber criticado la intervención norteamericana en Vietnam, el masivo éxodo de los vietnamitas al acabar la guerra y el genocidio camboyano le indujeron a un viraje intelectual.

Preocupado por la influencia del marxismo en la teología de la liberación, empezó a interesarse en serio por el pensamiento social católico, estudiando a fondo las ideas de Von Ketteler y Pesch. También por entonces profundizó en las obras de Tocqueville, Mili, Burke, Acton, Maritain y de los forjadores de la Constitución americana, como Madison y Hamilton. Considera que en la Constitución hay dos grandes principios de inspiración bíblica: libertad ordenada bajo el derecho (principio de subsidiariedad) y asociación libre por interés público o individual (principio de solidaridad).

“El capitalismo democrático se diferencia de todas las otras formas de economía política por su pluralismo”

Al estudiar la obra de Adam Smith, la distingue de los excesos individualistas de otros autores como Mandeville, Malthus o Bentham, que a su juicio son el verdadero blanco de las censuras pontificias al liberalismo económico. Su evolución intelectual durante los años 70 le lleva a apreciar los “inmensos recursos espirituales” del sistema capitalista. El espíritu del capitalismo democrático (1982) es la obra que consagra su transformación intelectual.

También va cambiando su apreciación del Magisterio de la Iglesia, como se refleja en Freedom with Justice (1984), centrado en la historia de la doctrina social. En él mantiene que, si la Iglesia en tiempos pasados se opuso al liberalismo, hoy ha cambiado ese juicio y se muestra partidaria de los valores del capitalismo democrático. Novak resalta que Juan Pablo II tiene una perspectiva más moderna, al poner el trabajo humano como clave de la cuestión social. Sin embargo, el Papa ve aún al capitalismo como economicista, crítica que, según Novak, sólo merece el egoísmo exacerbado de unos pocos. Su reciente evaluación de la Sollicitudo reí socialis es, en general, positiva, aunque con ciertas reservas respecto a los juicios de hecho.

Novak se ha convertido en el más incisivo crítico de la teología de la liberación de cuño marxista en el mundo de habla inglesa. En sus más recientes obras, Toward the Future (1984) y Will It Liberate? (1986), elabora una “teología de la creación”, como respuesta cristiana en la lucha contra la pobreza.

Su evolución dentro del catolicismo puede advertirse también en su obra Confession of a Catholic (1983), en la que defiende su cambio intelectual. También denuncia ahí el neomodernismo postconciliar, que identifica con una “neodoxia” o culto de lo nuevo en cuanto tal, en vez del seguimiento de la verdad objetiva, sea histórica o meta-histórica. Todo esto le ha hecho caer en desgracia entre las tendencias de izquierda y del liberalismo laicista. En 1982 fundó la revista Crisis, declarando que sería solidario con el Magisterio de la Iglesia, y que ejercería su libertad de expresión en cuanto a las posibles soluciones técnicas en asuntos socio-económicos, políticos y jurídicos. Es director del Departamento de Filosofía, Religión y Política Social del American Enterprise Institute, influyente fundación político-cultural con sede en Washington.

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